Donde habita tu reflejo 25. La casa #3
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25. La casa #3

Las horas posteriores transcurrieron con una lentitud angustiosa.

Victoria no se quitaba de la cabeza que Renard probablemente habría sido apresada, aunque por quién seguía siendo una incógnita.

Las preguntas sobre a qué se dedicaban las dos jóvenes continuaban sin respuesta y, para colmo, ahora podría verse afectada por sus actividades, como si no tuviera bastante con sus propios problemas.

Intentó no pensar en la posibilidad de que a la francesa le hubiese sucedido algo y no solo por la situación en la que tal hecho la dejaría a ella.

De algún modo inexplicable, sentía que se había establecido un vínculo débil, pero real, entre ella y Renard.

Se hallaba sumida en tales disquisiciones cuando un ruido la alertó de nuevo.

Avanzó de rodillas hasta la cocina. Al abrirse la puerta, suspiró aliviada.

La joven francesa llevaba en la mano el maletín del que no se había separado durante su anterior estancia en la casa.

Debía de haber algo muy importante en su interior para que se hubiera arriesgado a volver donde quiera que hubiesen sufrido el ataque solo para recuperarlo.

No obstante, se abstuvo de hacerle preguntas.

Su rostro, agotado y lleno de arañazos, le inspiró tanta ternura que lo único que hizo fue limpiárselo con un trapo empapado en alcohol.

—Le agradezco mucho todo lo que está haciendo por nosotras, Victoria.

—No me dé las gracias. Lo normal es ayudar a quien lo necesita.

En estos tiempos de barbarie todavía existe la gente corriente, la que hace este tipo de cosas sin esperar nada a cambio.

Solo porque ni se nos pasa por la cabeza la idea de no hacerlo.

Imagino que, si yo me encontrara en sus circunstancias, ustedes también me habrían auxiliado.

Incluso estando en bandos opuestos. ¿No?

La joven la observó. Parecía estar sopesando su respuesta.

—No me cabe duda de que estamos en el mismo bando, Victoria. Pero, dígame, ¿dónde aprendió a coser heridas?

A Kent no le pasó desapercibido el cambio de tema.

Aun así, decidió responder la pregunta. Y al intentar recordar, se dio cuenta de que aquella época se le antojaba tan lejana como si formara parte de la prehistoria.

Tantas cosas habían sucedido desde entonces que remontarse a los inicios de la Guerra Civil requería de un ánimo que no sabía si tenía.

No obstante, al ver la atención con la que la observaba la francesa, hizo un esfuerzo.

—Fue al principio de nuestra guerra, en el frente de Guadarrama, cerca de Madrid.

—¿Estuvo en el frente? ¡Caray!

—No había ido allí para luchar, claro...

Pero hice lo posible para intentar ayudar a la población civil, que sufría el asedio del ejército sublevado.

Y en alguna ocasión también me vi obligada a socorrer a soldados heridos.

Los médicos a los que acompañamos en su recorrido por los distintos campamentos militares me enseñaron labores básicas de auxilio.

La joven se limitó a asentir, si bien su gesto reflejaba la profunda impresión que las palabras de Victoria le habían causado.

Ya era casi de noche y Nichols seguía sin despertar. Dos figuras, sentadas en el suelo junto a ella, conversaban con una taza de latón en las manos. Un té aguado y sin azúcar les entonó el cuerpo después de las horas en estado de alerta sabiendo que la británica podría acabar falleciendo.

—Se supone que no debo revelar quiénes somos, pero necesito decírselo. Nos ha demostrado que podemos confiar en usted y, tal como están las cosas, no sé si viviremos mucho más... Trabajamos para los servicios secretos. En mi caso, para el BCRA.

—¿Qué es eso?

—La Oficina Central de Inteligencia y Acción.

De Gaulle está a la cabeza desde Londres, coordinando la Resistencia francesa y la del resto de Europa.

Nichols pertenece a la SOE 1 , la dirección de operaciones especiales, creada por Winston Churchill.

Las dos organizaciones cuentan con células de espionaje en territorio francés cuyo objetivo es proporcionar a los Aliados información clave sobre la actividad nazi.

Llevamos a cabo misiones de sabotaje y evasión, entre otras cosas.

—¿Son ustedes militares?

—Nichols sí, yo no. En ambos casos reclutan a población civil y la entrenan. Es importante tener agentes procedentes de los países invadidos. Yo me ocupo de las telecomunicaciones.

—Pero ¿cómo?

La confusión que vio en el gesto de Victoria la llevó a levantarse y coger el maletín. Ante la mirada expectante de la española, lo abrió. En el interior había una radio portátil.

—¡Virgen santa!

—Gracias a esta maravilla puedo enviar y recibir mensajes en morse a una distancia de entre setecientos y ochocientos kilómetros.

—La sorpresa dibujaba en la cara de Victoria una expresión casi infantil que hizo sonreír a Renard—.

Aparatos como este nos permiten enviar informes que otras personas reenviarán a Londres.

De ese modo se pueden, por ejemplo, realizar operaciones de desinformación sobre los movimientos de los Aliados para despistar a los alemanes.

—¿Y no hay peligro de que ellos los detecten?

—Sí que lo hay, sí. De hecho, la Gestapo tiene equipos capaces de triangular las señales y determinar nuestra posición con un margen de error mínimo.

Por eso no permanecemos mucho tiempo en ningún sitio.

En varias ocasiones hemos logrado escapar por los pelos.

A veces nos alojamos con colaboradores de la Resistencia, pero hoy en día es difícil saber en quién confiar...

Ahora entenderá por qué no le revelamos quiénes éramos cuando llegamos aquí.

—Lo comprendo perfectamente. Pero ¿dónde los entrenan? El país está en manos de los nazis...

—Bueno, aún quedan zonas, pocas, eso sí, leales al Gobierno francés y, gracias a la colaboración con la SOE, muchos de nosotros fuimos llevados a campos de entrenamiento en Inglaterra.

Yo me formé durante varios meses en Surrey, en una casa señorial, con las FANY 2 ...

el cuerpo voluntario de primeros auxilios, que operaba en diferentes secciones.

En primera línea, en hospitales de campaña o conduciendo ambulancias, pero también codificando señales.

Ellas me enseñaron todo lo que necesitaba saber sobre telecomunicaciones radiotelegráficas.

—Ingleses y franceses, sobre todo, supongo.

—En nuestras filas hay agentes de diversas procedencias. También tenemos a algunos españoles colaborando con nosotros. La mayoría son mujeres.

Al escuchar aquello, Victoria se quedó en silencio. Una idea acababa de prender en su mente como una llama. Después de todo, la esperanza no había muerto.