22. El comienzo del fin #2
»No obstante, al día siguiente ya era oficial: los partidos monárquicos habían sido derrotados.
A las pocas horas, una llamada de teléfono trajo las anheladas nuevas sobre la instauración de la Segunda República.
En cuanto se abrieron las puertas de la prisión y se permitió la entrada a los abogados, Clara y Ignacio se dieron un fuerte abrazo, al igual que todos los que se hacinaban entre aquellos mugrientos muros.
En el exterior, las banderas tricolores ondeaban en manos de la muchedumbre.
»Era el 14 de abril. Un día que ninguno de nosotros olvidaría jamás.
»Después, ya en el ayuntamiento, Clara estaba eufórica. Con una expresión de dicha en el rostro que yo nunca había visto, se dirigió hacia la escalinata que llevaba al piso superior. Entonces se detuvo y dio media vuelta: “¿Vienes?”, me preguntó. Asentí emocionada y la seguí.
»Antes de asomarse al balcón, desde donde se escuchaba el griterío procedente de la calle, nos miramos una vez más y decidí dar un paso atrás.
Se merecía ese momento a solas. Y te confesaré algo que nunca le he contado a nadie, Anne: ese día, en verdad, me pareció que Clara refulgía, allá en lo alto, como una llama poderosa.
Irradiaba felicidad. Y el futuro, uno repleto de esperanza y posibilidades, resplandeció en sus ojos durante unos instantes maravillosos...
A continuación, tragó saliva para intentar diluir la emoción mezclada con llanto que habría enmudecido a cualquiera.
Pero no a ella. Cuando se sintió preparada, alzó un brazo para que le prestaran atención y la multitud congregada a las puertas del consistorio calló al unísono.
Todavía se me pone la piel de gallina al recordarlo.
Muchos conocían a Clara desde antes de su defensa de los presos, otros la habían oído dar mítines por la ciudad o leído sus artículos.
Aunque no hubiera sido así, ante la imagen de aquella mujer de gesto decidido y voz firme, quienes la estuvieran viendo por primera vez no habrían podido ignorarla.
Entonces anunció las buenas noticias. Apenas unas palabras.
Pero la necesidad de escucharlas las multiplicaría en el recuerdo de todos los que estábamos allí, como si Clara hubiera pronunciado el más largo y elocuente de sus discursos.
»Cuando concluyó, extendió una mano hacia mí para que saliera con ella y ambas nos deleitamos con el espectáculo que se ofrecía a nuestros ojos.
Centenares de personas cantaban La marsellesa , bailaban y derramaban unas lágrimas llenas de júbilo que se unieron a las nuestras, mientras los contemplábamos desde arriba con las manos entrelazadas.
—Qué privilegio estar allí para vivirlo y compartirlo con vosotras. Ojalá alguien inventara de una vez la máquina del tiempo.
—¿Y elegirías ese día para regresar atrás?
—Sin ninguna duda —respondió Anne con la mirada acuosa.
—Desde luego, fue el comienzo de un período apasionante.
Tras aquella inolvidable jornada, se convirtió en diputada.
No imaginas lo orgullosa que estaba de ella...
A lo largo de los meses siguientes intercambiamos cartas con frecuencia y durante un tiempo apenas nos vimos.
Fue una época muy intensa. Gracias a su tenacidad, pronto llegó otro motivo de celebración: el derecho al voto femenino, en octubre de ese mismo año.
Como imaginarás, aquello representaba una inyección de esperanza para mí, para creer que un logro similar pudiera tener lugar también en Suiza.
Y cuando en 1932 Clara viajó a París con el fin de compartir su experiencia sobre el sufragio con las compañeras europeas, volvimos a reunirnos.
Fue entonces, curiosamente, cuando le presenté a tu madre. Pero eso ya lo sabes.
—Sí...Otro instante memorable que me gustaría haber podido presenciar, aunque fuera a través de una mirilla... ¿Qué ocurrió después?
—Llegaron las semanas previas a las elecciones de 1933, las primeras en las que las mujeres españolas tendrían permitido votar.
Cuando supe que Clara iba a recorrer la provincia de Madrid durante la campaña electoral, decidí acompañarla junto con otras militantes.
Su expresión, al volante del coche, es algo que jamás olvidaré por muchos años que viva.
No sé si podrás imaginarla, con cuarenta y pocos años, el cabello agitado por el viento, la mirada decidida y pletórica de energía.
El coche que conducía era una metáfora de su propia vida y de sus aspiraciones en un mundo acostumbrado a ver solo a hombres conduciendo.
Su magnetismo resultaba inspirador para quienes la contemplábamos.
Tendrías que haberla visto... Si me preguntaran qué imagen representa la idea más exacta de la libertad para mí, elegiría, sin ninguna duda, el rostro de Clara durante esas semanas que compartimos.
Fui muy afortunada de poder formar parte de aquello: las conversaciones, rezumantes de entusiasmo y camaradería a bordo del vehículo, el ambiente que se respiraba en los mítines del Partido Republicano Radical, con los que Clara volvía a presentar su candidatura, y la impresión de estar viviendo una etapa irrepetible confirieron a esos días un aura de felicidad que, por desgracia, se truncaría muy pronto.
Cuando los resultados de las elecciones se dieron a conocer y ella perdió su acta de diputada.
—Aquello debió de ser un varapalo terrible y una injusticia para Clara.
Después de todo lo que había conseguido.
No acabo de entender lo que ocurrió, cómo pudieron traicionarla así.
Quizá si Victoria Kent la hubiera apoyado en el famoso debate, nada de eso habría sucedido.
Me cuesta creer que las mismas mujeres que consiguieron votar gracias a ella le dieran la espalda a la primera ocasión.
—Bueno, eso nunca lo sabremos. Puede que Victoria tuviera razón, por muy incomprensible que resultara en aquellos momentos, y las mujeres no estuvieran preparadas todavía al hallarse bajo la influencia tanto de sus maridos como de sus confesores.
O también puede que su voto no fuese tan decisivo, después de todo, y lo que restó apoyos a los grupos de izquierdas fuera su fragmentación a la hora de concurrir a las elecciones.
Pero el caso es que a Clara le cortaron las alas.
Y a partir de entonces todo cambió para ella.
Cuando las cosas comenzaron a complicarse en España, con los enfrentamientos en las calles y las disputas dentro del Gobierno de la República, supe que no podría soportarlo.
Su malestar era evidente en las cartas que me escribía.
La sinrazón, la violencia... No había forma de que alguien como ella lo aguantase durante mucho tiempo.
Y, por desgracia, se había ganado bastantes enemigos a lo largo de su carrera. El resto ya lo sabes...
Tras la breve sonrisa que compartieron, el gesto de Antoinette volvió a virar hacia la tristeza.
—Va a estar bien —le dijo Anne cogiéndole la mano—. Ya lo verás.