27. La desconocida
L A DESCONOCIDA
La agente Renard recorrió la planta baja en la penumbra y se asomó a una ventana.
Separó con mucho cuidado la cortina, lo justo para poder mirar sin ser vista desde fuera en caso de que alguien estuviera vigilando el edificio.
La había avisado su compañera, Nichols, quien desde una habitación en el piso de arriba creía haber detectado movimientos extraños a pocos metros de la entrada.
Se encontraban en una casa abandonada en una zona rural, a unos cien kilómetros al norte de la capital.
Era bastante más pequeña que la anterior, pero podían turnarse con calma para vigilar todos los ángulos con más facilidad.
Las tres mujeres se habían mudado allí en cuanto Nichols se recuperó de la herida de bala.
—Sigo sin entender por qué Anne prefirió irse a un hotel antes que dormir en la habitación de invitados. —Clara acababa de interrumpir con tono quejumbroso la lectura en voz alta de Antoinette.
—Ya te lo he dicho, le apetecía estar sola. La Nochebuena la pone muy triste, lo cual es totalmente comprensible.
—Razón de más para que se hubiera quedado con nosotras.
—¡Qué cabezota eres! Si hubiese querido, lo habría hecho. Y yo se lo propuse, no te quepa la menor duda.
—No un número suficiente de veces, por lo que veo —rezongó la española.
—¿Quieres que te lea esto o no? Porque si no, me marcho a tomar un poco el aire.
—Pues claro que sí, estoy deseándolo.
Antoinette le echó una mirada cargada de paciencia y prosiguió.
Sus ojos escrutaron la oscuridad circundante en busca de intrusos.
Con la facilidad de la costumbre, su mano derecha se había posado en la pistola que llevaba escondida en la cintura.
Permaneció en guardia, sigilosa como una mantis, analizando la vegetación que, más que ver, intuía.
Comprobó con la misma cautela todos los ventanales.
Solo cuando habían transcurrido varios minutos sin percibir nada raro, se relajó y apartó los dedos del arma.
Su respiración recobró el ritmo natural.
—Todo despejado. Habrá sido un animal —dijo al llegar a la planta superior.
—Bien. Sabía que esos cabrones no nos encontrarían aquí —respondió Nichols con su marcado acento escocés—.
Al menos de momento, no vendrá nadie a un lugar tan apartado y con toda la pinta de estar derruido, pero deberíamos buscar una nueva base pronto.
Lo peor es tener que cargar con esa mujer, aunque me temo que no sobreviviría si la dejáramos sola.
—Esa mujer es una de los nuestros, no lo olvides, y durante estos meses ha demostrado de sobra que sabe valerse por sí misma —afirmó Sara con expresión implacable.
Había algo en Nichols que le desagradaba profundamente.
En parte, se debía a la antipatía que esta le profesaba a Victoria—.
Hasta me preguntó si podía enseñarle a utilizar la radio y no está teniendo ninguna dificultad para aprender.
Además, recuerda que te salvó la vida. Si ella no se hubiera ocupado de ti...
No terminó la frase, consciente de lo que significaba: la aceptación de sus propias limitaciones.
A pesar del entrenamiento, no la habían preparado para afrontar todo lo que implicaban las misiones secretas en un territorio infestado de enemigos.
Enviar y recibir mensajes para organizar las otras células y salvar a huidos del régimen de Vichy de las zarpas nazis eran tareas que realizaba sin dificultades, pero, aun así, a veces sentía que no acababa de estar a la altura.
Eso nunca se lo había confesado a su inflexible compañera, aunque sí a Victoria, durante una de las largas charlas que les habían permitido conocerse mejor.
Entre ambas había surgido una conexión que ninguna de las dos esperaba.
Se entendían a la perfección gracias al dominio de la lengua gala de Victoria y al buen humor de la joven, que consiguió devolverle la alegría a la exdiputada tras mucho tiempo de soledad y vicisitudes.
Unos pasos en la escalera hicieron que Renard se llevara un dedo a los labios para que Nichols guardara silencio.
—¿Ocurre algo? —preguntó Kent con gesto alarmado al entrar.
Ataviada con un jersey negro de cuello alto y pantalones, al igual que sus compañeras, Victoria acababa de hablar sin que, aparentemente, se le hubiera agitado el aliento tras subir la empinada escalera corriendo.
A sus cincuenta y un años su cuerpo lucía más esbelto que nunca.
La falta de alimento abundante y la presión a la que se había visto sometida durante casi cuatro años, desde la entrada de los invasores en París, habían afinado su figura.
Semanas atrás, los miembros de la Resistencia habían contactado con la agente Sara Renard para comunicarle que aceptaban a la republicana española como colaboradora, al saber de su pertenencia al Gobierno español en el exilio y de sus esfuerzos para evacuar a familias que escapaban de la guerra.
