Donde habita tu reflejo 25. La casa
66%

25. La casa

L A CASA

Londres, tres semanas después

La lluvia caía con fuerza desde hacía horas. Anne miraba por la ventana mientras apuraba su segundo café. No le apetecía nada salir bajo ese cielo plomizo, pero tenía que ir a la redacción.

Estaba fregando las cosas del desayuno cuando llamaron al timbre.

—¿Quién narices puede ser a las ocho de la mañana?

—¿La señora Anne Bishop? —preguntó el cartero.

—Señorita, si no le importa...

El hombre se encogió de hombros y le dio un recibo de entrega para que lo firmara. La periodista miró la caja que llevaba en el carrito y buscó el nombre del remitente. Al verlo, abrió mucho los ojos.

Como tenía las manos ocupadas, cerró la puerta de golpe con el pie y se dirigió al comedor. Utilizó un cuchillo para rasgar el papel y la cinta adhesiva que envolvía el paquete. Lo primero que encontró fue una nota dirigida a ella, que leyó nerviosa.

Estimada señorita Bishop:

Aquí le hago llegar más materiales sobre el período de mi vida en el que estaba usted interesada, con la idea de ayudarla a completar los capítulos que Clara Campoamor quería incluir en su libro.

Puede utilizarlos como le parezca más conveniente.

Como sabrá, era reacia a hacer públicas ciertas vivencias, pero si pueden contribuir de alguna manera a completar lo que Clara desea narrar, adelante.

Verá que la mayor parte de los textos han sido mecanografiados. En cuanto a los que están redactados a mano, son los últimos, que he reescrito para ponerlos en primera persona. Me ha resultado una tarea complicada, pero creo que necesitaba hacerlo así. Supongo que cuando lo lea todo, comprenderá.

No dude en telefonearme si le hace falta alguna aclaración.

Mientras tanto, reciba un cordial saludo.

Victoria Kent

Echó un vistazo al interior de la caja. Era evidente que Victoria se había enterado de las malas noticias sobre Clara.

Solo algo así habría podido hacerle cambiar de opinión.

Miró el reloj. Si no se marchaba ya, llegaría tarde.

Maldijo para sí. Le habría encantado empezar a leer de inmediato, pero eso tendría que esperar hasta la tarde.

Bois de Boulogne, 1940-1944

La desesperada huida de la Embajada de México había forzado a Victoria Kent a ocultarse en varios escondites, todos facilitados por Adèle de Blonay.

Cada pocas semanas la iban trasladando en busca de algo mejor y donde el peligro no la alcanzara.

Pasó más de un año de un lugar a otro, hasta que un día la suiza y un colaborador suyo la condujeron al Bois de Boulogne, una extensión verde al oeste de París en la que todavía quedaban áreas muy agrestes.

Pocas construcciones moteaban el paisaje, algunas de las cuales habían servido en el pasado como residencia para nobles y, más tarde, para familias adineradas.

Ahora, la mayor parte de los edificios estaban cerrados y en ruinas, por lo que el hombre, que trabajaba para la Resistencia, le había asegurado a Adèle que Victoria se hallaría a salvo allí durante un tiempo.

El destino había colocado en su camino una casa que albergaba un tesoro: una habitación imposible de descubrir a simple vista.

La habían encontrado tras recorrer todas las estancias de las dos plantas y mover una raída alfombra, bajo la cual detectaron la trampilla.

No tuvieron que pensarlo mucho. Entre los tres consiguieron bajar un par de colchones y un escritorio desde lo que debía de haber sido un dormitorio en otros tiempos.

De ese modo, si alguien registrara la casa, no se percataría de la presencia de la nueva inquilina, quien se alojaría en aquel cuarto subterráneo, donde podría dejar entrar aire fresco a través de un único ventanuco que daba a un espacio cubierto por la vegetación.

Lo más duro sería habituarse a la oscuridad, que solo mitigarían las velas y la claridad que se filtraba por la pequeña ventana, y a racionar tanto los alimentos como sus ánimos.

Después de pasar allí un par de días con ella, reconociendo el terreno y ayudándola a instalarse, De Blonay y su compañero tuvieron que regresar a la capital.

Tras su marcha, Victoria se enfrentó a una situación totalmente nueva.

Lo que en principio iban a ser unos meses, se convirtió en más de un año, durante el cual hubo de acostumbrarse a vivir en una sensación de alerta permanente, pese a la tranquilidad de la zona en la que se encontraba la edificación.

La soledad, en una acepción tan brutal que la exdiputada nunca había experimentado, le enseñó muchas cosas, sobre todo acerca de sí misma.

La principal, que era mucho más fuerte de lo que creía.

Si le hubieran dicho unos años antes que habría de sobrevivir sin nadie más en un lugar tan aislado como aquel, no se lo habría creído.

Ella, que era un ser social, amante de la buena conversación y la interacción con otros, hubo de afrontar meses teniéndose como única compañera.

