32. Un fuego desconocido #2
—Imposible hacerlo. Yo tampoco lo vi venir, por muy frágil que fuera la República.
Supongo que mi idealismo me cegó. Pensaba que las cosas se encauzarían una vez que todos tuviéramos los mismos derechos.
Pero por mucho que me cueste reconocerlo, es posible que un gran número de aquellas mujeres que pudieron votar por primera vez contribuyeran a darnos la patada...
a ti y a mí. Es lo que iba a decir antes, cuando nos hemos enzarzado en esta estúpida discusión.
Durante estos años no he podido quitarme de la cabeza aquel debate en el Congreso porque, en el fondo, intuía que no te equivocabas.
Que no era el mejor momento para darles una papeleta a tantas esposas de hombres de derechas o a las que se pasaban la vida en la iglesia.
No hacía falta ser muy listo para saber que, en cuanto pudieran depositarla en una urna, lo harían movidas por las mismas ideas que sus maridos o sus confesores, como alguien insinuó entonces de manera muy acertada.
Y lo justo es que te lo diga ahora, aunque sea ya muy tarde.
—No lo es. Significa mucho para mí. Gracias... Además, fue su decisión y, aunque nos doliera entonces, lo justo era que pudieran tomarla.
Una débil sonrisa curvó a la vez nuestros labios.
—En eso siempre estaremos de acuerdo. Ya ves...
—añadí—, la mayor parte de nuestra vida parecía que disentíamos cuando, en realidad, defendíamos lo mismo.
Y lo que sucedió anoche es la prueba más evidente.
Lo que ambas buscamos es la libertad, en todas sus formas.
De ahí que nos hayamos embarcado en esta locura, cada una por su lado y en el momento que consideramos adecuado.
—O cuando no vimos otra opción. Y teniéndolo todo en contra...
, no solo nuestra edad, sino la falta de vínculos afectivos y de un verdadero hogar.
Para que, después de tanto sacrificio, el mundo siga igual de revuelto.
En especial nuestro mundo, con Franco todavía en el poder.
—Se detuvo con gesto de amargura—. Que Europa se haya enfrentado al fascismo, pero haya preferido no hacerlo en España...
Al final, por muchas vueltas que le demos, habremos de aceptar que hemos perdido.
—Eso me temo. Y las cosas no están mejor aquí, en Argentina.
Su historia es tan convulsa como la nuestra.
El último golpe de Estado tuvo lugar en el 43.
Hoy están sumidos en un autoritarismo quizá no tan visible ni ultrajante como el de España, aunque quién sabe lo que pasará en los próximos meses.
No sé si se trata de algo cíclico, pero tengo la sensación de que esto mismo va a ocurrir en todas las democracias, incluso las que parecen estar más consolidadas.
Tendemos a olvidar y eso es lo que nos acabará destruyendo, a los españoles, a los argentinos, a los europeos y, seguramente incluso a los Estados Unidos, por mucha libertad que presuman de tener...
Si no enseñamos a nuestros hijos lo que sucedió, tanto lo bueno como lo malo, no podrán aprender de nuestros errores y los repetirán una y otra vez.
Como ves, yo también sucumbo de tanto en tanto al desánimo.
Por lo que dicen, la guerra podría acabar muy pronto, pero hasta que no lo vea no lo creeré.
Y, aun así, después quedará tanto por hacer, que...
—Y tanto por digerir cuando se desvelen los crímenes que están cometiendo los nazis. Por eso acepté esta misión. Porque si consigo, al menos, que uno de ellos pague por lo que ha hecho, entonces mi vida habrá tenido sentido.
—Lo harán, seguro.
—Ya querría yo ser tan optimista.
En ese momento llamaron a la puerta. Le pedí a Victoria que regresara a su dormitorio por si acaso y fui a ver quién era.
Respiré aliviada al comprobar por la mirilla que se trataba de Andrés García, uno de los contactos de la agente Schultz.
—Traigo buenas noticias.
—¿Schultz se encuentra bien?
—Sí, es una mujer muy fuerte. Y la cura que la señorita Kent le hizo fue mano de santo.
—No sabe cuánto me alegro. Y de esa gente... ¿se sabe algo?
—Todavía no. Pero los atraparemos, ya verá. Ah, esto es para usted. Se lo han llevado a Schultz hace unos minutos y ha insistido en que se lo trajera de inmediato.
En cuanto García se marchó, abrí el sobre que me había entregado. Respiré, notando cómo la presión en mi pecho se relajaba. Después, fui a la habitación en la que Victoria esperaba oculta tras la puerta.
—Tengo algo para ti.
Sorprendida, cogió el sobre y me miró confusa.
—Vamos, ábrelo.
Obedeció y, al instante, se llevó una mano a la boca para contener la emoción.
—Pero... ¿de dónde...?
—¿Cómo era lo que has dicho antes? ¿Que soy valiente e inteligente?
—Victoria sonrió, reconociendo las palabras que, de manera tan oportuna y con toda mi astucia, yo acababa de rescatar de la acalorada discusión que habíamos tenido unos minutos antes—.
Ahora en serio... Fue puro azar que tomara estas fotos por el hueco de la cortina.
Mi intención era captar a Zimmer y cuando se me puso a tiro aquella mujer no le di la menor importancia.
Hasta que me contaste quién era y lo que había hecho.
Ahí tienes tus pruebas. Pese a la mala calidad de la imagen, se distingue bien el momento en el que le entregan un pasaporte.
Antes de que pudiera reaccionar, Victoria me abrazó con tanta fuerza que por poco nos caemos al suelo.
Cuando nos separamos, vi arder en sus ojos un fuego desconocido.
Y, de alguna forma, lo sentí en mi mirada también.
Conseguiríamos que no solo aquella asesina, sino también quienes habían cometido las salvajadas que el mundo descubriría pronto, pagaran por sus crímenes.
Tres días después, cuando Victoria ya había partido de Argentina rumbo a Europa, llegaron las buenas noticias: Zimmer y sus secuaces habían sido capturados.
Anne levantó la vista de las hojas. Aquel capítulo ponía el broche de oro a la historia.
Por un lado, tras aquella tensa conversación, las dos adversarias habían hecho las paces por fin, al parecer no solo entre sí, sino consigo mismas.
Y por otro, sin saberlo, habían colaborado para que la depravada Helga Müller fuese detenida, pese a trabajar para servicios secretos distintos.
Aquello era una maravillosa casualidad...
¿O no? ¿Habría tenido Cecily Bishop algo que ver en todo ello?
La periodista ignoraba si alguna vez conocería la respuesta, aunque quizá Campoamor o Kent lo supieran.
Restaba por averiguar también si Müller había pagado por sus crímenes.
No recordaba haber leído su nombre entre los papeles de Victoria sobre los juicios de Núremberg.
Se puso en pie y abrió la caja que había rescatado del sótano de su madre. La carpeta etiquetada con la palabra «Procesos» no era tan voluminosa como las otras. Consultó el reloj. Era tarde, pero necesitaba encontrar la respuesta.