Donde habita tu reflejo 27. La desconocida #2
73%

27. La desconocida #2

La escuché emocionada mientras describía su proceso de aprendizaje y lo complicado que había sido.

Me pareció una mujer tan valiente que no pude evitar sentirme orgullosa de ella.

Casi tanto como... si fuese mi hija. En verdad, al analizar lo que me estaba pasando por la cabeza por primera vez en mi vida, me pregunté si no sería así como se sentiría una madre al oír a su hija narrar hechos que, en otros, quizá, solo suscitarían admiración.

Jamás había albergado ningún tipo de instinto maternal, por lo que no estaba segura de que aquello se asemejara, pero tenía la intuición de que sí, porque, aun no existiendo ningún vínculo entre nosotras, unas completas desconocidas hasta hacía unas semanas, no podía negar que aquella joven se me había metido en el corazón.

Tal vez se debiera a las circunstancias tan excepcionales en las que nos hallábamos, en mitad de una guerra, habiéndonos visto obligadas a confiar la una en la otra a ciegas, dejando nuestra vida en manos de la compañera en más de una ocasión.

Me sabía de memoria los gestos de Renard.

Por ejemplo, su costumbre de morderse el labio cuando se quedaba pensativa o de enroscar un dedo alrededor de uno de sus rizos si estaba nerviosa.

Podía intuir con solo mirarla si le ocurría algo, tanto bueno como malo, y un alivio indescriptible me invadía al verla regresar sana y salva a la casa, de donde se ausentaba con cada vez mayor frecuencia para evitar que la señal de radio fuese detectada.

Confusa y perpleja por algo que no era capaz de racionalizar, no encontré el momento de compartir mis sensaciones con ella.

La misión, que me había alejado unos treinta kilómetros de nuestra base, había consistido en llevar a unos colaboradores de la Resistencia un mensaje recibido por Renard.

Tras realizar la entrega en la aldea en la que se ocultaban, regresaba por una zona de campos de cultivo.

Los restos podridos de la última cosecha estaban diseminados por un terreno bastante extenso, en el extremo del cual se adivinaba una granja que parecía igualmente abandonada.

El camino que lo flanqueaba era muy árido y, pese a haber desmontado de la bicicleta para evitar que las afiladas piedras dañaran las ruedas, al cabo de unos minutos me di cuenta de que una de ellas se había pinchado.

No era la primera vez que me ocurría, por lo que siempre portaba conmigo un inflador y unos parches.

Sin embargo, cuando busqué en el pequeño compartimento sujeto al manillar la palanca que necesitaba para ahuecar la llanta, no la hallé.

Tendría que hacer el resto del trayecto, unos quince kilómetros según mis cálculos, caminando con la bicicleta al lado.

No sé por qué, pero antes de llegar a la linde del bosque me di la vuelta y algo me llamó la atención.

Un pequeño tejado asomaba por detrás de la casa en la que debieron de alojarse en el pasado quienes vivían de aquellas tierras.

El edificio no era visible desde el camino y podría haber pasado totalmente desapercibido para mí de no haberme girado.

Decidí acercarme por si en su interior encontraba algo que me sirviera para arreglar el pinchazo.

El cobertizo no contenía nada de valor. No quedaba ningún apero de labranza, salvo una pala rota y un enorme rollo de alambre.

Al fondo había varios sacos de tierra apilados hasta la altura de mi cadera.

Pensé que, dada la proximidad del río, quizá los antiguos dueños de la granja los usaban para protegerse de las crecidas.

Me asomé para comprobar si había algún objeto útil que se hubiese caído detrás de ellos.

El sobresalto me hizo retroceder con el corazón desbocado.

Unos ojos azules me miraban despavoridos mientras su dueña, una mujer morena, sujetaba un rastrillo que enarbolaba con la evidente intención de defenderse.

Debía de haber estado durmiendo parapetada tras los sacos y tenía todo el aspecto de haberse llevado el mismo susto que yo.

—Soy española —afirmé mostrándole las palmas de las manos para que viera que no llevaba nada con lo que pudiese hacerle daño.

