Donde habita tu reflejo 30. Una luz en la oscuridad
77%

30. Una luz en la oscuridad

U NA LUZ EN LA OSCURIDAD

A mediados de mes, Anne recibió una llamada de Antoinette. Clara no estaba en condiciones de acercarse al teléfono, por lo que la suiza se encargó de comunicarle las buenas noticias.

—Quería avisarte de que te hemos enviado un paquete; no es un regalo, aunque sé que te hará ilusión.

—Qué intriga... ¿No vas a decirme qué hay dentro?

—Esperaba darte una pequeña sorpresa, pero, bueno...

son algunos textos escritos por Clara que ha decidido hacer públicos también.

Ahora que Victoria ha revelado en los suyos la parte que faltaba para completar ciertos hechos, no hay ningún motivo para que no los insertes en el libro.

Los podrías haber tenido hace unos días, pero quería pasártelos a máquina.

Así he podido hacerle alguna consulta a la autora.

—El silencio de Anne la desconcertó—. ¿Sigues ahí?

—Sí, sí... Perdón. Es que me has dejado sin habla. Sabía que había materiales que no me habíais entregado, pero ya me había hecho a la idea de que algunas cosas no se contarían. No te imaginas la alegría que me has dado.

—Me habría gustado llevártelo en persona, pero prefiero quedarme con esta cascarrabias.

La periodista entendió que Antoinette tenía a Clara cerca.

—Tranquila, yo iré a veros pronto, ¿de acuerdo?

Unos días después, llegó el ansiado envío y Anne, que le había pedido a una vecina de confianza que lo recogiera por ella, lo abrió en cuanto regresó a casa.

Lo primero que encontró fue una caja de chocolate suizo y una nota manuscrita de Antoinette y Clara con unas cariñosas líneas.

Debajo había una carpeta. Apartó las gomas que la mantenían cerrada y halló un buen fajo de folios.

Comenzó a leer de inmediato el primer texto, fechado en junio de 1945.

... Yo sigo aquí dedicada a múltiples tareas y siempre a la espera del «santo advenimiento» que jamás se produce y que jamás se puede ni prever a través de la lectura de diarios madrileños, que parecen de la época de los godos, con la única diferencia de que estos se avinieron a convivir con los árabes y los godos de hoy quieren estar solitos.

Mis recuerdos muy afectuosos con un gran abrazo de su buena amiga y compañera,

C LARA C AMPOAMOR 1

Suspiré satisfecha. Metí la carta en un sobre y la dejé a un lado.

Así concluía una de las múltiples misivas que escribí a amigos y antiguos compañeros durante mi etapa en Buenos Aires.

Cuando te relegan al mundo de las sombras, acabas por convertirte en una y eso tiene ciertas ventajas.

Por ejemplo, que dejas de estar bajo la lupa de quienes antes no te quitaban ojo.

No obstante, a veces me costaba mucho seguir guardando las apariencias, jugar el papel de mujer desilusionada, hastiada con mi vida en el exilio y una existencia monótona, en comparación con lo vivido en el pasado, como política en primera línea.

Y no porque todo esto fuera falso. Ya era una mujer madura, por no decir vieja, me encontraba a miles de kilómetros de mi patria y llevaba conmigo un dolor imposible de aplacar: el de la pérdida de mi hogar y la posición que me había ganado con mucho esfuerzo.

Y, por supuesto, también me corroía la decepción por lo sucedido allí, por ver que quienes habían pisoteado la República con un alzamiento ilegal y sangriento seguían en el poder y nadie les plantaba cara.

Como si no fueran de la misma ralea que el fascismo al que sí se había hecho frente en Europa.

Todas estas afirmaciones bien ciertas eran, pero no que llevara una existencia aposentada en la nostalgia, alejada de la política o de los asuntos internacionales.

No, señor. Sin embargo, convenía que muchos continuaran pensando eso de mí para que pudiera actuar con libertad, sin despertar la menor sospecha.

De ahí todas esas cartas escritas desde la distancia.

Después de aquel desagradable incidente en el que resultó muerto Cánovas, el español al que había conocido en España tiempo atrás, tuvo lugar mi encuentro con la agente Bishop.

Este, aparte de un buen rapapolvo, me había proporcionado la posibilidad de participar en misiones más complejas.

Y debo confesar que cada una de ellas me hacía sentirme viva y útil, cualidades más que atractivas para mí.

Si propiciar la detención de Tuéjar, el empresario que colaboraba con el Tercer Reich, había sido francamente satisfactorio, no lo fueron menos otras actuaciones que contribuyeron a luchar contra quienes estaban perpetrando horrendos crímenes en Europa y nos habían conducido a una nueva guerra mundial.

Por ejemplo, ejercí de enlace entre agentes europeos y latinoamericanos, alojando a personas que vigilaban a los nazis huidos en busca de una nueva vida, con el fin de eludir el castigo que merecían.