Y así fue como nació un yo desconocido, casi un alter ego, con el que pasaba las horas debatiendo en silencio sobre la existencia.

El rumbo que había tomado el mundo, uno que le era por completo ajeno, le resultaba en todo punto incomprensible.

Había escapado de su país a las puertas de una guerra civil y, cuando creía que la vida seguiría adelante de una forma más o menos predecible, tal vez incluso agradable, pese a la distancia con los suyos, una nueva guerra asoló Europa.

Su visión de la realidad, transformada a la fuerza por la sinrazón de una humanidad empeñada en destruirse a sí misma, la condujo hasta la literatura.

Durante ese tiempo se dedicó a volcar en las páginas que llevaba encima todo lo que le pasaba entre la cabeza y el alma, los recuerdos de su vida anterior y la desesperanza ante cada hecho del que tenía conocimiento cuando la visitaba alguien enviado por Adèle.

Esta se ocupaba de que a Victoria le llegaran provisiones para aguantar hasta que fuera posible sacarla del país.

Los mensajeros la ponían al tanto de las noticias, que pintaban aún más oscuras las expectativas de poder abandonar aquel cautiverio al que la invasión nazi la había forzado.

Kent se conocía el edificio a la perfección tras una eternidad recluida entre sus muros.

Aunque había convertido el sótano en su hogar por seguridad, había recorrido cada rincón mil veces, intentando imaginar la vida que se habría desarrollado bajo aquellos techos cuando sus propietarios moraban allí.

Casi podía oír las voces de sus antiguos habitantes, ver sus figuras y presenciar las escenas vividas en esas estancias que ahora resonaban con el eco del silencio.

Así transcurrieron casi dos años.

Serían las tres de la mañana de un día cualquiera cuando oyó algo que no supo identificar, pues apenas podía calificarse como ruido.

Más bien parecía la intuición de que había alguien cerca, quizá ya dentro de la enorme casa.

Un leve inicio de crujido en la madera del techo, que bien podría haberse debido a un cambio de la temperatura, la había despertado del sueño inquieto en el que se sumió unas pocas horas antes.

Se incorporó en el lecho y aguzó el oído.

Solo podía escuchar su respiración, tan agitada como si acabara de echar a correr.

La sensación de que ya no estaba sola era cada vez más intensa.

Se levantó con cuidado y cogió el grueso garrote que había encontrado dentro de un armario meses atrás y que ahora valoraba como parte de sus escasas posesiones. Se acercó a la trampilla y ladeó la cabeza para escuchar. Nada. Falsa alarma.

Pasada una hora sin que se oyera nada más, se relajó y empezó a dormitar.

Todo sucedió muy rápido. Tanto que no tuvo tiempo de reaccionar y mucho menos de levantarse para defenderse.

Unos brazos la sujetaron con fuerza contra el suelo y sobre su boca y su nariz se posó un tejido empapado en alguna substancia.

Casi de inmediato, la negrura se apoderó de sus sentidos.

Cuando recobró la conciencia, el mareo le impidió reconocer el lugar durante unos segundos.

Poco a poco, la estancia resurgió desde las tinieblas para revelarse como el mismo sótano en el que llevaba meses viviendo, aunque una lámpara de gas que antes no estaba lucía ahora sobre el escritorio.

El corazón se le disparó al darse cuenta de que tenía las manos atadas a la espalda.

Percibió movimientos en la oscuridad y después aparecieron ante sus ojos los rostros de dos mujeres.

—¡Suéltenme ahora mismo! —gritó mientras forcejeaba en vano para liberarse—. ¿Quiénes son ustedes?

—Silencio —le respondió una de ellas también en francés—. Somos nosotras quienes hacemos las preguntas.

La otra, que observaba a Victoria con curiosidad, añadió en un tono más amable:

—Tranquilícese, no vamos a hacerle daño. ¿Cómo se llama?

Victoria tragó saliva. Las intrusas iban vestidas con ropa negra.

Pantalones y cazadoras de piel, botas altas y gorros de lana.

Quienesquiera que fuesen, también intentaban ocultarse.

Lo único que tenía claro era que no se trataba de miembros de las fuerzas de ocupación y, solo por eso, ya se calmó un tanto.

Pese al modo en el que la habían asaltado, quizá fuesen dignas de confianza, pero ¿cómo saberlo?

—Me llamo Victoria Kent.

—No es usted inglesa —afirmó la que se había dirigido a ella con dureza.

Ahí estaba de nuevo la reacción que su apellido provocaba.

—Soy española.

—¿Y qué hace aquí?

Victoria dudó. La verdad podría costarle cara. Sabía que había muchos colaboradores del régimen nazi, incluso entre la población gala. Sin embargo, había detectado en el acento de esa mujer algo peculiar.

—Usted tampoco es francesa... Pero ella sí —añadió, señalando con la cabeza a la menos grosera.