Donde habita tu reflejo 34. Reencuentro
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34. Reencuentro

R EENCUENTRO

Antoinette entró en casa, se limpió las suelas en el felpudo y cerró la puerta que daba al jardín.

Estaba destemplada, pese a haber pasado la última hora trabajando con las plantas, lo que implicaba cierto esfuerzo físico.

Últimamente acusaba mucho más el frío. Su delgado cuerpo se estremecía incluso bajo las rebecas de lana, como si no estuviera acostumbrado a esas temperaturas.

Quien la conociera bien habría podido pensar, al observarla, que había decidido asumir algunos de los efectos de la enfermedad que asolaba el organismo de Clara Campoamor, como si al hacerlo pudiera restarle poder sobre ella.

Cualquier cosa con tal de que no sufriera.

Sobre todo ahora, cuando ni el láudano ni la morfina conseguían acallar las acometidas que hacían a Clara palidecer o retorcerse en el lecho.

Pero esta se negaba a pasar el tiempo que le restara sedada, por lo que muchas veces evitaba la fuerte medicación.

Prefería mantener la cabeza despejada y seguir siendo dueña de sus decisiones.

Nunca había permitido que nadie la doblegara y tampoco se lo iba a permitir al indeseado huésped que llevaba alojado en sus entrañas.

Y aunque Antoinette hubiera podido siquiera intentarlo, no le habría dejado compartir aquella carga con ella.

Puso agua a calentar. Necesitaba una infusión de hierbas antes de subir a ducharse. Clara dormitaba en la salita, por lo que decidió no molestarla y bebérsela en la cocina.

Apenas había tomado dos tragos cuando sonó el timbre. Frunció el ceño. No esperaban visitas y Sylvie, que había salido a hacer unas compras, tenía su propia llave. La única persona que iba a verlas de tanto en tanto era Anne Bishop y nunca lo hacía sin avisarlas antes.

El estupor paralizó su gesto cuando vio quién esperaba en la puerta de entrada.

—Hola, señorita Quinche.

—Señorita Kent.

Las dos mujeres se quedaron mirándose unos segundos antes de reaccionar.

Entonces lo hicieron a la vez, con una sonrisa torpe que delataba lo extraño de la situación.

Se hallaban frente a frente, después de tantos años sin haber sido formalmente presentadas, aunque conociéndose a distancia a través de Clara.

Y ninguna de las dos parecía saber muy bien cómo actuar.

Por fin, se dieron la mano.

—Adelante, por favor.

—Siento presentarme así, pero... La verdad, no estaba segura de si era una buena idea. Aterricé en Londres ayer y he pasado la noche intentando decidirme... Al final, he improvisado y cogido el primer avión para venir.

—No se preocupe de nada. Estoy segura de que a Clara le hará mucha ilusión verla, señorita Kent...

—¿Qué le parece si nos llamamos por nuestro nombre de pila?

Antoinette asintió y ambas se dirigieron hacia la salita. La suiza se acercó al sofá, donde la española, despierta al haber oído el timbre, esperaba con gesto confuso. Creía haber reconocido algo familiar en las voces que provenían de la entrada.

—Querida, tienes una visita muy especial.

—Buenos días, diputada Campoamor —la saludó Kent.

La sorpresa demudó el semblante de Clara, que pasó de la incertidumbre a la certeza con una sonrisa emocionada. El pasado, con todo su séquito de recuerdos, transitó por su rostro para transformarlo y rejuvenecerlo durante unos mágicos instantes.

—¡Victoria!

Esta, percibiendo su ceguera, se acercó y le cogió las manos antes de sentarse a su lado. Las dos ancianas se fundieron en un abrazo y se besaron en las mejillas.

—¿Cómo estás? Tendrás que describírmelo, las cataratas no me dejan ver más que siluetas. Qué demonios... me he convertido en una ruina toda yo.

—Anda, no seas exagerada. Estás fenomenal.

—Sigues mintiendo muy mal, diputada Kent.

La frase despertó la risa de las tres mujeres.

—Yo también estoy hecha una vieja, Clara. Qué le vamos a hacer si tenemos más años que Matusalén.

—Pero aquí seguimos, después de todo lo vivido... —Victoria asintió sin soltarle las manos—. Cuéntame, ¿qué te trae por Lausana?

—Bueno... —Kent dudó—. Quería verte, hacía ya demasiado tiempo.

—Querías verme antes de que muera, ¿no es así? Antoinette, que es un cielo, ha pensado que no debía marcharme sin que tuviéramos la oportunidad de despedirnos. Gracias, querida, como siempre has acertado. —Giró la cabeza hacia ella sonriendo.

