Donde habita tu reflejo 30. Una luz en la oscuridad #3
80%

30. Una luz en la oscuridad #3

El lugar parecía una explotación agrícola, a juzgar por el tipo de naves que lo componían.

Un camino de tierra se bifurcaba en varios más que conducían a cada una de las construcciones.

Ella se dirigía hacia dos casetas muy cercanas entre sí.

Tragué saliva. No me quedaba otro remedio que seguirla de nuevo.

A esas alturas, no iba a echarlo todo a perder.

Pero antes saqué de mi bolsa la cámara Leica que me habían entregado y solía llevar conmigo.

Era tan diminuta que resultaba muy práctica.

Una vez más, no pude dejar de sorprenderme de que los servicios de inteligencia utilizaran aparatos fabricados por los alemanes para intentar pararles los pies precisamente a ellos. La vida y sus fascinantes ironías.

Al llegar me detuve. La puerta estaba abierta y, tras ella, había un pasillo sumido en la oscuridad.

Antes de aventurarme en él, decidí rodear la caseta en busca de ventanas.

En la primera no detecté ningún tipo de iluminación.

Avancé pegada al muro y, ya en la parte trasera, encontré otra.

Desde dentro no se vería más que la pared del edificio contiguo, situado a dos metros escasos.

Y eso mismo lo convertía en el lugar perfecto para reunirse sin que la luz proveniente del interior fuese visible desde fuera de la explotación.

Aun así, una cortina impedía ver otra cosa que siluetas.

Sin embargo, la suerte me sonrió una vez más.

En el lateral, una rendija pequeña, pero suficiente para poder entrever parte de la habitación, me permitió tomar varias instantáneas cuando alguno de los allí reunidos se situaba o pasaba frente al objetivo, aunque solo capté un par de rostros desconocidos para mí. Hasta que di con el que buscaba.

Helmut Zimmer.

Su aspecto había cambiado. Ahora llevaba barba y se había teñido el cabello de moreno.

Resultaba muy difícil saber cuántas personas estaban en la habitación aparte de él.

Después de varios minutos, solo tenía claro que había al menos tres hombres, la mujer a la que había seguido y otra más.

Conseguí fotografiar a esta última y también a uno de ellos, pero no al nazi ni a los demás.

Quizá aún no hubiera tenido lugar la entrega de documentos.

Debía darme prisa y volver para informar de dónde estaba celebrándose aquella reunión, aunque para cuando los servicios secretos llegaran allí era posible que ya no encontrasen a nadie.

No podía arriesgarme a que eso sucediera.

Tenía que tomar alguna foto más que permitiese identificar a todos los presentes.

Tras inspirar hondo, desanduve mis pasos y me metí en la caseta con la intención de buscar un ángulo de visión más favorable, costara lo que costase.

Esperé a que mis ojos se habituaran a la oscuridad.

Al fondo, una grieta de luz escapaba por debajo de la puerta de aquella estancia.

Caminé con todo cuidado, si bien el ruido de voces hacía improbable que alguien oyese mis pasos o el crujido del suelo de madera.

A mi izquierda divisé un hueco en el que me pareció vislumbrar unas estanterías y a mi derecha, otra habitación.

Puse la mano en el picaporte y probé a empujar la puerta muy despacio.

Había un lavabo y un inodoro. Examiné la pared, por si detectaba algún agujero o hendidura por donde ver el interior de la sala.

Esta vez no hubo suerte. Decidí intentarlo en el espacio ubicado frente al aseo, pero cuando me hallaba a escasos centímetros, oí un ruido metálico. El de un pomo al girar.

Tuve el tiempo justo de entrar en aquel hueco gracias, sobre todo, a que quedé oculta por la puerta al abrirse.

Un hombre salió y volvió a cerrar tras de sí.

Me extrañó que no pudiese oír los latidos de mi corazón, que retumbaban en mi pecho y en mis sienes.

Me escondí en aquella penumbra, donde debían de almacenar víveres.

Palpé sacos llenos de algo que parecían legumbres, y también frascos y latas que, por fortuna, no derribé al entrar a toda prisa.

Ignoro cuánto tiempo transcurrió mientras mis pensamientos volaban hacia España, hasta mi Madrid querido y después hasta aquella casita de Lausana donde Antoinette recibiría las noticias de mi muerte.

No lamentaba haberme arriesgado, no esta vez.

Había intentado sin éxito que aquel criminal y sus colaboradores fuesen detenidos.

Ahora nadie impediría que escaparan. Eso sí me pesaba.

De pronto, noté que algo se movía en el fondo de aquel recoveco.

Mis nervios ascendieron un peldaño en la escala del pánico.

Lo que se ocultaba en las tinieblas podía ser cualquier cosa.

Llevé una mano atrás y cogí un frasco de cristal.

No moriría sin defenderme. Con la respiración golpeándome las costillas, me dispuse a atacar en el instante que se me acercara.

No obstante, en ese momento resonaron los pasos del tipo que había salido poco antes.

Durante unos angustiosos segundos, temí que fuera a entrar en la despensa para coger algo.

No lo hizo.

Fue directo a la habitación y volvió a abrir la puerta. Al hacerlo, un rayo de luz se filtró por la rendija de las bisagras e iluminó el espacio que me rodeaba. Y eso me permitió ver a quien compartía la oscuridad conmigo.

De mis labios escapó un grito que solo el destino pudo convertir en un susurro:

—¡Victoria!