Donde habita tu reflejo 23. El nudo
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23. El nudo

E L NUDO

Cuando Anne despertó lo supo de inmediato y no porque hubiera soñado con él, como le venía sucediendo con frecuencia durante los últimos meses.

La decisión de volver a ver a James había ido tomando forma desde su visita a Ravensbrück.

Allí, curiosamente, se había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos aquellos ojos verdes y tristes que la habían conquistado mientras escribía un reportaje sobre Shakespeare.

Aquel día, más de tres años atrás, había quedado con el doctor James Stephens, titular de la universidad King’s College de Londres especializado en el canon shakespeariano.

Cuando lo vio por primera vez, con su pelo rubio mermado por unas prominentes entradas y aquella mirada cálida, sintió una conexión inmediata con él que no había notado jamás con ninguno de los hombres que la habían atraído.

En cuanto a Stephens, nada más abrirle la puerta de su despacho a la joven periodista, un rubor rápido delató la impresión que esta acababa de causarle.

La entrevista se prolongó durante más tiempo del planeado; de hecho, sin que ella lo supiera, al profesor se le hizo tarde para su siguiente clase por no ser capaz de despegarse de aquella silla y de la mujer que acababa de robarle el corazón.

De camino hacia el aula, todavía llevaba en los labios la sonrisa nacida tras la propuesta de Anne de volver a verse y seguir profundizando en el tema del artículo.

Comenzaron a salir transcurridas apenas tres semanas, cuando él la llamó para invitarla a cenar.

Y así iniciaron una relación que se prolongaría durante más de dos años.

Los primeros meses de su embarazo fueron muy ilusionantes para ambos e hicieron todo tipo de planes de futuro.

Sin embargo, el destino comenzó a golpearlos.

Primero, con la muerte de la madre de Anne y, poco después, con el aborto.

La marcha de James puso fin a su historia de amor.

Aunque la decisión de quedar con él ahora estaba tomada, Anne no podía evitar tener sus dudas.

No se lo merecía. La había traicionado. Se sentía como si la hubiese abandonado en una casa en llamas.

Lo vería una vez más y solo porque le hacía falta una explicación.

Necesitaba oírle decir por qué lo había hecho.

Si algo le había enseñado su visita al campo de concentración era que debía aprovechar la vida, aunque tal vez eso no implicara volver a abrir puertas, sino cerrar del todo las que se habían quedado entreabiertas.

La cita tendría lugar en un café que ninguno de los dos conocía. Anne lo había propuesto porque le parecía que un sitio neutral, sin ninguna clase de lazo que lo relacionara con su pasado compartido, sería más adecuado para no sentir la presión de la nostalgia.

Le sorprendió ver que él ya había llegado.

El profesor se levantó con gesto nervioso y una sonrisa que, de inmediato, se enganchó como un anzuelo en el corazón de la periodista.

Esta tragó saliva. Se mantendría fuerte.

No podía ceder a las emociones. No ahora, que estaba casi recuperada.

Se las arregló para que su expresión no delatase los nervios que jugaban maliciosamente con su estómago.

—Hola —dijo él, indeciso sobre si debía darle un beso en la mejilla. Anne se sentó, de modo que sus dudas quedaron aclaradas.

—Hola.

—¿Qué quieres tomar?

—Un té con leche.

James hizo una señal a la camarera, que se acercó y tomó nota del pedido.

Se observaron desde los lados opuestos de la mesa sin saber qué decir. Los segundos transcurrieron con tanta lentitud para ambos que casi podían sentir su densidad ocupando el espacio que los separaba. Fue él quien rompió el velo de tiempo detenido que se interponía entre ellos.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Ya has vuelto a trabajar, ¿no?

—Sí.

Comprendió que la cosa no iba a resultar nada fácil.

—¿Y qué tal? ¿La señora Connolly sigue allí?

—Sí... Se ha portado muy bien conmigo, la verdad...

Los puntos suspensivos contenían todas las palabras no dichas. Dolor, ausencia, traición. No necesitaba oírlas para entender lo que los ojos de Anne comunicaban con elocuencia.

—Escucha... Sé que he sido un gilipollas, como bien dijiste. Y que no merezco ni que te tomes ese té conmigo. También sé que solo has venido para cerrar este capítulo de tu vida, y lo entiendo. No voy a intentar convencerte de nada porque comprendo que estás en otro punto. No hay más que verte.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella.

—Irradias fortaleza y seguridad, como la Anne Bishop a la que conocí hace años. Hay un brillo en tu mirada que había desaparecido, probablemente por mi culpa.

—Tú no eres responsable de todo lo malo que me ha sucedido.

—Lo soy, porque si me hubiera quedado a tu lado, quizá todo habría sido un poco menos doloroso.

—Eso ya da igual.

—No es verdad. —Las lágrimas resaltaron el verde de sus iris sin llegar a caer—.

Aunque lo nuestro haya acabado, quiero explicarte por qué me fui.