Nos observamos durante unos segundos. Entonces, en un francés muy rudimentario, dijo:

—Soy judía, alemana... Los nazis... perseguir.

Supongo que mi cara de conmiseración la convenció de que no representaba ningún peligro para ella. Bajó el rastrillo y salió de su escondrijo.

A continuación, mediante gestos, intentó averiguar si llevaba algo de comer.

Le di una manzana y algo de carne seca, lo único que me quedaba para el viaje, y me lo agradeció con una sonrisa que le cambió por completo los rasgos.

Tenía un rostro agradable. Después me preguntó con su escaso vocabulario si podía acompañarme.

No sabiendo de qué otro modo ayudarla, le dije que sí, pese a ser consciente de que no podía llevarla a nuestro escondite sin que Renard y Nichols dieran su visto bueno.

Durante el tiempo que anduvimos por el bosque solo cruzamos unas palabras.

Ella apenas podía comunicarse y yo no hablaba alemán.

Según entendí, venía de Múnich y huía hacia el sur, aunque no supo explicarme más.

Cuando ya nos encontrábamos cerca de la casa, la dejé a una distancia prudencial, desde donde el edificio no era visible, y le pedí que me esperara allí.

No me sorprendió la reacción de mis compañeras.

Ambas fruncieron el ceño al escuchar mi relato, si bien solo la escocesa puso el grito en el cielo.

Dijo que era demasiado peligroso abrirle la puerta a una desconocida.

Sara, en cambio, guardó silencio. Fueron conmigo adonde aguardaba la mujer.

Nichols, que era la única de las tres que hablaba alemán, le hizo todo tipo de preguntas después de registrarla y comprobar que no llevaba nada encima, ni siquiera documentación alguna que la identificara.

Al parecer, Mina Fischer, que era como se llamaba, había sido apresada por los nazis junto con su marido y su hijo de tres años.

Los habían metido en un tren rumbo al campo de Dachau, pero a mitad de camino unos hombres habían logrado forzar el cerrojo del vagón desde dentro.

Sin pensarlo, saltaron ellos y varias personas más, arrastrando a Mina, que estaba con su familia cerca de la puerta.

Al caer, comprendió que no volvería a ver a los suyos y hubo de resignarse a huir junto a los demás para salvar su vida.

Durante el recorrido se fueron dispersando y una mañana, al despertar en el granero en el que se habían escondido ella, otro hombre y una joven, descubrió que estos se habían marchado y la habían dejado sola.

Y así había seguido su camino tan lejos de Alemania como le había sido posible.

Hasta que llegó a aquel cobertizo en el que yo la había encontrado.

Terminó de hablar deshecha en lágrimas al pensar en el terrible destino de sus seres queridos, a quienes sentía que había abandonado.

Tras escuchar su historia, que a mí me conmovió, Nichols se llevó a Renard a unos metros para hablarlo a solas.

Al cabo de unos minutos, durante los cuales no dejaron de gesticular y discutir, volvieron junto a nosotras.

Sara debía de haber intercedido por la mujer, puesto que la escocesa dijo que podía quedarse dos días.

Ni uno más. Después me comunicaron en privado que, ya que la había llevado hasta allí, sería responsable de acompañarla durante su estancia en la planta inferior, sin apartarme de su lado bajo ningún concepto.

—Entiendo que no es lo más adecuado en los tiempos que corren —le confié a Sara más tarde—, pero... no podía dejar a una mujer desamparada y que huye de los nazis morirse de hambre o de frío. No lo he hecho nunca y no lo voy a hacer ahora. Lo entiendes, ¿no?

—Dos días pasan pronto. Pero no le quites el ojo de encima, ¿de acuerdo?

Antoinette levantó la mirada de la hoja y vio que Clara se había quedado dormida, aunque ignoraba en qué punto de la narración habría sucedido. Se puso en pie y la tapó bien con la manta que le cubría las rodillas. Ya habría tiempo de continuar con el texto de Victoria.