Donde habita tu reflejo 24. Llamadas
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24. Llamadas

L LAMADAS

Cuando el doctor Schneider salió del dormitorio con expresión contenida, Sylvie lo acompañó a la puerta.

Tras su partida, el silencio se adueñó de la habitación.

Las lágrimas estaban a punto de rebosar los ojos de Antoinette, mientras que un sosiego incomprensible para ella habitaba el rostro de Clara.

El médico había llegado para comunicarles las peores noticias posibles.

La enfermedad, hasta ese momento una temida hipótesis que podría no haber sido más que un mal sueño, acababa de convertirse en despiadada certeza.

El cáncer, como un huésped indeseado e intempestivo, había conquistado el cuerpo de Campoamor y lo reclamaba para sí mediante redobles de dolor que quebraban su férrea voluntad con demasiada frecuencia.

Después de haber esquivado la muerte en varias ocasiones, la española se veía de nuevo cara a cara con ella, aunque esta vez sin ninguna oportunidad de huir.

Antoinette, conmocionada y ya rendida al llanto, se cobijó en el abrazo de Clara, quien había recibido la visita del galeno en la cama, con la espalda recostada en el cabecero.

Campoamor le susurró palabras de consuelo que no le servían, no entonces, con la confirmación tan reciente del temor que hacía tiempo moraba en sus pesadillas.

—Querida mía, no hagamos esto más dramático de lo necesario. Intentemos disfrutar del tiempo que me quede. —Le alzó la barbilla para que la mirara—. Por favor...

Quinche se incorporó y se sonó la nariz.

—Tienes razón. De nada sirve lamentarse... al menos de momento.

Clara sintió que la ternura se abría paso por su pecho al ver cómo intentaba recomponerse. No obstante, la suiza la sorprendió de pronto con su habitual pragmatismo.

—Tenemos que hablar con Anne. Creo que esto acelera un tanto los planes para el libro, ¿no?

La mano que sujetaba el teléfono tras concluir la conversación con Antoinette bajó hasta quedar junto a su pierna.

Anne tardó un rato en darse cuenta de que no había colgado y, al hacerlo, lo colocó en su sitio con la mirada ausente.

Las emociones parecían haberse quedado congeladas en algún punto indeterminado de su cerebro, dejándole el cuerpo entumecido.

Entre sus oídos una sola frase la aturdía con su muda estridencia.

Clara se muere.

Después, la periodista recobró los sentidos y el significado de aquella frase se reveló con toda su crudeza.

Clara Campoamor, la formidable luchadora, iba a desaparecer de un mundo para el que era demasiado buena.

El paso de una persona como ella por la historia había sido acompañado por un silencio inmisericorde e injusto.

Se secó los ojos con el dorso de la mano.

No iba a permitir que el olvido sepultara a aquella maravillosa mujer.

Tenía que acabar el libro, aunque la sensación de que iba a quedar incompleto era ahora más evidente que nunca.

El vacío creado por la información que Victoria Kent no había querido hacer pública, junto con los textos de Clara que tenían relación con ella y no verían la luz, dejaba la historia coja.

Maldijo en voz alta. Todavía le faltaba material por leer y reescribir, y quería hacerle a Campoamor un último regalo: que pudiera leer su libro, aunque aún no hubiese sido publicado. Debía ponerse manos a la obra de inmediato.

Tras aquella llamada, Antoinette dejó a Clara reposando en el lecho.

Los calmantes le permitirían descansar unas horas más.

La imposibilidad de someterla a tratamiento por hallarse en una fase tan avanzada de la enfermedad ofrecía pocas opciones, aparte de mitigar su dolor para hacer más llevadero el tiempo que le restara.

Quinche se sentó en la salita con gesto de agotamiento.

Se sentía incapaz de hacer nada, por mucho que necesitara desesperadamente entretenerse para no pensar.

¿Qué sucedería a partir de ese momento? ¿Cuánto tiempo le quedaría en realidad a Clara?

¿Cómo iba a seguir adelante sin ella? Incluso cuando se marchó a su exilio argentino, Antoinette, de algún modo incomprensible, la sentía cerca, aunque en ocasiones la distancia se le antojara infinita.

Sabía que volvería a oír su voz, a leer sus cartas y a abrazarla cuando regresara, más tarde o más temprano.

Y eso era así porque, aunque se encontrara lejos, estaba viva.

Sin embargo, en unos meses no habría retorno posible del lugar al que se encaminaría.

El llanto la asaltó sin piedad y se abandonó a él.

Necesitaba derrumbarse, aunque solo fuera por unos instantes, si quería continuar siendo fuerte por Clara.

¿Qué pensaría ella si la viera así, con la desesperación en la mirada, golpeando un cojín para dejar salir la ira sin romper nada?

Cuando, en realidad, eso era lo que le apetecía.

Romperlo todo y gritarle al despiadado destino, que, ahora sí, iba a ganarle la partida a la mujer más valiente del mundo.

Creyó que ya nunca más podría llorar, pues acababa de agotar todo su caudal.

Respiró hondo y fue al cuarto de baño para lavarse la cara.

Se contempló en el espejo y constató el zarpazo que el tiempo acababa de propinarle.

Se diría que había estado aguardando a que llegase un día tan horrendo como aquel para depositarse de golpe en el rostro de la mujer que se miraba sin reconocerse en la anciana que tenía delante.

Y entonces su propia imagen le hizo pensar en otra persona.

Alguien que se merecía saber las malas noticias.

—¿Sí? —dijo una voz en inglés.

—Hola. —Releyó los dígitos del teléfono de Brooklyn que había marcado—. No sé si me he equivocado... Busco a la señorita Kent.

—No se ha equivocado. Está aquí. Enseguida se pone. ¿Quién la llama?

—Antoinette Quinche.

—Oh, señora Quinche. Soy Louise, Louise Crane. Es un placer saludarla. Le paso con Victoria enseguida.

El ruido de una mano taponando el auricular desapareció.

—¿Hola? ¿Señorita Quinche? —dijo Victoria.

—Sí... Hola.

No transcurrieron muchos segundos, si bien su paso ralentizado les dio tiempo a las dos para elaborar diversas posibilidades con las que iniciar una conversación que, a la fuerza, iba a resultar complicada. Antoinette tragó saliva y volvió a hablar:

—La llamo por Clara...

Victoria, que solo con saber quién llamaba ya había construido el relato de lo que aquella mujer iba a decirle, tuvo que forzarse a preguntar:

—¿Ha... muerto?

—No, pero está muy enferma... Tiene cáncer.

Kent cerró los ojos.

—¿Cuánto le queda?

—No lo saben con certeza, pero podrían ser unos pocos meses.

—Yo... lo lamento de verdad.

—Lo sé... No le he dicho a Clara que iba telefonearla, pero he pensado que usted querría saberlo.

—Por supuesto y se lo agradezco mucho.

El nuevo silencio reveló que no tenían más que decirse.

Las dos conocían gran parte de la historia compartida por cada una de ellas con Clara Campoamor.

Lo que callaron contenía todas las palabras que podrían relatar lo vivido por ambas de una forma tan elocuente como si acabaran de expresarlo en voz alta.

Y así, aquella extraña y breve conversación concluyó.