La ayuda prestada a las dos agentes, sobre todo cuando la vida de una de ellas peligró, también había resultado determinante en la decisión de incorporarla a sus filas.
La petición había sido tramitada por la francesa después de una conversación con Victoria en la que esta le había expresado su deseo de unirse a ellos en la lucha contra los nazis.
Necesitaba volver a sentirse útil y, de paso, escapar de la soledad en la que tanto tiempo había estado atrapada.
Cuando llegó la respuesta positiva de los altos mandos, se le asignaron tareas como entregar mensajes y contactar con otros miembros de la organización, e incluso esconderlos en aquella base si debían desaparecer para que el enemigo no diera con su pista.
Montada en una bicicleta que le habían proporcionado al poco de incorporarse a las misiones, recorría los caminos sabedora de lo que se estaba jugando: ser apresada y asesinada o enviada de vuelta a España, donde su destino probablemente sería la muerte también.
No obstante, por primera vez desde hacía mucho, se sentía viva y feliz, pese a las circunstancias tan adversas a las que tenía que enfrentarse.
Había redescubierto en su interior a la mujer luchadora que fue en los inicios de la Guerra Civil y no iba a permitir que aquella versión suya estática, agarrotada por el miedo y la inacción, volviera a tomar las riendas de su existencia.
—Curioso... —dijo Antoinette tras terminar una página y coger otra para continuar.
—¿Qué ocurre? —preguntó Clara.
—Las siguientes hojas no están escritas a máquina. Supongo que la letra es de Victoria, porque no reconozco la de Anne.
—¿Puedes seguir leyendo?
—Creo que sí. —Hojeó el resto del fajo—. Espera, algo más ha cambiado. Está narrado en primera persona y... hay algún que otro borrón. Voy a intentarlo, pero ten paciencia, porque me temo que necesitaré descifrar algunas cosas.
—Ya me conoces... Soy la reina de la paciencia.
Antoinette resopló con sorna antes de reiniciar la lectura.
Cada semana que pasaba, nuestra situación se complicaba un poco más.
Mientras Renard no dejaba de recibir y enviar comunicaciones, Nichols se había tenido que ausentar varias veces de la base para ir a buscar a los agentes que conseguían aterrizar con paracaídas en suelo francés.
La sensación de peligro aumentaba y yo sospechaba que algo muy importante debía de estar a punto de suceder, aunque nadie contestaba a mis preguntas, ni siquiera Sara.
Supongo que porque no había nada concreto que contarme.
Se me encomendó realizar varias entregas de mensajes en lugares situados a más distancia y el retorno a veces implicaba pedalear por zonas boscosas en plena noche o tener que quedarme a pernoctar en algún sitio.
Todo parecía indicar que el fin de la guerra podría estar cerca, según nos informaban desde Londres, y me aferraba a la esperanza de que fuera así, si bien resultaba difícil de creer después de tanto tiempo.
Por las noches, cuando coincidíamos mientras la escocesa montaba guardia, Renard y yo reanudábamos nuestras conversaciones, que, a veces, nos mantenían despiertas hasta el amanecer.
Me hablaba de su vida anterior, de cómo había sido su juventud y hasta de un novio con el que estuvo a punto de casarse, pero, sobre todo, de su familia.
Sus padres, ambos maestros, habían fallecido en un accidente cuando ella tenía diecisiete años.
Sara se había criado con su único hermano, con el que se llevaba dos años.
Cuando este se alistó en el ejército al estallar la guerra, ella, que se había preparado para ser maestra influida por sus padres, no quiso seguir adelante con el futuro que ellos habían imaginado.
Según me dijo, necesitaba colaborar con su país de una forma más activa.
Un día, tras ver en prensa un anuncio, acudió a una entrevista de trabajo.
Lo que parecía una conversación con alguien dedicado a contratar personal para una fábrica de maquinaria militar, acabó siendo un proceso de selección con el fin de reclutar a gente para que se uniera a los servicios secretos.
—Y aceptaste...
—Eso es, aunque apenas sabía en qué me estaba metiendo. Solo lo averigüé unas semanas después, cuando me trasladaron a Inglaterra para que completara mi instrucción.
—Debió de ser muy duro —musité maravillada.
—Lo fue. Hube de entrenar como si fuese un soldado más, a pesar de que solo tuvieron tiempo de enseñarme lo mínimo para que pudiera sobrevivir.
El resto del adiestramiento debía dedicarlo a formarme como operadora de radio, que era lo que necesitaban.
Nunca habría podido imaginar que el mundo de las comunicaciones fuera tan fascinante y tan vital en el desarrollo de la guerra. Y aquí estoy, dos años después...