Donde habita tu reflejo 26. Noche de paz
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26. Noche de paz

N OCHE DE PAZ

Las empinadas cuestas de Lausana le cortaban a uno el aliento, sobre todo ahora que estaban cubiertas de una fina capa de nieve y cada paso podía acabar en un resbalón peligroso.

Anne se preguntaba si había sido una buena idea aceptar la sugerencia de Clara de llevarse a Antoinette a dar una vuelta y almorzar algo ligero, antes de regresar a casa para pasar juntas la Nochebuena.

Sin embargo, enseguida comprendió que Quinche estaba más en forma que ella.

No parecía que la subida le estuviera costando ningún esfuerzo.

—Es lo que tiene vivir en un lugar así. O te acostumbras... o te mudas. Y esa nunca ha sido una opción —le espetó la anciana con expresión radiante y las mejillas sonrosadas.

Pasearon por las calles, repletas de escaparates decorados con adornos navideños, y locales cuyo acogedor aspecto resultaba muy sugerente para quien ansiara resguardarse del frío.

Los niños, de vacaciones escolares, corrían de aquí para allá y sus risas aleteaban entre las fachadas como pájaros, libres de los lazos de la rutina.

Al llegar al mirador que rodeaba la catedral, se asomaron para contemplar las maravillosas vistas. Los tejados formaban una alfombra blanca que descendía hasta el lago Lemán. Más allá de este, se alzaban las impresionantes cumbres de los Alpes.

La periodista inspiró el helado aire y sintió cómo la revitalizaba.

Eso era exactamente lo que le hacía falta.

Apenas tenía un descanso de dos días antes de regresar a Londres y solo ahora comprendía cuánto necesitaba hacer una pausa.

El diagnóstico de cáncer de Clara lo había precipitado todo y, por si eso fuera poco, el ritmo de trabajo en el periódico no le permitía dedicarle tanto tiempo al libro como requería para llegar a buen puerto antes de que...

Bloqueó el final de la frase. Llevaba haciéndolo desde que Antoinette le había anunciado la triste noticia.

De hecho, se mantenía ocupada también de forma intencionada para no pensar en lo que ocurriría pronto.

La muerte había dejado su tarjeta de visita para comunicar que, en breve, tal vez unas semanas, se llevaría de su lado a alguien a quien le había tomado un afecto que le terminaría haciendo daño.

Quisiera o no, Clara acabaría marchándose también.

—Ahí, en esa esquina, junto al pabellón Levade, es donde las dos mantuvieron aquella charla que después llevaría a Clara a partir hacia Argentina.

Anne observó el edificio sustentado en tres columnas debajo del cual, si no recordaba mal, había una escalinata. Antoinette le propuso sentarse unos instantes en uno de los bancos estratégicamente ubicados para que los visitantes pudieran solazarse con las magníficas vistas de la ciudad.

—Cuéntame, ¿cómo te encuentras de ánimos? —preguntó Quinche.

—Bien. Creo que la depresión ha quedado atrás.

Resulta difícil regodearse en las preocupaciones cuando apenas tienes un minuto libre para pararte a pensar.

Aunque no me importaría poder acabar de leer con calma todos los materiales que me faltan para terminar de darle forma al libro.

Lo que me envió Victoria está resultando ser muy extenso y redactar algunas cosas a mi manera no es tan fácil.

Me gustaría que los textos que conectan las narraciones tanto de Clara como de Victoria estuvieran a su altura y no sé si lo estoy consiguiendo.

También queda alguno de mi madre que, creo, sería una buena idea insertar para contextualizar los hechos...

Me estoy enfrentando a la obra de tres mujeres que podrían haberse dedicado a escribir.

Y no sé si tengo tanta madera de escritora como me gustaría.

Tal vez lo mío sea el periodismo y deba olvidarme de la literatura.

—De eso nada. ¿Por qué eres tan dura contigo misma?

—la reprendió Antoinette—. Como te dije, lo que nos llevó a proponerte este proyecto fue tu forma de expresarte, la perspectiva tan personal y literaria de tus artículos.

Eso es escribir. Y puedes hacerlo de sobra.

Lo que te falta es confianza, pero espero que con este libro la recuperes porque vales mucho.

Acompañó las palabras con unas palmadas sobre la mano de la joven, quien no pudo evitar sonreír agradecida, aunque no estuviera convencida del todo de que la suiza tuviera razón.

Sus ojos siguieron a un hombre y a una mujer que acababan de llegar a lo alto y se dirigían al borde del mirador.

Él se situó tras ella abrazándola. Al ver el gesto ensimismado de Anne, la anciana añadió:

—Te pasa algo más, ¿no?

La periodista inspiró despacio para darse tiempo a encontrar la respuesta:

—Lo echo de menos... por mucho que intente no pensar en él.

