Donde habita tu reflejo 22. El comienzo del fin
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22. El comienzo del fin

E L COMIENZO DEL FIN

Las semanas habían trascurrido con celeridad para Anne, quien se hallaba inmersa en un remolino de trabajo, entre su retorno al periódico y la redacción del libro.

El intenso ritmo que se había autoimpuesto le permitía ignorar sus preocupaciones personales, sobre todo la creciente e irritante presencia de James en sus pensamientos en cuanto bajaba la guardia.

Con un manotazo malhumorado en el aire, lograba alejar el rostro de su ex, si bien no le resultaba igual de fácil hacerlo cuando se le aparecía en sueños para recordarle cuánto lo echaba de menos.

Por si fuera poco, con frecuencia su imagen se mezclaba en las pesadillas con las de campos de exterminio o combates en el frente.

Había llegado a plantearse paliar la falta de descanso con algún ansiolítico, pero había descubierto que hacer deporte le venía de perlas.

Comenzaba el día saliendo a correr por el parque a las siete.

Tras la ducha y el desayuno, estaba lista para sumergirse en sus tareas.

Acababa de ponerse en pie para estirar el cuerpo después de tres horas sentada ante la máquina de escribir, cuando sonó el timbre.

—Hola, Anne... Espero que no te importe que me haya presentado sin avisar.

De inmediato, percibió algo distinto en Antoinette. Y no solo se debía a su aspecto demacrado. La mujer que tenía delante nunca le había parecido tan frágil.

—En absoluto. Adelante, por favor.

La anciana se acercó y le dio un abrazo inesperadamente fuerte y largo. Ella respondió lastrada por la sorpresa al principio, aunque enseguida se lo devolvió impulsada por la nostalgia de los brazos ausentes de su madre y el cariño que le había tomado a la suiza.

—No sabía dónde ir.

—¿Qué ha pasado?

—Es Clara... Está muy mal.

La periodista la guio de la mano hasta el comedor y allí la hizo sentarse en el sofá. Se acomodó a su lado.

—Cuéntame.

—Hace unos días empezó a llorar en mitad de la noche.

Yo pensaba que era una pesadilla, pero...

estaba despierta. Se retorcía de dolor y la vi tan pálida que, pese a su reticencia y sus intentos de disimular para que no me preocupase, no pude esperar más.

Llamé al doctor. —Anne tragó saliva con el corazón en un puño—.

Le han hecho todo tipo de pruebas, aunque todavía no nos han dado los resultados.

Y me temo lo peor. Tendríamos que haber ido antes al hospital.

—Pero ella no quería y tú respetaste su decisión.

—Ya, pero esa cabezonería puede costarle la vida. Y yo he sido una estúpida, le he fallado. Debería haber insistido mucho más.

—No digas eso. Llevas años a su lado, velando por ella. Y uno no puede imponerle a otro que se cuide. Por mucho que lo quiera. Clara es una mujer con mucho carácter, así que no te martirices. Has hecho todo lo posible... Además, todavía no sabemos qué le sucede realmente. No nos precipitemos.

La expresión de Antoinette al oír aquello no dejaba lugar a dudas y, de alguna manera, Anne también presentía que la dolencia de Campoamor era grave. El breve instante en el que las miradas de ambas se encontraron sirvió para que compartieran el dolor de lo que intuían como inevitable.

La periodista, que no sabía qué más decir para intentar animarla, le preparó una taza de té. Cuando Quinche ya había tomado un par de sorbos y parecía haberse tranquilizado, afirmó:

—Ojalá la hubieras conocido de joven.

—Me habría encantado.

—Seguro que sí.

—Nunca me has contado vuestra historia.

—¿De verdad te apetece oírla?

Anne asintió emocionada.

El rostro de la abogada se iluminó mientras los recuerdos acudían en tropel a su mente con la sola mención del pasado. Y este se puso sus mejores galas para montarse a lomos de sus palabras. Con una sonrisa melancólica, comenzó su relato.

—Corría agosto del año 1929 cuando fui a Ginebra para asistir al V Congreso de la Federación Internacional de Mujeres Universitarias.

Fue allí donde vi a Clara por primera vez.

Ella tenía cuarenta y un años y yo, treinta y tres, y se estableció entre nosotras una conexión inmediata.

No solo compartíamos intereses similares, al ser las dos letradas y hallarnos inmersas en la causa feminista, sino que nuestro carácter también se asemejaba en muchos aspectos, aunque no en todos.

Donde ella era reservada y menos propensa a la euforia, yo exteriorizaba mis sentimientos, tanto positivos como negativos, sin ningún problema.

Sin embargo, a medida que nos fuimos conociendo, el equilibrio nos convirtió en la mejor compañía mutua para los buenos y los malos momentos.

»Tras aquel congreso en Ginebra, le propuse que me acompañara en un pequeño viaje para conocer Suiza.

