Donde habita tu reflejo 31. Sombras, voces, abrigo
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31. Sombras, voces, abrigo

S OMbrAS, VOCES, AbrIGO

—¡Joder!

El exabrupto, precedido de una inspiración ruidosa, había escapado de labios de Anne.

No podía creer lo que acababa de leer. Por fin encajaban las piezas en la historia de Clara, al menos algunas.

Reanudó la lectura con más avidez de la que había sentido en toda su vida ante un libro, por muy bueno que fuese.

En cuanto las sombras volvieron a engullirnos, nos acercamos la una a la otra y nos dimos un fuerte abrazo.

El silencio nos rodeaba mientras sentíamos la cercanía de nuestros corazones desbocados.

Las imágenes de los años transcurridos, las escenas vividas por separado, la incertidumbre sobre lo que nos depararía el futuro y la nostalgia de lo que ambas habíamos dejado atrás nos unieron como nunca antes.

Cerré los ojos y noté cómo surgía en mi interior un cariño que no sabía que albergara hacia aquella mujer. Poco después, la oí cuchichear:

—¿Qué demonios haces aquí? ¿Tú sabes lo peligroso que es esto? ¿Cómo se te ocurre?

—Por supuesto que lo sé —respondí.

Ahí estaba ese tono paternalista suyo que, en esta ocasión, no me molestó.

Yo también habría preferido reencontrarme con ella en una cafetería en la calle de Alcalá.

Pero la vida nos había arrastrado hasta un rincón de Buenos Aires, a escasos metros de unos criminales que podrían acabar con nosotras de un momento a otro.

No tuvimos tiempo de decir nada más. La puerta volvió a abrirse y el mismo hombre, hablándole a alguien dentro de la sala, dijo con un claro acento argentino:

—Mirá que olvidarme... Marchando dos botellas de vino.

Los segundos se ralentizaron mientras aquel salía al pasillo y sus dedos se dirigían al interruptor que había a su lado. Sé que me giré hacia Victoria, quien miraba con una expresión muy extraña hacia el interior de la habitación, a la vista ahora al haberse quedado la puerta completamente abierta.

Entonces se desató el infierno. O, más bien, yo lo desaté.

Sin un instante para reflexionar o decidir, y dado que había devuelto el frasco a su sitio, cogí lo que tenía más a mano: una lata de conserva.

Acto seguido, golpeé con todas mis fuerzas la cabeza de aquel tipo.

Aún hoy en día me pregunto cómo fui capaz de tal violencia.

No obstante, era cuestión de vida o muerte.

El hombre no tuvo oportunidad de reaccionar y alertar a sus secuaces, pero no hizo falta. Lo vieron desplomarse.

Victoria y yo salimos corriendo como aquella vez, tantos años atrás.

De nuevo, huíamos de unos desalmados que pretendían acabar con nosotras.

Por desgracia, en esta ocasión no estaría Miguel para salvarnos.

Avanzamos a toda prisa por el camino de tierra sabiendo que, en cualquier momento, nos alcanzarían o un disparo nos atravesaría la espalda.

Sin embargo, no fueron balas lo que se escuchó, sino una enorme explosión que hizo saltar por los aires la caseta contigua a aquella de la que acabábamos de escapar.

El caos provocado forzó a nuestros perseguidores a dispersarse en todas direcciones, creyéndose atacados por un enemigo armado y numeroso.

Nosotras, entretanto, aprovechamos para adentrarnos en la zona boscosa que me había llamado la atención desde la carretera al llegar.

Gracias a la linterna que Victoria llevaba consigo, logramos avanzar bastante rápido.

Llegamos hasta unas rocas, entre las que destacaba una de varios metros de altura rodeada de maleza.

Sin decir nada, comenzó a examinar la tierra.

A continuación, apartó las zarzas y se metió entre ellas.

Vi estupefacta cómo sacaba de aquel escondite una pequeña maleta que debía de haber ocultado antes de dirigirse hacia la explotación.

Expectante, guardé silencio a la espera de lo que fuera a sacar de su interior.

La radio, según me explicó, permitía enviar comunicaciones en un perímetro de varios centenares de kilómetros.

Aún boquiabierta, presencié cómo la exdiputada Kent, la mujer a la que evidentemente apenas conocía, codificaba un mensaje en morse.

Gracias a ella, los servicios secretos ya estaban al tanto de la posición de Zimmer y los demás componentes del grupo, y en breve procederían a detenerlos.

Tenía tantas preguntas que hacerle que me costaba contenerme para no formularlas todas de golpe.

Una vez concluida la transmisión, apagó el aparato y lo guardó.

Nos contemplamos con un poco más de calma, aunque en realidad seguíamos en peligro.

Solo nos habíamos alejado unos cientos de metros y no podíamos estar seguras de que no nos hubieran seguido.

Escuchamos el crujido de una rama y nos giramos con el pánico grabado en el rostro.

Ninguna de las dos iba armada y poco podíamos hacer, salvo lanzarnos sobre nuestros atacantes con las manos desnudas.

