31. Sombras, voces, abrigo #3
Con un gran esfuerzo, me contó lo sucedido en Francia durante aquellos cuatro años.
Así supe de las penurias que había vivido tras abandonar la Embajada de México al verse obligada a ocultarse, primero en soledad y, después, en compañía de las agentes Renard y Nichols.
Entonces descubrí el porqué de su extraña reacción poco antes en la caseta, justo después de encontrarnos.
Me confesó que una de las mujeres que se habían reunido con Zimmer era la misma que la había engañado haciéndose pasar por una exprisionera judía huida de un campo de concentración.
Su nombre era Helga Müller. Y mientras Victoria lo relataba, pude sentir cómo la culpa la corroía por aquel error que le había costado la vida a Sara Renard.
Callé, consciente de que nada de lo que le dijese haría que se sintiera mejor.
Me limité a cogerle una mano y apretarla con cariño.
Y ese pequeño gesto pareció derribar el muro que Victoria había construido en torno a sí, aislándola del mundo y de todo consuelo.
Cuando se apoyó en mi pecho, un grito ahogado escapó de su garganta.
Por fin, el llanto estancado que la estaba envenenando salió como un animal que luchara por liberarse de la jaula que lo mantenía cautivo.
Su cuerpo se agitó con tal violencia que no entendí cómo había podido llevar consigo ese dolor y seguir respirando durante tantos meses.
Las vueltas que da la vida. Lo que sucede en un lugar del mundo en un instante determinado puede reverberar tiempo después en otro sitio, a una distancia de miles de kilómetros.
Cambian los paisajes y las circunstancias, pero no los protagonistas.
En este caso Victoria y aquella sádica, de la que se sabía que había trabajado como guardiana en el campo de concentración de Ravensbrück, habían vuelto a encontrarse, por mucho que no fuera fruto del azar.
Según me contó Kent, había aceptado seguir trabajando con los servicios secretos solo con la esperanza de lograr capturar algún día a esa bestia salvaje disfrazada de mujer.
De hacerle pagar por sus crímenes, que no eran pocos, entre ellos el de asesinar a su joven amiga francesa.
El pesar y la ira que ahora martirizaban a Victoria se debían al hecho de no haber podido apresarla, si bien esa no había sido su misión, que solo consistía en identificarla como la antigua aufseherin.
Aquella era la única manera de que fuese detenida y deportada para que la juzgaran, al igual que ocurría con otros tantos nazis escondidos como ratas en Latinoamérica.
—Hasta que no la atrapen no habrá ninguna prueba de su identidad.
Hemos seguido su rastro por México, Brasil y Argentina, donde ha ido adoptando distintas identidades gracias a la red de apoyo que esos criminales tienen por todas partes.
Ahora, por fin, estaba tan cerca que... —Un sollozo le quebró la voz.
—Lo conseguirás... Lo conseguiremos. Estrecharán el cerco sobre ellos. Dudo que escapen, con lo rápido que has avisado.
—No lo sé... Cuentan con mucha ayuda y este país es enorme. Si le perdemos la pista es posible que nunca más la encontremos. Ni a los demás.
—Tengamos un poco de fe en los Aliados. También hay muchas personas como nosotras, colaborando para apresarlos. Me niego a rendirme al pesimismo. Nunca lo hice y no voy a hacerlo ahora. Y tú tampoco —insistí, levantándole con suavidad la barbilla para que me mirara—, ¿me oyes?
Transcurrieron varios segundos antes de que terminara por asentir. Le pedí que intentara dormir un poco y, sorprendentemente, me hizo caso. La calma traída por el llanto había consumido sus fuerzas. Después de una hora, más o menos, fue mi turno de descansar.
Las dos estábamos despiertas cuando percibimos un ruido que llegaba desde la carretera.
En la quietud de la noche, envueltas solo por los sonidos del bosque hasta hacía unos instantes, comprendimos que se acercaba un vehículo, tal vez dos.
Noté que nos mirábamos, como queriendo comunicarnos nuestros pensamientos.
Podría tratarse de los fugitivos, que estuvieran buscándonos para eliminarnos al ignorar que contábamos con los medios para transmitir la información sobre su presencia allí.
Sin embargo, también podrían ser agentes enviados para ayudarnos.
Los motores se detuvieron casi de forma simultánea y todo volvió a quedar en calma.
Victoria se puso en pie. Y, pese a mis silenciosas protestas, se alejó unos metros.
Al cabo de varios minutos vimos que una luz avanzaba hacia nosotras.
Por supuesto, yo no iba a quedarme de brazos cruzados.
Palpé el suelo a mi alrededor y no paré hasta encontrar algo que me sirviera.
Me levanté con una rama en ambas manos, dispuesta a golpear.
Sin embargo, los dos hombres y la mujer que surgieron de la espesura habían bajado sus pistolas al reconocer a Victoria.
Nos saludaron y se acercaron a Schultz. Uno de los agentes la recogió del suelo y se la cargó sobre un hombro. Los demás lo seguimos en dirección a los coches, donde nos esperaban dos personas más.
—¿Los han atrapado? —preguntó Kent con la ansiedad grabada en el rostro, visible ahora que comenzaba a amanecer.
No escuché la respuesta, pero sí vi su reacción. La misión no había tenido éxito.