Donde habita tu reflejo 31. Sombras, voces, abrigo #2
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31. Sombras, voces, abrigo #2

Sin darle tiempo a replicar, metí un brazo por una manga y se lo pasé por detrás para que hiciera lo mismo con la otra.

Por suerte, Victoria iba ataviada con ropa de hombre y dentro de aquel abrigo cabíamos las dos.

De inmediato, sentí cómo el calor de nuestros cuerpos me reconfortaba.

Una sensación extraña, aunque agradable, me trajo de vuelta aquel día del pasado en el que ambas acabamos frente a un espejo que nos devolvía la imagen de dos seres negruzcos.

Lo que experimenté entonces regresó a mí con tanta claridad como si acabara de suceder.

Recordé la cercanía, qué digo, la similitud y afinidad que nos unieron en tal ocasión, diluyendo nuestras amargas diferencias.

Y comprendí que, de no habernos separado durante los siguientes años, probablemente nos habríamos convertido en amigas.

Aun en aquella oscuridad del bosque, pude vislumbrar el gesto de Victoria, que no reflejaba en absoluto sensaciones similares a las que yo estaba experimentando.

Parecía ausente y cansada, aunque algo me decía que eso no era todo.

Había en toda ella, en su postura y su actitud, una tristeza y también una rigidez que nunca había percibido.

—¿Me lo vas a contar? —Se giró y creí notar que sus ojos se adentraban en los míos, llenándome el alma de inquietud. Negó con la cabeza en silencio—. Pues tenemos toda la noche por delante. Y no vuelvas a decirme que me duerma. No podría hacerlo aunque quisiera... después de lo que hemos vivido.

—Sigues siendo tan cabezota como siempre. —En su voz, si bien todavía cortante, distinguí un destello de ironía que me trajo de vuelta a la mujer que había conocido tanto tiempo atrás.

—Ya ves que sí —reconocí con una sonrisa—. De modo que no pararé hasta saber qué te ocurre. ¿Es por algo que has visto allí, en aquella habitación?

Respiró hondo con la mirada perdida. Los brazos cruzados con fuerza acrecentaban la sensación de distancia que irradiaba su cuerpo entero.

Los segundos transcurrieron y seguía callada.

Me resigné a la idea de que no compartiría conmigo lo que le preocupaba.

Las confidencias surgen solas, no pueden forzarse.

Tendría que aceptar que no confiaba en mí.

Después de todo, llevábamos sin vernos una eternidad y, por mucho que yo me empeñara en señalar lo unidas que podríamos haber estado, tal vez no fuese así.

—Se llamaba Sara. —Estaba a punto de preguntarle a cuál de las dos mujeres de la caseta se refería, si a la que había seguido yo o a la otra, pero decidí continuar escuchando—. Era francesa. Una mujer maravillosa. Valiente, honesta, generosa... Con un sentido del humor delicioso.

La confusión casi me lleva a interrumpirla. No había oído hablar al contacto del tal Aguirre, pero no tenía aspecto de francesa. En cuanto la idea pasó por mi cabeza, me di cuenta de lo estúpido de mi razonamiento.

—Durante los meses más duros de mi estancia en París, cuando tuve que esconderme para que la Gestapo no me detuviera, esa joven consiguió que me olvidase del horror que nos rodeaba. Te habría encantado.

Detecté en su voz una calidez que no tardaría en desaparecer.

—Seguro que sí... ¿Cómo os conocisteis?

—Trabajaba para el BCRA.

—Los servicios secretos franceses.

—Eso es.

—¿Y os convertisteis en... amigas? —No pude reprimir el tono que envolvió mi pregunta.

—Lo que sentí por ella fue algo que... no esperaba.

—No hace falta que me lo cuentes si no quieres. Sé que...

—No, no lo sabes. Pensaba en ella como si fuese... mi hija. No lo puedo explicar de otro modo.

Me quedé mirándola en silencio. De alguna manera, comprendía lo que acababa de afirmar, si bien me planteé si no haría falta concebir hijos para alcanzar siquiera a intuir el amor que una madre siente hacia ellos.

La imagen de la mía regresó a mí trayendo consigo lágrimas que no permití que cayeran.

¿Sería posible experimentar con otra persona ese vínculo férreo, insustituible, que nos une a quien nos ha dado la vida y solo mira por protegernos y proporcionarnos el máximo bienestar?

Reconozco que dudé de si una conexión de tal naturaleza podría establecerse con alguien que no hubiera salido de tus entrañas, pero no dudé del cariño que pudiera llegar a despertar en ti otro ser humano, muy distinto de cualquier amistad.

Cierto era que yo nunca lo había sentido, aunque mi intuición me permitía aceptar que otros sí.

Por qué no. La empatía y la afinidad surgidas entre dos seres humanos, por mucho que no les una la sangre, existen.

Vaya si existen. Así que no iba a ser yo quien negara la posibilidad de que alguien albergara un tipo de sentimientos que escapaban a mi experiencia o entendimiento.

La vida me ha enseñado que quien crea que lo sabe todo se equivoca. Y yo soy un buen ejemplo.

—¿Dónde está ahora?

—Muerta.

No esperaba esa respuesta. Tragué saliva.