33. Libertad y belleza
L IBERTAD Y BELLEZA
«Nos daba palizas por motivos tan incomprensibles como no hacer de una determinada forma las tareas que nos había encargado, por desfallecer a causa de la falta de alimento y de las enfermedades, o incluso por mirarla a los ojos.
Sin embargo, en muchos casos sabíamos que la Alimaña Rubia lo hacía por simple diversión».
«A algunas les sacaban los fetos y no se molestaban en cerrarles las heridas de la cirugía, a otras les ponían inyecciones para que no tuvieran la menstruación. En cuanto a los pequeños que acababan allí, a muchos los asesinaban de forma salvaje al poco de llegar, ya que no eran productivos».
Aquellas salvajadas recordaban claramente a lo que Cecily había descrito sobre Helga Müller.
¿Sería ella esa «Alimaña Rubia»? Necesitaba confirmarlo, darle un cierre a esa parte de la historia que su madre le había revelado a través de sus textos.
Examinó los materiales recopilados durante su visita al campo.
Cuando encontró lo que buscaba, descolgó el teléfono.
—Sí, así era como la llamaban.
—En estos documentos hay, al menos, veinte presas que hablan de ella. —Anne leyó el listado.
—Espera, repite el penúltimo nombre —le pidió Helen Nowak al otro lado de la línea.
—¿Julia Wojcik?
—Dios mío...
—¿Qué ocurre?
Transcurrieron varios instantes de completo silencio.
—Es ella.
—¿Quién?
Según le dijo, aquella mujer había sido la tercera amiga del grupo formado por su madre, Zofia Nowak, y Rebeca Goldstein.
Al parecer, las tres habían entablado amistad durante su estancia en aquel infierno.
Antes de colgar, Anne le prometió a la estadounidense que intentaría averiguar si Wojcik seguía viva.
Pasó las siguientes semanas buscando información.
Visitó de nuevo la Wiener Library y otros archivos con la esperanza de encontrar el rastro de la mujer.
No dio con él. Y así no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia de que aquella vía de investigación no conducía a ningún lugar.
Además, no podía permitirse el lujo de perder más tiempo con algo irrelevante para la historia de Clara, que apremiaba concluir para que ella pudiera leerla.
Se sumergió de nuevo en una vorágine de trabajo que empezaba y terminaba de madrugada. Las jornadas laborales se iniciaban en el periódico y continuaban en casa, donde los textos que iba revisando y escribiendo se apilaban sobre el escritorio.
Una tarde, cuando estaba a punto de marcharse de la redacción, su jefa le pidió que fuese a su despacho.
—¿Cómo te encuentras? Te veo agotada.
—Estoy bien. —No pudo controlar el tono cortante al darse cuenta de por dónde iban las palabras de Connolly.
Desde su incorporación, no le quitaba el ojo de encima, pendiente de su estado.
La veterana periodista temía haberle metido demasiada prisa para que volviera—.
De verdad. Estoy durmiendo bastantes horas y cuido mi alimentación.
—Buena chica. Aun así, tómatelo con calma, ¿de acuerdo?
Anne asintió, sabiendo que era imposible. El estado de Campoamor empeoraba día a día y sentía que nunca se lo perdonaría a sí misma si no llegaba a entregarle algo, aunque solo fuese un borrador.
—Te he llamado porque tengo algo que podría ayudarte —continuó Connolly—. Estabas buscando a una superviviente del campo de Ravensbrück... —Se puso de nuevo las gafas y leyó en una hoja que había en su escritorio—: Julia Wojcik.
—Así es.
—Está viva.
—¿La has encontrado? —casi gritó la joven.
—Por lo que veo, nació en 1912, así que tendrá unos sesenta años. Quien me pasó su contacto la llamó para cerciorarse de que era ella y de si querría hablar contigo. Aquí tienes su dirección.
Anne se contuvo para no abalanzarse sobre su jefa y darle un abrazo.
—¡Mil gracias!
El avión la llevó hasta la costa oeste de Estados Unidos.
Una vez en el aeropuerto de San Francisco, recogió su maleta y se dirigió a la salida.
Las luces de un coche parpadearon y caminó hasta él.
De su interior bajó Helen Nowak. La periodista había viajado desde Chicago para acompañarla a visitar a Julia Wojcik.
Se dieron un abrazo como si fueran amigas de toda la vida y, al mirarla, Anne comprobó que estaba muy emocionada. No en vano, se le había ofrecido la oportunidad de conocer a una de las personas que habían vivido el horror del campo de concentración con su madre.