Nos disponíamos a hacerlo cuando entre la maleza surgió un rostro conocido.

—¡Agente Schultz! —No tardé en atar cabos—. ¿Usted ha provocado esa explosión?

—Era la única manera de distraerlos para que pudiesen escapar.

—Y menos mal que lo hizo. ¡Bravo! —exclamó Victoria.

—No sé qué habría ocurrido de no aparecer usted... Bueno, sí lo sé —me corregí.

Al observarla, noté que algo extraño le sucedía. De pronto se tambaleó y habría caído al suelo si no la hubiéramos sujetado. La ayudamos a sentarse y entonces lo vimos. La sangre le empapaba la ropa.

—Por amor de Dios, ¿qué le ha ocurrido?

—Uno de los colaboradores de Aguirre, el hombre al que vigilaba usted en la biblioteca, montaba guardia cerca de mi casa y ha conseguido retrasarme.

Al parecer, durante los días que ha durado la operación, han estado al tanto de lo que planeábamos y han intentado eliminarme para que no controláramos los movimientos de la mujer...

No contaban con usted —susurró sonriéndome—.

Ha sido cuestión de suerte que yo llegase a tiempo de ver hacia dónde se dirigían y pudiera seguirlas en otro taxi.

—Déjeme echarle un vistazo a la herida —intervino Victoria. La examinó mientras yo sujetaba la linterna y al terminar dijo—: La bala ha entrado por el pecho y salido por la espalda. Ha tenido suerte.

Una vez más, Kent me sorprendió al actuar con tanta destreza y confianza.

De una pequeña cartera que llevaba sujeta a la cintura del pantalón —que, solo entonces me di cuenta, llevaba puesto— sacó una botellita con alcohol, gasas y alguna otra cosa que no supe identificar.

Curó las dos heridas de Schultz y después buscó algo que colocarle bajo la cabeza para que reposara.

Me quité el abrigo y lo acomodé de tal forma que la aislara del frío suelo.

Un sueño inquieto se apoderó de ella de inmediato.

Miré el semblante pálido de aquella mujer que ya me había salvado la vida en dos ocasiones.

Nunca habíamos tenido oportunidad de hablar con calma.

Las situaciones en las que nos habíamos cruzado para entregarnos mensajes o relevarnos en alguna misión de vigilancia no habían dado pie a ningún tipo de acercamiento más personal.

No sabía absolutamente nada de ella, de cómo había acabado en un país tan lejano del suyo, colaborando para combatir contra sus compatriotas.

Me prometí que, en cuanto las circunstancias lo permitieran, intentaría averiguarlo.

Pero antes quedaba por ver si sobreviviría a las heridas, aunque Victoria me tranquilizó diciéndome que el hecho de que la bala no se le hubiera quedado alojada en el cuerpo era bueno.

La pérdida de sangre, en cambio, no lo era y, si no recibía atención médica lo antes posible, podría morir.

Mientras Kent volvía a conectar la radio y enviaba un mensaje urgente para que alguien viniera y nos ayudara a trasladar a Schultz a un lugar seguro, me sumergí en mis reflexiones.

Somos tan frágiles... Perder la vida resulta tan fácil que puede suceder en un abrir y cerrar de ojos.

Me planteé entonces si mi decisión de colaborar con los servicios secretos no habría sido un error.

Una cosa era que el peligro te acechara y otra muy distinta ir a buscarlo motu proprio.

Exponer tu cuello al filo de la guadaña, poner tu pasado, presente y futuro en manos de la Parca equivalía a una verdadera temeridad.

Yo había huido de España precisamente para no convertirme en una víctima más de los golpistas.

Y aunque lo logré y podía vivir sin ser objeto de ningún tipo de coacción, en un momento dado había tomado la extraña decisión de embarcarme en algo que me acercaba cada vez más al abismo.

¿Cuánto tiempo sería capaz de continuar haciéndolo? Tenía ya cincuenta y siete años.

En ese instante me di cuenta de que algo acababa de cambiar en mí. No se trataba de miedo, no estaba asustada, pero la revelación de nuestra finitud iba dejando una huella cada vez más profunda en mi ánimo.

El frío arreciaba y nos esperaba una larga noche. Victoria y yo tomamos asiento en un pequeño tronco. Le expresé mi preocupación por que el grupo de criminales pudiera haberse internado también en aquel bosque.

—No creo que lleguen hasta aquí. Lo lógico es que hayan huido en los dos vehículos que tenían aparcados junto a las naves. No pueden arriesgarse a que venga la policía a investigar la explosión. Aun así, debemos estar alerta. Duerme un poco, yo montaré guardia —me sugirió.

—No, descansa tú. No tengo sueño —dije, sin poder reprimir un escalofrío.

—Yo tampoco, pero no sirve de nada que las dos permanezcamos despiertas. —Empezó a quitarse el abrigo y me lo ofreció—. Mañana hablaremos.

—No voy a dejar que te quedes helada. Compartámoslo, ¿te parece?