25. La casa #2
Ninguna de las dos extrañas habló. Se limitaron a intercambiar una mirada.
Comprendiendo que no había mucho que pudiera hacer, salvo callar o confiarse a ellas, Kent se inclinó por lo último.
Si aquello salía mal, al menos todo terminaría.
A esas alturas, ya estaba cansada de huir y de vivir de ese modo.
Como una bestia esperando que llegara el matarife.
—Formaba parte del Gobierno de la República de España hasta que el levantamiento del ejército franquista me obligó a exiliarme. Llevo escondida casi dos años. Estoy en una lista negra y los nazis me buscan.
Si las desconocidas eran afines a los alemanes, lo que acababa de decir la habría depositado en sus manos. Transcurrieron unos segundos interminables hasta que la que parecía más agradable dijo:
—Yo soy Renard y ella es Nichols. No tiene de qué preocuparse porque no nos quedaremos mucho.
Las observó con curiosidad. La francesa llevaba la melena sujeta con una pequeña coleta de la que escapaban varios mechones.
Sus ojos parecían del color del ámbar, aunque le costaba discernirlo a causa de la débil luz.
En cuanto a la otra, de quien más tarde averiguaría que era británica, llevaba el oscuro cabello bastante corto, como si fuera un hombre.
Sus ademanes, tan bruscos como los de un varón, le conferían un aspecto amenazador, pese a su extrema delgadez.
—Pero ¿para quién trabajan ustedes? ¿De quién se esconden?
De nuevo, el silencio fue toda la respuesta que encontró. Aun así, su sensación de que no corría peligro se reforzó cuando Renard le soltó las manos y le ofreció una taza de agua.
Pasaron varios días sin que Victoria supiera en qué tipo de compañía se hallaba, dado que las visitantes no le revelaron su identidad, más allá de un apellido que probablemente fuera falso.
Ambas portaban pistolas, tanto en el cinturón como en una bota.
Esto último lo había descubierto al caer la noche, cuando una de ellas, que permanecía en el sótano mientras la otra iba a los pisos superiores para montar guardia, se descalzaba.
No la dejaban sola en ningún momento y, aunque la trataban con amabilidad, intuyó que si hubiera intentado huir no se lo habrían permitido.
Algo que le llamó la atención fue que mientras Nichols llevaba consigo una mochila bastante grande de estilo militar, Renard portaba una más pequeña en la espalda y una maletita en la mano.
Nunca vio qué había dentro de ella, puesto que la mujer pasaba gran parte del tiempo en otro punto de la enorme casa. En la planta más alta.
La habitación en la que la francesa se había encerrado, un pequeño dormitorio donde solo quedaba un colchón polvoriento, daba al sur.
Victoria no entendía por qué prefería la soledad de aquel cuarto al sótano, más amplio y seguro.
Cuando trató de averiguarlo, Nichols se lo impidió.
No la amenazó ni le puso la mano encima, pero el modo en que se situó entre ella y la puerta y su expresión la disuadieron de intentar entrar.
Un día, mientras tomaba el desayuno, que consistía en un trozo de pan y leche en polvo diluida en agua que calentaba en un hornillo, la española se sobresaltó al ver entrar a Renard pertrechada con sus cosas.
—Tenemos que marcharnos —le dijo a su compañera, quien estaba comiéndose un pequeño bocadillo de pan oscuro con algo que parecía queso, sentada a cierta distancia de Victoria.
Esta, que había empezado a acostumbrarse a tener compañía, vio consternada cómo la mujer recogía sus cosas con una rapidez y una eficiencia que dejaban claro lo acostumbrada que estaba a hacerlo.
En cuestión de menos de cinco minutos estaban listas para partir.
Antes de subir por la escalera, la francesa se giró hacia ella.
—Cuídese mucho, señorita Kent.
—Ustedes también.
La británica se limitó a saludarla con un movimiento de cabeza y, poco después, ambas se marcharon tal como habían llegado. Sin apenas hacer ruido.
—Pobre Victoria —musitó Anne para sí misma al concluir el fajo de hojas.
La narración había conseguido transportarla hasta aquella casa en la que Kent se había recluido.
Le daba escalofríos imaginarla viviendo alejada de la civilización, a pesar de hallarse a unos pocos kilómetros de París.
Después de su encierro en la Embajada de México, donde al menos había tenido compañía, aquella soledad debió de resultarle insoportable.
Casi pudo verla en ese sótano, escribiendo bajo la luz de las velas, recorriendo las vacías estancias.
Y, luego, con aquellas dos mujeres tan misteriosas que apenas habían ocupado un capítulo de su historia.
Según el reloj eran las once. Aunque el despertador sonaría temprano, no le apetecía irse a la cama para empezar a dar vueltas, por lo que decidió seguir leyendo.
Los días transcurrían con lentitud bajo el agobiante manto de la monotonía y el silencio.