—Sabía que os gustaría veros. Y necesitáis poneros al día, así que voy a dejaros un poco de espacio.

—No hace falta —intervino Victoria—, puedes quedarte.

—Sabes que no tengo secretos para ti, así que no te vayas.

—Os lo agradezco a las dos, pero necesito una ducha.

Una vez a solas, las antiguas adversarias, las luchadoras exiliadas y las muchas otras cosas que habían sido durante sus periplos personales quedaron cara a cara.

—Me alegro muchísimo de que estés aquí. ¿Cuánto hacía? ¿Desde el 62?

—Creo que sí...

—Fue cuando viniste a París por no sé qué asunto y nos reunimos allí. Antoinette no pudo ir conmigo, porque... ¡que me aspen si recuerdo el motivo!

—Si mi memoria no falla, fue por algo relacionado con una niña huérfana...

—Ah, tienes razón. Debió de ser cuando ella y su hermana Gertrude estaban con el papeleo para acoger a la hija de una amiga de la familia. Pero sí... —concluyó, intentando distinguir el rostro de Victoria a través del velo de sus ojos—. Diez años son muchos.

—Lo sé, pero qué le vamos a hacer... Louise y yo hemos tenido todo tipo de arrechuchos que nos han impedido viajar, con lo que nos gustaba hacerlo. Además, ya no resulta tan apetecible meternos en un avión y recorrer tantísimos kilómetros, por muy sugerentes que sean los motivos.

Sonrieron.

—Quién nos ha visto y quién nos ve. Con lo que hemos vivido tú y yo, ¿eh?

—Y lo que nos queda —apostilló Victoria.

—Me temo que no..., pero no importa. De verdad —insistió para acallar las protestas de Kent—.

No puedo quejarme en absoluto. He tenido una buena vida, mejor de lo que parecía que iba a ser en algunos momentos.

Como en 1936. Y aunque entonces me vi obligada a dejarme llevar por los acontecimientos y no vi otra solución que exiliarme, después sí que tuve la oportunidad de elegir.

Podría haberme quedado en Europa y languidecer mientras pasaba años de conferencia en conferencia, escribiendo artículos y ahogándome en la nostalgia.

Pero decidí aceptar la oferta que me hizo Cecily Bishop y eso lo cambió todo.

Incluso la percepción que tenía de mí misma, de mis límites y mis ambiciones.

Gracias a ella me redescubrí y tomé el control de mi existencia.

Y por mucho que lamentase marcharme del lado de Antoinette, estoy segura de que las experiencias vividas en Argentina me hicieron mejor persona.

—Hum.

—Ahora es cuando tú dices que siempre he sido una buena persona y no ese «hum».

—Es que ese «hum» contiene muchas cosas. Como que estoy de acuerdo en lo que has dicho sobre el efecto que colaborar con los servicios secretos tuvo para ti. Porque para mí fue igual de importante. Además, aquello me permitió conocer a Sara Renard, ¿la recuerdas?

—Claro que sí.

—Cuando apareció, fue como si el sol hubiese desterrado las tinieblas, no ya del caserón donde me ocultaba, sino las que llevaba dentro de mí.

De no ser por ella probablemente me habría vuelto loca o habría terminado por entregarme.

Después, a pesar de todo lo ocurrido y del dolor tan insoportable que me causó su muerte, al menos tenía un objetivo en la vida: encontrar a su asesina.

Sin embargo, ignoraba que me aguardaba una increíble sorpresa en Buenos Aires: tú.

—Contempló el semblante demacrado y los ojos casi ciegos de Clara—.

Nunca olvidaré tu expresión en aquel rincón de la caseta, cuando un rayo de luz te reveló que yo estaba allí, a tu lado.

—También fue la mayor sorpresa de toda mi vida, te lo aseguro —afirmó la madrileña con la mirada teñida de pasado gracias al emotivo recuerdo—.

Cuando vi tu rostro emerger entre las tinieblas, me olvidé de todo de lo que nos rodeaba.

Gracias a ti, la terrible realidad desapareció durante unos preciosos instantes.

—Hasta que aquellos tipos se percataron de nuestra presencia y la agente... ¿Cómo se llamaba?

—Schultz.

—Eso es... Schultz hizo explotar el edificio por los aires.

—Madre mía —concluyó Campoamor—. Para que luego digan que las mujeres de cierta edad llevamos existencias anodinas.

Ambas estallaron en carcajadas que se vieron interrumpidas por el gesto de dolor de Clara.