—¿Habéis vuelto a hablar?

Le contó su último encuentro.

—Veros fue una buena decisión, ya que os permitió hablar de todo lo que teníais pendiente. Esa es la mejor manera de ponerle un broche a vuestra relación. —Al decirlo, Antoinette no apartó la mirada de la joven, que se sabía observada—. Porque se ha acabado... ¿o aún sientes algo por él?

Anne asintió.

—No quiero llorar... —Se secó los ojos y se obligó a sonreír para recuperar la compostura—. Ahora no es nuestro momento.

—¿Y entonces cuándo? Querida, recuerda que el tiempo no se detiene por nadie.

Si de algo te sirve habernos conocido, espero que sea para comprender lo rápido que pasa la vida y lo poco práctico que es quedarse paralizado por los golpes que nos asesta.

Los baches, el dolor, la pérdida... Todo eso no son sino capítulos de una gran historia: la de tu existencia.

Y has de vivirla al completo, con lo bueno y con lo malo, pero tratando de disfrutar al máximo de lo positivo, lo que te hace feliz.

Si todavía quieres a James, no tardes en perdonarlo.

—Ya lo he perdonado.

—Pues entonces no hay nada que te impida intentarlo de nuevo. ¿Me equivoco? —Trascurridos unos instantes, al no obtener respuesta, la anciana añadió—: Perdóname, ya me vas conociendo. Tiendo a extralimitarme en mi entusiasmo para dar opiniones que nadie me ha pedido.

—No, no, agradezco tus palabras porque sé que están cargadas de cariño y de preocupación por mí. Y te prometo que lo pensaré, pero... más adelante. Cuando acabemos el libro, ¿de acuerdo?

Se miraron y sonrieron. La oscuridad empezaba a cubrirlo todo, aunque solo fueran las cuatro y media de la tarde. Debían iniciar el complicado descenso hacia la casa.

El olor a pavo asado las envolvió en cuanto entraron.

Las recién llegadas se cambiaron de calzado antes de dirigirse al comedor.

La música de El Mesías de Händel corrió a su encuentro por el pasillo y hallaron a Clara escuchándola con los ojos cerrados y gesto de placidez.

Cuando se percató de su presencia, la española abrió los párpados.

—¿Lo habéis pasado bien?

—No tanto como si nos hubieras acompañado —respondió Anne, que se sentó a su lado y le dio dos besos.

—Uy, no creo que eso sea cierto, ¿a que no, Antoinette?

—Sabes que Anne es muy educada, querida. Pero sí, te hemos echado de menos.

La suiza se acercó a ella y depositó un beso en su mejilla.

—Estáis las dos heladas. Os vendrá bien un trago de glühwein .

Tras acercarle una taza del vino caliente y especiado a la joven, Quinche se sirvió una también.

En un lateral de la estancia había un abeto de grandes dimensiones decorado con toda clase de adornos y velas.

La costumbre, pese a ser peligrosa, seguía estando muy extendida por el país y, aunque el riesgo de que se produjera un incendio le pareció posible, Anne no podía negar que el ambiente creado por aquella luz cálida era verdaderamente mágico.

Tomaron la bebida con la música de fondo y la relajante danza de las llamas proyectándose sobre las paredes.

—Resulta curioso... —comenzó a decir Clara—. Después de muchos años sin que me viniera a la cabeza cómo pasábamos las Navidades durante mi niñez, resulta que estos días no dejo de acordarme.

—¿Cómo eran? —preguntó Anne.

—Humildes, mis padres no ganaban demasiado dinero, por muy largas que fueran sus jornadas de trabajo.

No podían permitirse ningún tipo de lujo o regalos costosos...

Y, aun así, nunca nos faltó un juguete o un libro que nos llenara de ilusión, o un dulce que nos arrancara una sonrisa.

Pero, sobre todo, nunca faltó el amor, que nos dieron con creces a mis hermanos y a mí.

Los tres tuvimos las Navidades más felices que unos niños puedan desear, aunque por desgracia no duraron mucho.

Primero murió mi hermano Manolo en un accidente y, poco después, mi padre.

—Solo conocía la existencia de Ignacio... Bueno, además de tu hermana, la que se llamaba Clara también, ¿no? —Recordó la periodista de las primeras páginas escritas por Campoamor que había leído.

Clara asintió con expresión pensativa.

—Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero... parece que los recuerdos de aquella época sean más intensos que los de hechos recientes. Curioso cómo funciona la memoria.

Antoinette, que la escuchaba en silencio, comprendió que Clara estaba adentrándose en la etapa final.

Esa en la que el ayer se torna tan real como el presente.