Victoria pensaba, con amargura, que habría preferido no haber recibido nunca visita alguna.
Antes se sentía, hasta cierto punto, cómoda.
Se había habituado a las penosas condiciones en las que vivía, privada de todo lo esencial.
Sin embargo, la súbita marcha de Renard y Nichols había dejado un vacío espantoso.
Era como si, al irse ellas, una bestia oscura y silenciosa se hubiera apoderado del sótano.
Ya no le apetecía pasar tantas horas allí.
Comenzó a aventurarse en los pisos superiores con toda la cautela posible.
Caminaba y caminaba, subía y bajaba escaleras, hacía ejercicio para ponerse en forma y evitar pensar tanto.
Las horas dedicadas a la escritura habían menguado debido a su pérdida de interés en volcar sus cavilaciones en las páginas.
Parecía que el cerebro se le estuviera secando.
Anhelaba compañía con tal desesperación que llegó a plantearse partir.
Atravesar el bosque y dejar París atrás, por mucho que supiera que la idea era una locura.
Además, de hacerlo habría cortado la comunicación con la única persona con la que podía contar y, a partir de ese momento, sí que habría estado completamente sola.
Era demasiado arriesgado. Así pues, prosiguió su exilio interior, alejada de la vida y de sí misma, de la mujer que había sido.
Acababa de bajar de la planta superior, donde había estado haciendo flexiones. El recuerdo de las clases de gimnasia del colegio la había ayudado en sus esfuerzos por mejorar su estado físico. Se dirigía hacia el sótano cuando un ruido la sobresaltó.
Alguien estaba intentando abrir la puerta trasera, situada en la cocina.
Lo hacía con sigilo. De hecho, de hallarse donde dormía, Victoria no se habría percatado.
Maldijo en un susurro. Guardaba el garrote abajo, donde ahora mismo no le servía de nada.
Y no le daba tiempo a esconderse sin dejar al descubierto la trampilla.
Se ocultó tras una pared. Desde allí podría, al menos, ver a lo que se enfrentaba, aunque no tenía ni idea de cómo podría defenderse con las manos desnudas.
La puerta se abrió con un leve quejido de las bisagras y de pronto dos personas entraron con tanta prisa que cayeron al suelo. Aterrada, Kent no se movió de su sitio. Hasta que reconoció a las dos mujeres que se habían marchado unos días atrás.
Algo extraño sucedía. Una de ellas quedó inmóvil bocarriba.
—¡Por Dios...! —exclamó acercándose a Renard, que, con expresión de total desconcierto, intentaba reanimar a Nichols.
—Ayúdeme, por favor —suplicó la francesa.
Entre las dos, sujetándola una por los brazos y la otra por las piernas, la llevaron al cuarto de baño.
Por suerte, el suministro de agua no estaba cortado, una razón más por la que Adèle había elegido esa casa para Victoria.
Renard desabotonó la chaqueta de la británica. El carmesí empapaba la camisa.
—La herida está cerca del hombro, pero ha perdido mucha sangre.
—Hay que sacar la bala —repuso la española.
Se fue y regresó al poco tiempo con unas sábanas que había rasgado para usarlas como paños.
Solo entonces reparó en Renard. Era como si la viera por primera vez.
Se dio cuenta de lo joven que era y lo desamparada que parecía.
Comprendió que no tenía mucha pericia para ciertas cosas, por lo que se puso manos a la obra.
Le pidió la navaja, que desinfectaron con el alcohol que la mujer portaba en un kit de emergencias.
Se trataba de una caja pequeña, aunque incluía lo indispensable para realizar curas básicas.
—No veo bien, necesitamos más luz.
—Espere... —Renard sacó de su cinturón una pequeña linterna—. ¿Le bastará?
—Tendrá que hacerlo.
Con sumo cuidado, pasó por la piel uno de los trapos mojados en alcohol.
Acto seguido, insertó el filo. Tras unos angustiosos minutos, durante los que pensó que no lo conseguiría, sacó la bala.
Después limpió bien el orificio de entrada y lo secó.
Por suerte, Nichols estaba inconsciente.
De no ser así, todo habría resultado mucho más complicado y terriblemente doloroso para ella.
Cuando Victoria terminó de coser la herida con la aguja y el hilo que Renard llevaba en la cajita, la tapó con un apósito.
—Le agradezco mucho lo que ha hecho, Victoria. Ahora, tengo que salir un momento —afirmó de pronto la joven.
—¿Cómo?
—Volveré enseguida, se lo prometo. Pero hay algo de vital importancia que debo hacer. Por favor, cuide de ella si no regreso —añadió antes de marcharse, dejando a Kent estupefacta.
Cuando la puerta se cerró, Victoria se dio cuenta de lo complicado de su nueva situación. Si Renard no volvía y Nichols acababa falleciendo, ¿qué iba a hacer? No podía comunicarse con Adèle y no era probable que enviara a nadie con víveres hasta pasadas unas semanas.