—¿Estás bien?

—Tranquila, ya estoy acostumbrada.

—¿Puedo traerte algo?

—No te muevas de ahí. Cuéntame cosas. ¿A qué te has dedicado estos años? En el par de cartas que me escribiste eras tan sucinta que hube de utilizar mi imaginación para compensar tus elipsis.

—Es que he estado muy ocupada. Durante años hemos dedicado muchas horas y energía a la publicación de la revista Ibérica por la libertad ...

Te hicimos llegar algún ejemplar, ¿no? —Clara asintió—.

Y, además, la ajetreada vida social que llevamos desde que nos conocimos ha ocupado gran parte de nuestro tiempo.

Louise, al igual que su madre, es tan aficionada a tener invitados en casa, ya sea en reuniones secretas con miembros de la CIA —sí, como lo oyes— o con exiliados españoles, que soy incapaz de recordar todos los eventos y fiestas que se han organizado allí.

Y, si no, siempre había conferencias a las que asistir o exposiciones cuya inauguración requería nuestra presencia.

No, no puede decirse que nos hayamos aburrido.

—Hizo una breve pausa—. Eso sí, comparado con lo que tanto tú como yo hemos vivido, mi día a día en Nueva York resulta un tanto anodino y extravagante, por qué no decirlo.

De ahí que no fuese algo de lo que me apeteciera hablarte en mis cartas.

—Pero ¿has sido... eres feliz?

Kent se alisó la pernera del pantalón, pensativa.

—Supongo que sí. Como tú has dicho, no puedo quejarme. He llegado hasta esta edad con más o menos achaques. Aunque considerando lo vivido... sí. Soy todo lo feliz que puedo ser. ¿Y tú?

Clara sonrió con algo que a Kent le pareció nostalgia.

—Sí... y no.

—Explícate.

—Verás, me atrevería a decir que estoy en plena madurez intelectual.

Recibo reconocimientos bastante a menudo y doy charlas en asociaciones de mujeres.

O al menos lo hacía hasta hace unos meses.

Y Antoinette es un ángel, mi compañera, mi alma gemela...

Compartir estos últimos años aquí con ella ha sido todo un regalo, después de la época tan difícil en Argentina.

Y, aun así, no puedo quitarme de la cabeza que me queda algo pendiente.

—¿Qué?

—Volver a casa. Me corroe el alma no haber sido capaz de lograrlo, por muy buena que mi vida aquí sea. Esto no es España.

—Es cierto. Yo siento lo mismo. Y es ridículo, porque parece que la imposibilidad de regresar se deba a nuestro fracaso, cuando no es así. No es culpa nuestra, como tampoco lo es de nadie que se viera forzado al exilio.

—Lo sé —admitió Campoamor—, pero tal vez tendría, yo al menos, que haber intentado reunir más apoyos para la República mientras todavía estaba reciente, en vez de dedicarme a jugar a los espías.

—Aquello no fue ningún juego.

—No me refería a ti, sino a mí. Tú sí que has estado más involucrada con el Gobierno de la República en el exilio. No has dejado de luchar contra la dictadura denunciándola frente a la opinión pública internacional.

—Y tú tampoco. Al colaborar con los Aliados estabas plantándole cara no solo a Hitler, sino también a Franco. Así que no te quites méritos, ¿me oyes?

Clara inspiró hondo y, al hacerlo, una nueva descarga de dolor le atravesó el vientre. Victoria hizo ademán de levantarse a buscar a Antoinette, pero Campoamor la sujetó del brazo.

—No hace falta preocuparla más. Dejemos que disfrute de un buen día, ¿de acuerdo? Porque lo es... Qué digo, es un día magnífico. Mi queridísima amiga Victoria ha venido a visitarnos y eso hay que celebrarlo.

—Pero... —musitó Kent, sometida por las lágrimas.

—Haga el favor de no volver a discutir conmigo, señora diputada.

Se acabaron los enfrentamientos y los malentendidos entre nosotras, ¿de acuerdo?

—Le ofreció la mano para que la estrechara—.

Además —añadió al cabo de unos instantes, mientras también intentaba sobreponerse al llanto—, hay otra cosa que celebrar: el libro que Anne Bishop está componiendo con nuestros recuerdos y los de su madre.

Por lo que sé, no falta mucho para que esté terminado.

Con unas protagonistas como nosotras, va a quedar una historia estupenda, ¿no crees?

La sonrisa que compartieron Victoria Kent y Clara Campoamor fue una de las últimas que intercambiarían.

Después de ese día, no volverían a verse.