Debo hacerlo... por ti y por mí. El silencio no le haría justicia a lo que tuvimos, necesitamos otro tipo de cierre.

Anne, en aquellos momentos, después de perder al bebé, no sabía qué hacer, dudaba de todo...

—Ya estamos con el Hamlet de los cojones... —estalló ella—. La duda perpetua. No me vengas con esas, que me lo sé de memoria. La duda es una excusa para evitar implicarse, para dejar que otros tomen las decisiones.

James la observó. La ira que relucía en sus ojos le resultaba desconocida. Tendría que ir con cuidado si no quería terminar de estropearlo todo.

—Anne, yo sí actué, aunque fuera de la forma errónea.

Marchándome... No tengo excusa y lo sé, pero no me fui porque ya no te quisiera.

La pena, el vacío... No podía soportar ver tu expresión cada vez que entrabas en la habitación que habíamos preparado.

Y cuando intentaba acercarme a ti, no me permitías ayudarte ni consolarte.

Te enfadabas y me gritabas, y después guardabas silencio durante días...

—Tomó aire tras las atropelladas frases—.

Por Dios, me sentí como si tuviera la culpa de su muerte.

Ella lo contempló sin poder evitar sobrecogerse al verlo derruido. Una solitaria lágrima se deslizaba por la mejilla del profesor, que se la limpió con apuro mientras desviaba la mirada.

Anne notó cómo la furia desaparecía de su pecho.

Lo que acababa de escuchar era cierto. De algún modo, lo había sabido todo el tiempo, por mucho que hubiera evitado afrontarlo.

Recordó su necesidad de gritarle, de desahogar la rabia que le reconcomía las entrañas.

De destrozar lo que pudiera recordarle la vida que había desaparecido antes de poder convertirse en una realidad.

Los juguetes y demás utensilios que habían ido comprando para el bebé habían terminado hechos pedazos, estrellados contra el suelo durante sus arranques de desesperación.

Cuando encontró las palabras adecuadas, dijo:

—Me resultaba imposible racionalizarlo. Un dolor brutal, agudo, lo invadió todo, impidiéndome discernir nada más allá de mí misma, de mi cuerpo, que se había quedado vacío...

, como su habitación. A las dos nos faltaba el ser que debía habitarnos.

El eco que rebotaba entre aquellas paredes resonaba en mi cabeza desde que la perdimos, cada día, cada hora y cada minuto. Pero tú no podías oír su estruendo.

—Ojalá hubiera sido capaz... ojalá me hubieras dejado entrar en esa habitación. —Acercó un dedo a la frente de Anne—. Para que no estuvieras ahí sola. Para poder llorar contigo. Pero...

—Te cerré la puerta.

Se miraron sin que hiciera falta decir nada más.

Sus manos se buscaron por encima de la mesa.

Y las lágrimas relucieron en las miradas de ambos mientras el silencio les lavaba las heridas.

Al cabo de unos minutos, se recompusieron e incluso llegaron a sonreírse.

La periodista suspiró y sintió cómo el nudo que se retorcía en algún lugar de su interior y tanto daño le había causado acababa de deshacerse.

—Lo siento mucho, James.

—No digas eso. Lo hicimos lo mejor que pudimos... Y necesitábamos hablarlo.

—Me alegro de haberlo hecho.

—¿Te sientes mejor?

Anne tardó unos instantes en responder.

—En parte... Todo lo que me rodea ahora mismo es tristeza.

—¿Por qué lo dices? Pensaba que tu vuelta al trabajo te vendría bien, salir de casa, hacer cosas... Me comentaste que estabas preparando un libro.

—Sí, pero también me está costando por cómo me afecta. Se trata de una especie de memorias de una mujer que ha tenido una vida muy intensa. Una vida que está apagándose. Y...

—¿Qué pasa? —James acercó de nuevo una mano hacia la suya al ver que sus ojos volvían a brillar. Ella se sonó la nariz y miró por la ventana—. Cuéntamelo, ¿quieres?

Le habló de Clara y Antoinette, de su pasado y su presente. Y al referirse al futuro se le quebró la voz de nuevo.

—Les has cogido mucho cariño.

—Así es. Si las conocieras lo entenderías. Además, tenemos una conexión que yo desconocía hasta hace nada, cuando revisé las cosas de mi madre.

Comenzó a relatarle lo que había descubierto sobre Cecily tras su muerte. Cuando concluyó, constató que la boca de James se había quedado abierta a causa del asombro.

—¡Madre de Dios! Qué historia... —susurró, como si alguien pudiera oírlos, aunque en ese momento no hubiera ningún otro cliente sentado cerca.

Su gesto emocionado y cómplice la hizo sonreír.

Ahí estaba de nuevo el James de antes. El compañero de aventuras y descubrimientos.

El hombre que la apoyaba en cada cosa que se le ocurría, por muy descabellada que fuese.

Se dio cuenta entonces de cuánto había necesitado compartirlo con él. Con su mejor amigo.