Donde habita tu reflejo 28. Culpa
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28. Culpa

C ULPA

Tal como me habían indicado, no me separé de Mina en ningún momento y permanecimos en la planta baja.

Ella me ayudó a preparar la comida para las cuatro, aunque algo tan simple como un guiso de gachas pareció resultarle complicado.

Me explicó que le dolía mucho el codo a causa de la caída del tren.

Cuando le eché un vistazo, no pude detectar ninguna herida, por lo que supuse que el dolor se le iría pasando sin que tuviera mayores consecuencias.

De no ser así, habría que ir en busca de un médico.

A las pocas horas, Nichols hubo de salir para ocuparse de una misión urgente.

La primera noche Renard montó guardia y la segunda me tocó a mí.

Ambas estábamos bastante cansadas al haber tenido que repartir los turnos de vigilancia entre las dos.

Antes de echar una cabezada, ella debía enviar unas comunicaciones claves para la seguridad de miembros de la Resistencia en la zona al norte de la capital, donde las escaramuzas para boicotear acciones del ejército nazi se multiplicaban.

Cogí mi cuaderno de notas y, sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared, me puse a escribir.

Llevaba días sin hacerlo y me pareció una buena forma de entretenerme y mantenerme despierta.

Mientras tanto, Mina descansaba en una colchoneta a unos metros de mí.

No tardé mucho en oír un ligero ronquido.

Debían de haber pasado solo unos segundos cuando desperté.

La transición entre la vigilia y el sueño había sido tan rápida que no tenía la menor sensación de haberme quedado dormida.

La lámpara de queroseno seguía ardiendo y su luz me rodeaba, si bien las tinieblas cubrían el resto de la habitación.

Entonces comencé a percibirlo todo muy lentamente.

Lo primero, la evidente ausencia de sonido.

Los ronquidos de Mina habían cesado. Después, algo rompió aquel silencio.

Un crujido en la escalera. El corazón comenzó a latirme en el pecho con brío.

Me levanté a toda prisa y en dos pasos me acerqué a la colchoneta.

Estaba vacía.

La agente Nichols regresaba de su misión con dos agentes de la SOE, un hombre y una mujer que habían aterrizado en paracaídas en pleno bosque.

Como de costumbre, tras recibir la comunicación de la inminente llegada, enviada por un operador de radio situado a pocos kilómetros, alguien debía ir a asegurarse de que no había ninguna unidad alemana en las cercanías que pudiera haber detectado la maniobra.

De ser así, los invasores los habrían estado esperando para capturarlos y torturarlos en busca de información vital.

Por fortuna, nada de eso había sucedido, aunque la escocesa había tenido que liberar a uno de ellos de las ramas del árbol en el que se había quedado enganchado.

Los tres se dirigían hacia nuestra base cuando pasaron por una granja abandonada.

Nichols supuso que se trataba de la misma en la que Mina se había escondido.

El grupo decidió acercarse a echar un vistazo.

Localizaron el cobertizo gracias a la descripción que había hecho yo dos días antes.

Por puro instinto, la agente revisó cada rincón y, cuando miró tras los sacos, vio algo que la hizo salir de allí a toda prisa.

Los tres agentes cubrieron los quince kilómetros que los separaban de nuestra casa corriendo. Al llegar, hallaron la puerta abierta y entraron. Como no había nadie en la planta baja, subieron al primer piso con sigilo.

Nos encontraron en el suelo. Yo estaba sentada y, sobre mi regazo, Sara Renard yacía con los párpados abiertos.

Una gran mancha de sangre cubría su camisa.

Según me dijeron después, no paraba de balancearme hacia delante y hacia atrás, como si meciera a un niño con todo mi cuerpo.

Debían de haber pasado al menos dos horas.

Nichols se arrodilló y buscó el pulso de Sara en la yugular. Las lágrimas acudieron a sus ojos. Los míos ya estaban secos, mi mirada perdida. Solo cuando consiguieron apartarme de ella, cosa que no les permití hacer durante muchos minutos, tuve conciencia de lo que había ocurrido y pude contarlo.

En cuanto me di cuenta de que Mina había salido de la habitación, corrí hacia el aseo rezando para que estuviera allí y el leve crujido que había oído no lo hubiese provocado ella.

Por desgracia, no fue así. Sé que subí las escaleras más deprisa de lo que lo había hecho jamás, aunque sigo sin ser capaz de recordar ese trayecto.

Lo que nunca olvidaré es lo que sucedió a continuación.