Condujeron hasta Sausalito, situada a apenas media hora de allí, donde la señora Wojcik residía.
Helen había concertado una cita por teléfono a través de un hombre que dijo ser su marido.
No las esperaba hasta el día siguiente, de modo que, después de dejar el equipaje en el pequeño hotel donde habían reservado habitaciones, dedicaron la tarde a recorrer la ciudad.
Durante las horas que pasaron juntas, Anne le reveló lo que sabía sobre lo acontecido en Ravensbrück y cómo lo había averiguado.
Le habló con cautela de su madre, la agente Bishop, pese a que Nowak le prometió que nunca revelaría aquella información, que podría comprometer la figura de Cecily.
Así, Helen supo de la conexión de Helga Müller con el libro que Anne estaba escribiendo.
Por su parte, esta escuchó conmocionada cómo vivió Zofia Nowak su cautiverio.
Ella, Rebeca Goldstein y Julia Wojcik, de edades similares por aquel entonces, se habían apoyado mutuamente en los peores momentos, cuando la maquinaria sin alma de los nazis trabajaba con ahínco para exterminar a quienes habían tenido la desgracia de ser apresados.
Y aunque Zofia había logrado salir de allí, lo hizo llevando consigo una herida emocional que nunca cicatrizaría.
Cargaba con el peso de su propia historia y la de las personas con las que había compartido aquel horror.
Sus últimos años habían estado repletos de pesadillas, tratamientos psicológicos y medicación para combatir las secuelas que le dejó su paso por Ravensbrück.
Tras una noche sin apenas pegar ojo debido al jet lag , a la mañana siguiente Anne y Helen se dirigieron a la casa.
Un hombre con barba y pelo cano las recibió.
Se presentó como Jonathan, el marido de Julia.
Era estadounidense y, según les dijo, se había casado con ella veinte años atrás, al poco de conocerla en un bar donde trabajaba como camarera.
Lo primero que llamó su atención, mientras lo seguían por el pasillo y en la habitación a la que llegaron, fueron los cuadros que había por doquier.
Cielos azules, mares en calma, extensiones de hierba crecida y aves en pleno vuelo decoraban los muros con tanto realismo que parecían fotografías.
Jonathan las condujo a un salón por cuyas ventanas entraba una luz tamizada por livianas cortinas.
La mujer estaba sentada en un sofá. A pesar de no ser tan mayor, su imagen era la de una anciana.
Su cuerpo, delgado y de aspecto frágil, ocupaba un espacio mínimo bajo una toquilla que le cubría las piernas.
Su gesto era neutro hasta que sus ojos se posaron en Helen.
De inmediato se le iluminó la mirada. Extendió los brazos hacia ella sin levantarse y la periodista se acercó y tomó sus manos.
Se contemplaron sobrecogidas y se dieron un abrazo.
—Eres igualita que Zofia —musitó la mujer con una voz sorprendentemente enérgica.
—Lo sé, me lo dicen mucho —consiguió decir Helen con las palabras enredadas en llanto.
—¿Está...?
—Falleció hace dos años.
La anciana asintió en silencio, como si ya lo hubiera intuido.
Las recién llegadas se acomodaron en sillas y las tres comenzaron a charlar mientras el hombre preparaba café.
—Era tan valiente —continuó Julia—. La más valiente de las tres.
En muchas ocasiones temí que fueran a matarla.
Nos defendía a todas las que compartíamos barracón con ella.
Se llevó más de una paliza y, aun así, en cuanto podía volver a ponerse en pie, lo hacía de nuevo.
Incluso cuando cayó enferma siguió enfrentándose al personal del campo.
—¿Usted también enfermó? —preguntó Helen.
—Tuberculosis. Escapé a la disentería, la neumonía, el tifus...
, pero nadie estaba a salvo en aquellas condiciones.
Además, las jornadas laborales eran salvajes.
Al principio, nos forzaban a trabajar por el simple hecho de castigarnos.
Después descubrieron que éramos una mano de obra muy rentable.
Esclavas. Y, como tales, lo hacíamos durante más de doce horas, sin apenas descanso e ingiriendo cantidades ínfimas de alimento...
Lo extraño es que alguna saliera de allí con vida.
Pero cuidábamos las unas de las otras. Nos organizábamos para repartir la poca comida que nos daban, nos asegurábamos de que las ancianas y las niñas comieran lo suficiente.