Pasamos unos días fantásticos durante los cuales nuestra amistad se fue fraguando.

Clara llegó allí convencida de que la situación de la mujer era más avanzada que en España y se llevó una decepción.

El derecho al voto femenino no se lograría hasta 1959, es decir, casi tres décadas después y solo en algunos cantones.

Cuando nos conocimos, a las dos nos quedaba un largo camino por delante.

Uno sembrado de instantes trascendentales que marcarían nuestra historia personal y la de nuestros países.

»La siguiente vez que nos vimos fue en abril del 31.

Clara se encontraba en San Sebastián, adonde se había desplazado para ocuparse de la defensa de algunos de los hombres implicados en la sublevación de Jaca.

Entre ellos estaba su hermano Ignacio. Por lo que me contaba en sus cartas, la forma brutal en la que había sido reprimido aquel alzamiento, que buscaba derrocar a la monarquía e instaurar la República, había conseguido que algo cambiara en la sociedad española.

La presión en las calles terminó obligando al dictador Primo de Rivera a dimitir.

Después se convocaron unas elecciones que justo se celebraron el doce de abril, mientras Clara trabajaba en el caso más difícil de su carrera, intentando salvar a su hermano.

»Fue un momento terrible para ella. Según me confió, durante las visitas a la prisión apenas le habían permitido abrazar a Ignacio y sus encuentros no habían dejado lugar a muchas confidencias.

Las largas jornadas de trabajo concluían para ella con una cena caliente en la pensión y una noche sin descanso, atormentada por imágenes de su hermano siendo fusilado.

Cuando lo supe, comprendí que debía acompañarla durante un trance tan doloroso como aquel.

Además, estaba convencida de que podía ayudarla en su intento de conseguir la amnistía para Ignacio y los otros presos políticos.

Por eso no lo pensé dos veces. Llamé a la casa de la familia Campoamor y Pilar me dio la dirección en la que encontrar a su hija.

»Al llegar al alojamiento tras un día agotador, a Clara le esperaba una sorpresa en forma de telegrama:

»”¿Desayunamos juntas mañana? Te recojo en la pensión a las 8. Antoinette”.

—Debió de ser un reencuentro muy emocionante para vosotras —intervino Anne. Hasta entonces no se había atrevido a interrumpir el hilo narrativo de Quinche, cuya expresión se había tornado jovial y plena de energía mientras le contaba los hechos que su memoria evocaba de forma tan vívida.

—Desde luego que sí... De inmediato supe que mi decisión había sido la correcta.

Ya conocía un poco a Clara y supuse que, hasta entonces, se las había ingeniado para no derrumbarse refugiándose en las leyes y en el pragmatismo propio de nuestra profesión.

No podía permitirse ninguna debilidad, menos aún en un entorno tan tenebroso como aquella cárcel y, como de costumbre, rodeada de hombres.

No obstante, en cuanto nos reunimos, el mecanismo que mantenía su dolor y su miedo bajo control dejó de obedecer y se rindió al llanto.

Nos fundimos en un abrazo de los que diluyen las penas y convierten a dos personas en una sola.

Las dos lo necesitábamos y creo que aquello nos unió aún más.

»El día doce de abril, mientras nuestras ocupaciones no nos dejaban tiempo para pensar en otras cosas, empezaron a llegar noticias confusas desde Madrid. Los resultados de las elecciones municipales no acababan de confirmar si la República llegaría a instaurarse después de años de dictadura.

»Mientras cenábamos en la pensión, la dueña le entregó a Clara un telefonema.

Alarmada, lo leyó y se giró hacia mí: “¡Hemos ganado!”, estalló de pronto con los ojos brillantes.

Nos abrazamos y lloramos juntas en silencio.

Luego, ella subió a la habitación para coger su abrigo y el bolso porque tenía que decírselo a Ignacio.

Yo le comenté que no iban a permitirle verlo a esas horas.

“Me da igual. Si es necesario, lo gritaré desde fuera para que lo oiga”, me contestó.

»En efecto, cuando llegamos no pudimos entrar en la cárcel, pero no éramos las únicas que habíamos acudido allí.

Los familiares de los presos políticos se habían congregado frente a los portones, atraídos por las ilusionantes noticias.

Al fin parecía haber posibilidades reales de que la pesadilla terminara para muchos de los acusados, algunos de los cuales ni siquiera habían participado activamente en la sublevación, por mucho que simpatizaran con la causa.

Mujeres, hombres e incluso algunos niños sujetaban pancartas en las que pedían la libertad para sus seres queridos.

Sin embargo, aún no estaba claro si los resultados electorales significarían una amnistía inmediata.

Según se rumoreaba, el rey Alfonso XIII se disponía a abandonar España, dada la falta de apoyo de la sociedad, aunque la incertidumbre ante la posible reacción de sus seguidores no invitaba todavía a ningún tipo de celebración.