La puerta de la habitación situada al fondo del pasillo estaba abierta.

El estruendo reverberó entre las paredes antes de que yo llegara.

Y al hacerlo, me enfrenté a la escena más dura de toda mi vida.

—Dios bendito... —musitó Antoinette mirando a Clara estremecida—. El texto desde aquí está emborronado. Y no hace falta preguntar por qué. ¿Tú sabías todo esto?

—¿Te importaría seguir leyendo y después lo hablamos, querida? Hagamos justicia a las palabras de Victoria.

Aquella mujer apuntaba a la cabeza de Sara, quien había caído al suelo de rodillas. Había recibido un impacto en el vientre y su gesto era de estupefacción más que de dolor. Miré horrorizada a Mina. En su mano reconocí la pistola Webley que pertenecía a Renard.

No lo pensé dos veces.

Me lancé sobre ella con todas mis energías y conseguí que el siguiente disparo se desviara hacia la pared.

La derribé e intenté arrebatarle el arma, pero me apartó de un codazo y volvió a ponerse de pie.

Nunca habría pensado que pudiera tener esa fuerza.

Había representado a la perfección su papel de mujer indefensa.

Dirigió el arma hacia mí y cerré los ojos. Sin embargo, al parecer mi destino no era morir ese día. La pistola se encasquilló, provocando la ira de la alemana, quien, tras unos instantes de indecisión, me golpeó con la culata.

Cuando la negrura se disipó, un dolor agudo me taladró la cabeza. Permanecí bocabajo, incapaz de moverme. Tardé varios segundos en recuperar la conciencia. Y entonces recordé.

Mina ya no estaba allí y Sara yacía a un metro de mí, con las manos sobre el abdomen.

—¡Por Dios! —grité, apresurándome hacia ella para taponar la herida. La sangre manaba entre mis dedos—. Hay que detener la hemorragia. Voy a buscar ayuda.

—No..., no me dejes sola... Por favor.

Su mirada, inconcebiblemente serena, derribó la barrera que el miedo y la tensión habían construido para mantenerme entera.

—Perdóname, es todo culpa mía. Soy una estúpida y una inútil. Me quedé dormida. No deberíais haber confiado en mí ni permitirme colaborar con vosotras.

Rompí a llorar y ella, sacando a relucir una dulzura que mantenía oculta debido a su trabajo, habló con la voz entrecortada.

—También es culpa mía... Tendría que haber cerrado la puerta. Debió de ver lo que hacía al quedar entreabierta y... la pistola. Me había quitado las botas... para estar más cómoda. Como ves..., yo tampoco valgo para esto. Tendría que haber sido maestra, como mis padres querían...

Su expresión era de disculpa mientras sonreía con tristeza y una lágrima escapaba de su ojo derecho. Se la limpié con la mano y al hacerlo dejé, sin darme cuenta, un rastro de sangre en su mejilla.

—Shhh... No te preocupes de nada. Esperaremos a Nichols —susurré mientras me sentaba a su lado y la atraía hacia mí. La abracé por detrás y seguí haciendo presión.

Entonces, para mi sorpresa, me pidió que le hablara de mi juventud, de cómo era mi vida en España. El llanto me producía un dolor brutal en la garganta, pero me forcé a proseguir. Era lo único que podía hacer por aquel maravilloso ser de luz que se apagaba entre mis brazos.

Todo esto fue lo que le relaté a la agente Nichols, quien, tras escucharme, se limitó a sacar de su chaqueta lo que había encontrado en el cobertizo y arrojarlo a mi lado.

En la documentación, sellada por las autoridades nazis, figuraban la profesión de la alemana y su verdadero nombre: aufseherin Helga Müller.

Antoinette miró a Clara con gesto de estupor antes de decir:

—No es necesario que me lo expliques. Ahora lo comprendo todo. Y también la agitación de Anne al reconocer a la guardiana del campo de Ravensbrück sobre la que su madre escribió aquel texto tan descriptivo.

—Supongo que entiendes por qué no te conté nada... Era algo tan doloroso para Victoria que yo no tenía derecho a revelarlo.

—Lo sé, aunque, por lo que veo, ya lo ha hecho ella.

Y tengo la sensación de que... —calló unos instantes mientras pasaba las siguientes páginas y sus ojos se demoraban en determinados pasajes— ha llegado el momento de entregarle a Anne los capítulos tuyos que dejamos a un lado, ¿no crees?

Ahora sí que podrá acabar el libro sin que le falte ninguna pieza.