32. Un fuego desconocido
U N FUEGO DESCONOCIDO
Londres, una semana después
Anne había avisado a su jefa de que se tomaba la mañana libre, ya que tenía algo importante que hacer. A cambio, prometió entregarle su artículo semanal a primera hora del día siguiente. Connolly, que confiaba plenamente en ella, no hizo preguntas.
Tenía la intención de retornar a su casa en cuanto acabase.
No obstante, de camino a la salida volvió a pasar por el salón, sumido en la penumbra e impregnado de un aire fantasmal debido a las sábanas que cubrían los muebles.
Algo la hizo detenerse y acercarse a las cortinas.
Las corrió. Tras unos instantes, cerró los ojos y se dejó besar por la luz.
Respiró hondo. Acogió con calma el silencio y los recuerdos, embarcados en los olores que la estancia rezumaba, en una mezcla de polvo y pasado.
Abrió de nuevo los párpados. Era la primera vez que las lágrimas no le oprimían el pecho.
Fue a la cocina y de un armario sacó la lata antigua de Earl Grey.
El té, según comprobó al probarlo tras verter el agua hirviendo, conservaba su sabor afrutado y aromático.
Era el favorito de Cecily y, ahora se daba cuenta, también el suyo.
Con la taza humeante en la mano, regresó al salón y tomó asiento.
No se quitó el abrigo. El frío era intenso y lo más rápido para entrar en calor, aparte de la bebida, era coger la manta que reposaba, enrollada, en un extremo del sofá, bajo la tela que lo protegía del polvo.
No pudo resistirse a olerla en busca del rastro de su madre.
Y cuando lo encontró, percibió que todo su ser se reconciliaba con la vida.
A pesar de la muerte.
A pesar del dolor.
Por la tarde, pasó por el periódico, donde ya no quedaba nadie, y escribió el artículo que tenía pendiente.
Lo dejó en la mesa de Connolly. Cuando llegó al piso, depositó en el suelo del comedor la caja que contenía lo que le había parecido más importante de las tres abiertas en casa de su madre.
A continuación, sacó de su cartera de cuero la mantita y la puso en su sillón favorito.
Aquel sería su lugar a partir de entonces.
Se sirvió un plato del guiso de carne que había cocinado el día anterior. Después, echó un vistazo a las carpetas de Cecily, pero no le apetecía mucho ponerse a buscar información nueva. Ya eran más de las ocho y estaba cansada para eso. Prefirió continuar con la lectura de los papeles de Clara.
Dormí unas pocas horas, lo justo para tener conciencia de estar en un día distinto tras la agitada noche.
Me encontraba demasiado nerviosa. Y lo mismo le debió de suceder a Victoria, quien asomó la cabeza por la puerta entreabierta de la cocina cuando mis labios apenas habían rozado el café.
Había intentado sin éxito descansar en uno de los tres dormitorios de la casa que alquilé al regresar a Argentina la última vez.
Era más grande de lo que necesitaba, pero en mi interior albergaba la esperanza de que tanto Antoinette como mi hermano Ignacio y mis sobrinos vinieran a pasar una temporada.
Sin embargo, tuve que postergar su visita por motivos de seguridad.
Mientras colaborase con los servicios de espionaje, no resultaba aconsejable que nadie que me importara estuviese cerca.
Nunca sabías cuándo ibas a verte embarcada en una misión, ni mucho menos cuán peligrosa podría llegar a ser.
Esa había sido una de las primeras reglas que me dejaron bien claras desde el principio.
Así pues, el anhelado reencuentro con mis seres queridos tendría que esperar, por muy duro que fuera aceptarlo.
Le ofrecí una taza y fuimos a la salita, donde nos sentamos frente a frente.
—Hacía mucho tiempo que no nos veíamos a plena luz del día —dijo.
Ambas estallamos en una carcajada, probablemente debida al agotamiento, si bien era cierto que nuestros dos últimos encuentros habían tenido lugar entre tinieblas. No obstante, el recuerdo de las terribles circunstancias que rodearon aquellos momentos trajo de nuevo la seriedad a nuestros rostros.
—Pensaba que no volveríamos a vernos —respondí—. Durante un tiempo creí que habías muerto. Nadie sabía nada de ti.
—Bueno, como te dije, en cuanto entraron los nazis en París no tuve más remedio que esconderme. Ya sabes lo buenos amigos de Franco que son. De no hacerlo, habría acabado muerta en una cuneta o frente a un paredón. Y tú también.
—Lo sé.
—Pero pudiste escapar a tiempo. Oí que llevaste contigo a tu madre, ¿no?
—Sí...
—¿Y dónde está ahora? ¿En España?