Mientras contemplaba el rostro amado de la española, que le hablaba a Anne con expresión serena y feliz, se preguntó cuántos preciosos minutos como aquel le quedarían por delante antes de que la nada se la arrebatara.

Bebió un trago de vino para calmar la congoja y se forzó a decir:

—Bueno, yo creo que la memoria es selectiva y, pese a todo lo malo que haya podido suceder, tiene el maravilloso don de preservar los buenos momentos en algún rincón oculto, a salvo. Para que podamos acceder a ellos cuando más los necesitemos.

—Tienes toda la razón, querida —contestó Campoamor—. Y gracias a eso podemos sobrevivir a las desgracias, incluso cuando hemos de enfrentarnos a los tiempos más oscuros.

—Es cierto —intervino Anne—. Y resulta curioso, porque...

mientras recababa buena parte de la documentación sobre los campos de concentración de Ravensbrück y Auschwitz, encontré muchos testimonios de presas que lograron salir de allí.

Y un gran número de ellas coincidía en qué era lo que las había mantenido vivas y con esperanzas de que aquel infierno pasara: las historias que se contaban sobre su vida anterior.

A pesar del horror y la devastación que sufrían día tras día, de las privaciones y el dolor, de la pérdida de sus seres queridos o el hambre atroz...

pese a todo eso, los recuerdos de los instantes de felicidad, contenidos en las palabras con las que los narraban, adornados con detalles emocionantes e imágenes grabadas a fuego en la mente y el corazón, les permitieron soportarlo todo. Todo.

Al concluir, la periodista se dio cuenta de que las dos ancianas la escuchaban con los ojos brillantes.

—¿Lo ves, Anne? —musitó Quinche.

—¿Qué?

—Sospecho que Antoinette se refiere a si ves el efecto que tus palabras provocan. Nos has emocionado con tu breve y apasionado relato.

—Pero si no he hecho otra cosa que repetir lo que me han contado o he leído en alguna parte...

—No, querida —insistió Clara—, nos has transportado hasta allí, hasta el barracón donde esas mujeres se reunían para confortarse las unas a las otras contándose sus historias. Hasta me atrevería a decir que las hemos podido ver y oír.

—Las dos sois muy amables, pero no es para tanto. Veremos qué opináis cuando el libro esté acabado.

—La cena está lista —interrumpió Sylvie, que acababa de entrar con el mandil puesto y las mejillas sonrojadas por el calor de la cocina.

—¡Pues no hagamos esperar a ese pavo! —exclamó Clara.

Anne había notado que las ancianas trataban a Sylvie con tanto cariño como si fuera una sobrina. Y así, no le extrañó que celebrara las fiestas un año más con ellas, al no quedarle ningún familiar vivo en su país.

Cuando terminaron de degustar los deliciosos platos que la francesa había preparado y el queso, pasaron directamente a los licores, ya que a ninguna le apetecía el dulce.

Animadas por el alcohol consumido durante la tarde, cantaron algunos villancicos que les trajeron risas y hasta algunas lágrimas.

Sobre todo, cuando Sylvie comenzó a entonar Il est né le divin enfant , una canción tradicional que Anne nunca había oído.

La melodía y su voz dulce, aunque poderosa, le trajo a la mente a otra mujer, a quien solo conocía a través de los textos de Victoria Kent: la agente francesa Sara Renard.

Concluida la velada, la periodista se acercó a Clara, quien había sucumbido al sueño muchos minutos antes. Su rostro relajado relucía bajo la caricia titilante de las velas. La joven le dio un beso en la frente y, ya fuera del comedor, le entregó a Antoinette un sobre voluminoso.

—Supongo que ya conoceréis muchas de las vivencias de Victoria durante su exilio en Francia, al menos Clara.

No quiero adelantaros nada, pero al final cuenta algo...

Bueno, prefiero que lo descubráis a medida que leéis.

Estoy segura de que os impresionará tanto como a mí.

Y no solo por las revelaciones que hace, sino porque lo que narra sirve pare demostrar algo: lo parecidas que son las dos, por mucho que el mundo se haya empeñado en pintarlas casi como enemigas.

Eligieron caminos muy similares que, si bien se separaron con el paso del tiempo, acabaron por converger en un mismo destino: el de la lucha contra el totalitarismo.

Y eso las convierte en personajes ejemplares.

Sin embargo, el mundo no conoce su gran labor y no es justo.

Necesito que la gente sepa que estas dos formidables mujeres no fueron solo las primeras diputadas de España, sino muchas otras cosas más por las que merecen un lugar de honor en la historia.

Así que voy a ocuparme de que se lo concedan, aunque ya sea un poco tarde.

Su voz se había quebrado y Antoinette no pudo reprimir el impulso de darle un abrazo. Después, Anne se marchó, rogando para que aquella no fuera la última vez que veía a Clara Campoamor con vida.