Donde habita tu reflejo 30. Una luz en la oscuridad #2
78%

30. Una luz en la oscuridad #2

Intenté disimular mi interés escribiendo y tachando cosas en mi cuaderno.

Me dio la sensación de que la recién llegada estaba nerviosa.

Quizá fuera una colaboradora novata, pensé acordándome de mi primera actuación con los servicios secretos y de mi penosa huida arrastrándome por los suelos.

La vi levantar la mirada de las páginas de tanto en tanto, supongo que para asegurarse de que nadie le prestaba atención.

Si sus ojos se detenían en mí, me hallaría enfrascada en mi trabajo.

Por desgracia, se había situado en un punto algo distante y me resultaba imposible ver con claridad lo que hacía, si bien daba la impresión de estar solo leyendo.

No obstante, en un momento dado, sacó una libreta y anotó algo.

Unos veinte minutos después, se levantó.

Volvió a poner el libro donde lo había encontrado y se fue.

No había tiempo que perder. Debía ir tras ella, pero antes cogí el libro y me lo metí en el bolso con tanto disimulo como pude.

A continuación, corrí hasta la salida. Miré a ambos lados.

¿Dónde estaba Schultz? La mujer se alejaba por la acera contraria y en cuanto doblara la esquina la perdería de vista.

Esperé unos segundos, buscando nerviosa a la alemana.

Algo debía de haberle ocurrido para que no estuviera allí.

No lo pensé dos veces. Crucé la calle y caminé a paso rápido antes de que la operación se fuera al traste.

Sabía que no debía extralimitarme, pero se trataba de una situación excepcional.

Algo me decía que, de no intervenir, perderíamos el rastro de Zimmer quizá para siempre.

Así que, a riesgo de llevarme otra buena reprimenda y quizá ser expulsada de la organización, hice lo que me dictaba mi instinto.

Me situé a una distancia prudencial, escarmentada por la fatídica misión que había concluido en las vías del tren.

Caía la tarde sobre las calles de la ciudad y la gente hacía sus últimas compras.

La mujer se metió en unos grandes almacenes y echó un vistazo a la sección textil.

Pareció interesarse por varios tejidos, aunque no compró nada.

Me dio la sensación de que estaba haciendo tiempo, pero ¿para qué?

¿Iba a reunirse en un sitio tan público con quien fuera su contacto?

Por un momento, también se me pasó por la cabeza que se hubiese percatado de que la seguía y abortado la operación.

Recorrimos varias avenidas la una detrás de la otra y yo ya empezaba a cansarme.

Andaba sin prisa, por lo que a veces me veía obligada a esconderme en algún portal para esperar que avanzara un poco más y no pudiera verme si se daba la vuelta.

De hecho, se giró tan solo en dos ocasiones, supongo que más por precaución que porque hubiese detectado mi presencia.

Cuando ya era noche cerrada, se detuvo en una parada de autobús.

En cuanto llegara el suyo la perdería de vista.

Comprendí que no podía arriesgarme a subir tras ella y que me reconociera, en el caso de que se hubiera fijado en mí en la biblioteca.

Tal como me temía, se montó en el número 17, que llevaba hacia el norte de la ciudad, y mi pulso se aceleró mientras me preguntaba qué hacer.

Por fortuna, un taxi vacío pasó a los dos o tres minutos y alcé la mano para llamarlo.

Le pedí al conductor que fuera lo más rápido posible y, por primera vez en mi vida, me vi ofreciéndole a alguien unos billetes extras por hacer algo, en este caso alcanzar al otro vehículo.

Debía de estar acostumbrado a que le pidieran cosas así, puesto que no pareció extrañarse.

Al poco, reconocí la matrícula y le dije que se mantuviera cerca, pero no demasiado, de modo que pudiera ver en qué parada se apeaba la mujer.

Habíamos abandonado el núcleo urbano y avanzábamos por una zona rural, donde, de tanto en tanto, aparecían edificios industriales.

Al fondo se intuía una masa boscosa y me pregunté si la entrega tendría lugar allí.

Después de varios minutos, el autobús se detuvo y le dije al taxista que hiciera lo mismo.

Al comprobar que ella había bajado, pagué y me apresuré para no perderla, intentando no preocuparme por la advertencia del hombre, quien me dijo que tuviera cuidado.

Y no era para menos. Apenas había fuente de iluminación alguna y ni un alma paseaba por allí, de modo que, si algo inesperado sucedía, nadie vendría en mi ayuda. Dejé atrás mis miedos y apreté el paso.

Avanzamos junto a la carretera bajo la luz de la luna, hasta que giró hacia la derecha y tomó una senda.

De pronto la vi adentrarse en un pasadizo.

A medida que me sumergía en él también, noté cómo se me ponía la piel de gallina y no precisamente por el intenso frío.

Ahora sí que no había forma de ver nada.

Inspiré hondo y traté de mantener la calma mientras iba más despacio de lo que me habría gustado, palpando las paredes al principio.

Igual que mis ojos se fueron acostumbrando a las tinieblas, mis temblorosas manos dejaron de prestarle atención a la humedad y a la mugre, si bien rogué por no toparme con ningún obstáculo o, peor aún, algún animal.

Todavía podía oír el ruido de pasos por delante, aunque cada vez más lejos.

No debía de ser la primera vez que aquella mujer hacía esa misma ruta.

Me sorprendió constatar que, al hallarme en un estado de alerta tan intenso, era capaz de discernir con más claridad que nunca los ruidos y los olores.

Sin duda, la que destacaba entre todas mis sensaciones era el miedo.

A lo que pudiera haber a unos centímetros de mí, a caer, a perderle la pista a mi objetivo y, sobre todo, a morir.

Desde que Cecily Bishop me ofreció embarcarme en otra clase de misiones, esta era, con mucho, la que más temor a perder la vida me estaba infundiendo.

Después de unos angustiosos minutos, el dichoso pasadizo llegó a su fin. No había más que un sitio por donde la mujer pudiera haber continuado, de manera que eché a correr y, por fortuna, llegué a tiempo de verla desaparecer tras una verja.