También me encargaron el seguimiento de algún colaborador de los alemanes para que agentes más cualificados que yo pudieran atraparlos y hacer caer las redes de apoyo con las que contaban en la capital bonaerense.

Acababan de encomendarme una nueva misión que me había llevado hasta la Biblioteca Nacional.

Esta ocupaba un edificio antiguo y majestuoso, de estilo neoclásico, en la calle México, en pleno casco histórico.

Desde mi llegada a la capital yo era una visitante asidua, ya que allí no solo podía encontrar la bibliografía que precisaba, sino también toda clase de publicaciones.

Me gustaban especialmente el ambiente sobrio y el silencio que inundaba las salas.

Las mesas de lectura eran grandes y de madera oscura.

Era el lugar idóneo para concentrarse y pasar desapercibida entre las cabezas inclinadas.

La idea era que, mientras consultaba textos para redactar los ensayos en los que trabajaba en aquella época, vigilara a un hombre.

Nadie, incluso de haberme conocido, habría sospechado de mi verdadero motivo para estar allí: observar a quien se acercara a los libros que aquel tipo dejaba en el carrito tras consultarlos.

Según me dijeron, así era como transmitía las instrucciones sobre la entrega de documentación falsa para los recién venidos desde Europa o desde algún otro país de Latinoamérica.

Si queríamos atrapar tanto a los antiguos miembros del régimen nazi como a quienes los ayudaban, resultaba vital interceptar esas comunicaciones.

Por lo visto, desde que Cánovas intentó facilitarle una nueva identidad a Helmut Zimmer, varios huidos más habían llegado a la ciudad.

Mi cometido consistía en averiguar quién se ocuparía ahora de proporcionar la nueva documentación.

Una vez identificado el contacto, debía indicarle a la agente Schultz, que estaría esperando fuera del edificio, de quién se trataba para que pudiera seguirlo.

La tarea no sonaba demasiado complicada.

Apenas faltaba una hora para que cerraran la sala de lectura.

El hombre al que los servicios secretos llevaban semanas vigilando acababa de entrar.

De unos treinta años, pelo moreno y estatura más bien baja, llevaba unas gafas redondas que le daban un aire de intelectual, pero al mismo tiempo había algo amenazante en su aspecto.

Quizá fuera su corpulencia, como de boxeador.

Se dirigió al bibliotecario y rellenó las fichas de los volúmenes que deseaba consultar.

Era el tercer día consecutivo que lo hacía y yo empezaba a perder la esperanza de que en esa ocasión ocurriese algo distinto.

De momento, nadie se había acercado a los tomos que dejaba en los carritos para que los recogiera el personal, tras trabajar en ellos durante alrededor de una hora.

Al informarme sobre la misión, me habían explicado cómo se comunicaban aquellas personas.

Al parecer, uno de ellos dejaba un mensaje cifrado sobre dónde tendría lugar la entrega de pasaportes.

Lo hacía subrayando palabras y letras de distintas páginas, con tanta sutileza que solo quien supiera de la existencia de dicho mensaje habría percibido las marcas en determinadas hojas.

El aviso era decodificado después por otra persona que sabía cómo y dónde buscar esas señales para interpretarlas.

La utilización de notas manuscritas era algo demasiado fácil de interceptar en caso de resultar detenidos en plena entrega, por lo que los miembros de aquella red de colaboración desarrollaban su actividad de otras formas, tales como esta, que me sorprendió sobremanera.

Me maravilló lo ingenioso del sistema, si bien me aseguraron que cada vez ideaban nuevas tácticas para despistar a los agentes que los vigilaban.

Mientras esperaba, me entretuve leyendo por encima unos textos del autor mexicano Amado Nervo, a quien iba a mencionar en el ensayo que estaba escribiendo.

Habría transcurrido apenas media hora desde su llegada cuando vi que el hombre se ponía en pie y recogía sus cosas.

Pasaron diez minutos y nadie apareció. Suspiré, un tanto decepcionada por la futilidad de aquella misión.

Quizá al día siguiente hubiera más suerte.

Me disponía a irme cuando la vi entrar. La mujer llegó envuelta en sigilo, como si fuera un ratoncillo.

Tenía el pelo recogido en una coleta, era delgada, de unos cuarenta y tantos años, y llevaba un vestido sencillo y un abrigo que parecía haber vivido mejores tiempos.

Se entretuvo mirando unas publicaciones que había en una estantería.

Después, con cautela, pero mucha naturalidad al mismo tiempo, de tal modo que nadie que no la estuviera observando se habría dado cuenta, cogió el último libro depositado por aquel hombre en el carrito.

Los otros dos no los tocó. A continuación, tomó asiento en una mesa distinta de aquella en la que él había estado trabajando y empezó a hojear el volumen.