Donde habita tu reflejo 29. Finales y comienzos
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29. Finales y comienzos

F INALES Y COMIENZOS

—¿Has avanzado mucho con el proyecto en el que estabas trabajando?

—Bastante, pero no lo suficiente. Clara está muy enferma. Tiene cáncer y no sé si... —La voz de Anne se rompió antes de cruzar el hilo telefónico.

Como de costumbre, sentía que con James podía desmoronarse.

El vínculo que los unía seguía ahí y, al notarlo, se dio cuenta de lo triste que estaba desde el comienzo de las Navidades.

No obstante, no era la primera Nochevieja que pasaba sin compañía.

La anterior había sido mil veces peor, con la pérdida de su madre y el bebé, y la ruptura demasiado recientes.

Aquella soledad de entonces se le antojaba una negrura brutal que la había engullido sin llegar a matarla.

Ahora, en cambio, pese a no haber recuperado la alegría de vivir, ya no se sentía sola, sino libre y fuerte.

El dolor continuaba allí, como un latido constante que resonaba en su interior en cuanto paraba de hacer cosas, pero era mucho más llevadero.

Además, la sanadora conversación que los dos habían mantenido dos meses atrás la había ayudado a proseguir con su vida y volver a ilusionarse, al menos en lo referente a su trabajo y al libro de Clara.

Aun así, al pensar en ella no pudo evitar dejarse mecer por las palabras de consuelo de James.

—Lo siento mucho, Anne. Es lo que te faltaba, con el cariño que le has tomado... Pero esta etapa tan horrorosa pasará y volverás a ser feliz.

La periodista se limpió las lágrimas.

—No te preocupes, estoy bien. Son estas malditas fiestas. Siempre me han gustado, pero no así, cuando todo son recuerdos y no hay ni un solo motivo para ser positivo. El mundo está hecho un asco... y yo también.

—¿Quieres que...? —El profesor dudó—. Podría acercarme y tomar una copa de vino contigo y, tal vez, cenar algo. Yo también voy a estar solo.

—Te lo agradezco mucho, pero voy a comerme un sándwich y me iré a dormir temprano.

—¿Lo dices en serio? ¿Un triste sándwich? No puede ser. Vamos, es la última noche del año.

—Por eso mismo. Mañana ya habrá pasado todo. Año nuevo, planes nuevos. Se acabó tanta sensiblería.

—Te aviso... —la interrumpió—, voy a llamarte a las doce menos cinco para que atravesemos el velo del nuevo año juntos, aunque nos separe la distancia.

—Dudo que oiga nada. Me he tomado ya una copa de vino y voy en busca de la segunda. Que tengas una buena noche, James.

Llevaba más de una hora durmiendo cuando el teléfono sonó. Miró el reloj. Faltaban unos segundos para las doce.

—Feliz Año Nuevo, Anne. Espero que puedas encontrar la felicidad que te mereces.

Una sonrisa curvaba los labios de la periodista cuando escuchó el clic que marcaba el fin de la llamada.

A la mañana siguiente se levantó temprano. Después de desayunar, cogió la bicicleta y se dirigió al cementerio de Brompton. El frío hacía florecer en su aliento nubes de vaho y la llenaba de una vitalidad que le era esquiva desde hacía mucho tiempo. Se arrebujó en su abrigo con gesto de placer.

Tras dejar la bicicleta aparcada fuera, avanzó por el camino de grava y luego se adentró en la senda que atravesaba la vegetación. La escarcha que cubría la hierba crujió bajo sus pies mientras se acercaba a la tumba.

—Feliz Año Nuevo, mamá —dijo agachándose para depositar un par de flores que había cortado junto al sendero.

En cuclillas, pasó los dedos por las letras inscritas en la lápida. Cecily Anne Bishop. Al recorrerlas, de algún modo sintió renovarse la conexión con su madre, que durante años se había esforzado por intentar estar presente para ella, aunque no lo hubiera logrado.

—Te diré que conocer a Clara me está ayudando a conocerte mejor a ti. ¿Era eso lo que pretendías al dejar todos aquellos materiales en casa? ¿Querías que hiciera algo con ellos? Porque si no es así, debes de tener un cabreo monumental.

Sonrió imaginando a su madre fruncir el ceño mientras fingía estar enfadada, como la había visto hacer tantas veces, solo para después sonreír de repente.

—Te parecerá una locura, pero... tengo la sensación de que me estás guiando para que cuente esta historia.

La de Clara, pero también la de Victoria y...

la tuya. Al menos la que mantuviste oculta para mí.

—Se detuvo y pensó un poco antes de volver a susurrar—: ¿Sabes qué?

Estoy muy orgullosa de ti, de tu lucha, de tus sacrificios...

De los esfuerzos que hiciste para ofrecerles a muchas mujeres la oportunidad de brillar y demostrar su coraje.

Todavía no sé muy bien cómo concluye el relato que me estáis narrando entre las tres, pero sospecho que me va a encantar.

Por mi parte, estoy añadiendo mi humilde granito de arena, pero no soy yo quien importa aquí, sino vosotras.

Se llevó los dedos índice y corazón a los labios. Después, depositó un beso en la piedra.