Inspiré hondo antes de responder.
—Murió hace dos años. Por suerte, la abogada Antoinette Quinche, una gran amiga que nos acogió en su casa de Suiza, estaba con ella cuando ocurrió.
—Lo lamento.
—Quizá recuerdes a Antoinette —añadí—. Me acompañó durante la campaña electoral del 33.
—La mirada de Victoria vagó por la habitación recorriendo los rostros del pasado, si bien acabó negando con la cabeza—.
Te agradaría si la conocieras. Tal vez algún día.
Ha sido mi apoyo..., mi familia desde que abandoné España.
Sus ojos se detuvieron en los míos durante varios segundos.
—Seguro que me caerá bien.
Nos sonreímos y, aun así, no pude evitar percibir cierta incomodidad por parte de las dos.
Resultaba extraño estar en una casa charlando, no solo después de lo sucedido unas horas antes, sino de los años transcurridos desde el peor de nuestros desencuentros.
Y su rastro era todavía muy profundo en el ánimo de las dos.
Lo puso de manifiesto el inesperado giro que dio la conversación cuando Victoria dijo algo que parecía no ser otra cosa que una simple broma:
—¿Y qué te trajo hasta aquí? ¿Querías conseguir el voto para las argentinas también?
—Ojalá... Pero me temo que a ellas aún les faltan unos años. —No me equivocaba. Allí las mujeres no lograrían el derecho al voto hasta 1947—. ¿No habrás venido tú a impedirlo aquí también?
No fui capaz de contenerme. Y supe, de inmediato, que aquello le había hecho tanto daño como si la hubiese abofeteado.
—Creo que será mejor que me vaya.
—No, no, perdona. No debería haber dicho eso.
—Si lo has hecho, supongo que será porque es así como lo sientes. ¿Es posible que todavía me guardes rencor? Vamos... han pasado catorce años.
—No es una cuestión de tiempo. Pero si quieres saber si alguna vez pienso en ello, la respuesta es sí. A menudo. Más de lo que quisiera, aunque...
—Pues yo no —me interrumpió y se levantó.
Noté cómo el familiar escozor prendía en mi estómago y descarté las palabras que había estado a punto de pronunciar antes de que ella hablara. Lo que salió de mis labios iba cargado con metralla.
—Pues deberías... ¿Sabes lo cerca que estuvimos de no lograrlo? De otros me lo esperaba. Pero que fueras tú, precisamente, quien decidiera ponerme la zancadilla cuando solo estábamos nosotras para librar aquella batalla...
—¿Ponerte la zancadilla? ¿Tú te escuchas?
Hablas como si hubiera sido una cuestión personal, como si fueses el centro del universo.
—Un rubor repentino ascendía por sus mejillas a causa de la ira—.
¿No te dolería tanto porque te estaba llevando la contraria?
¿Porque pretendías demostrar lo valiente y lo inteligente que eras y, sobre todo, que tenías razón?
¿Y no porque las mujeres españolas pudieran ver sus derechos pisoteados?
—¿Cómo te atreves? —Me puse en pie indignada—. ¿Insinúas que defendí el derecho a votar para salirme con la mía? ¿Como si fuese un mero capricho?
—¿Y tú crees que yo me opuse por estropearte la función, por demostrar que te equivocabas?
—¿Y por qué si no? No había ningún motivo objetivo para que boicotearas algo en lo que tantas mujeres habían depositado sus esperanzas. Era una cuestión de dignidad, de acabar con la injusticia que se estaba cometiendo con ellas... Con todas nosotras.
—¿Crees que no lo sé? —Me dio la espalda de pronto.
La rodeé. No iba a permitir que terminase así la discusión. Ella era quien la había iniciado y no sería quien la concluyera. Sin embargo, al hallarnos de nuevo cara a cara, vi que las lágrimas brillaban en su mirada. Mi furia se evaporó de inmediato.
—¿Qué... qué te ocurre?
—Todos pensasteis lo mismo. Que era una traidora.
Que no consideraba a las españolas dignas de decidir por sí mismas.
Nadie le prestó atención a la puntualización que hice...
No me negaba a ello, pero no era el momento.
Solo pedí que se aplazara. Y, en el fondo, sabes que tenía razón. No estaban preparadas.
—Eso no es cierto. Muchas, la mayoría, me atrevería a decir, sí lo estaban. Aunque... no todas. Pero si aquel día no hubiese salido adelante la enmienda, probablemente ese derecho nunca habría llegado. ¿No te das cuenta?
Tardó varios segundos en responder.
—Es verdad. Y por eso sé que no debería haberme negado, pero ¿cómo imaginar lo que iba a suceder en tan poco tiempo?