Nos quitábamos los piojos entre nosotras y nos dábamos un abrazo para consolarnos en los peores momentos o simplemente para calentarnos.
Nos convertimos en una gran familia, al menos en nuestro barracón.
Wojcik siguió compartiendo sus recuerdos con las periodistas, quienes escuchaban con atención y sin querer interrumpirla. Fue Anne quien nombró a Helga Müller mientras hablaba del proyecto en el que estaba trabajando y de las entrevistas realizadas por Cecily.
—La Alimaña Rubia... El diablo encarnado.
Durante aquella conversación le hablé a tu madre de su sadismo, de cómo disfrutaba infligiendo dolor, destrozándonos.
Porque eso era lo que pretendía. Rompernos en mil pedazos hasta reducirnos a la nada y eliminar todo vestigio de dignidad a quienes caíamos en sus manos.
Le mencioné a Rebeca y la salvajada que hizo con ella.
Y la manera en la que se la llevaron arrastrándola por el suelo siguiendo las órdenes de aquel monstruo.
No volvimos a verla... La señora Bishop me prometió que haría lo imposible por llevarla ante la justicia.
—Y lo cumplió —intervino Helen, quien intercambió una mirada cómplice con Anne. La anciana prosiguió:
—Así es... Esa mujer pensó que podría dejarlo todo atrás, huir muy lejos y empezar una nueva vida después de destruir la de tantas personas.
—La amargura y la ira relucieron durante solo un instante en su rostro—.
Pero la capturaron junto con otros nazis que se escondían en América Latina.
Nunca olvidaré aquel día. El veinticuatro de enero de 1948.
Yo no estuve allí, pero me informaron del veredicto y de su ahorcamiento.
Anne asintió en silencio, puesto que ya conocía, a través de los documentos de su madre, la sentencia que puso fin a la sobrecogedora historia que había enlazado las vidas de Victoria Kent, Helga Müller y Julia Wojcik.
El mundo no sabía del relevante papel que tanto Kent como Clara Campoamor habían jugado para que se hiciese justicia.
Sin embargo, eso cambiaría cuando el libro estuviera terminado.
El marido de Julia, que se había sentado a su lado en el sofá, le pasó un brazo por encima de los hombros y la atrajo hacia sí. Besó su frente y le limpió las lágrimas con los dedos. Cuando se hubo recuperado, ella compartió otro recuerdo.
—En los barracones se comentaba una historia que no hay forma de saber si era cierta, aunque presiento que pudo ser así.
Se decía que alguien oyó a la guardiana hablarle a una de sus compañeras de la muerte de su propia madre, quien debía de estar muy enferma.
El caso es que, de sus palabras, se podía inferir que ella misma podría haberla asfixiado mientras dormía...
Quién sabe. Tal vez se trate solo de una invención nacida del odio y el temor que Helga Müller inspiraba.
Aun así —concluyó—, no es rencor lo que siento cuando pienso en ella.
La compadezco... Lo digo en serio —insistió ante la expresión atónita de Anne y Helen—.
Estoy segura de que la vida de una persona como ella debió de carecer de sentido, desprovista de todo lo que nos convierte en seres verdaderamente humanos: empatía, calidez, la necesidad de proteger a los nuestros y hacer sacrificios por ellos...
Tampoco tuvo la inmensa suerte de vivir una amistad tan profunda e inolvidable como la que nos unió a Rebeca, Zofia y a mí.
De otro modo, no habría sido capaz de hacer las cosas que hizo.
Un ser como ella, sin sentimientos, exento de toda humanidad, solo merece nuestra lástima.
Al escuchar aquellas palabras, Anne no pudo evitar pensar en Clara Campoamor y Victoria Kent.
La mujer que tenía delante poseía valores y convicciones tan sólidos como los que ellas habían defendido a lo largo de su existencia.
Y comprendió que, solo por conocerla, había merecido la pena viajar hasta allí y darle un final amable a una historia trágica.
La de tres jóvenes que se convirtieron en amigas en un lugar y un tiempo brutales.
La visita duró más de dos horas, durante las cuales la superviviente desgranó recuerdos menos dolorosos de su estancia en Ravensbrück con sus compañeras y muchas otras mujeres que pasaron por su vida para dejar una huella imborrable.
Después, las periodistas abandonaron aquel hogar lleno de paisajes coloridos, reflejo de la libertad y la belleza que moraban en la hermosa alma contenida en el cuerpo prematuramente envejecido de Julia Wojcik.