21. Rostros del pasado
R OSTROS DEL PASADO
En cuanto escuchó los golpes en la puerta, Victoria supo que la habían encontrado.
Su huida estaba a punto de concluir. El estruendo resonaba entre las paredes de su cerebro como si este fuera a implosionar.
Gimió y se revolvió en la cama mientras la imagen de una playa se abría paso en su mente.
Reconoció las alambradas que rodeaban aquella extensión de arena frente al mar.
Ante ella desfilaron las caras de los prisioneros, fantasmagóricas, abrasadas por el sol y el viento, con las cuencas de los ojos vacías.
Victoria podía sentir cómo los granos erosionaban su piel mientras los famélicos seres alargaban sus huesudas manos hacia ella.
Para atraparla. Para que no escapara. Cuando sintió que unos dedos de acero le estrujaban la muñeca, miró a su perseguidor.
Chilló con todas sus fuerzas al reconocer su propio rostro en el de aquel preso con aspecto de muerto.
Su grito de terror la despertó. No obstante, ningún sonido debía de haber salido de sus labios, a juzgar por cómo Louise seguía durmiendo plácidamente.
A Victoria le sucedía a menudo desde hacía años; aunque chillara a pleno pulmón y toda ella se tensara por el esfuerzo, sus gritos nunca traspasaban el umbral de sus sueños.
Retornaba del mundo onírico envuelta en sudores y temblorosa, agotada y con ganas de llorar, pese a que todo se hubiera desarrollado en el interior de su cuerpo, donde, como en un escenario, cada noche se representaban las vivencias más aterradoras de su existencia y sus miedos más íntimos.
Y, de algún modo, Victoria lo prefería así.
Eso la libraba de dar explicaciones, de desahogarse con Louise cada vez.
Llevaba dentro su propia cárcel y lo aceptaba, aunque con ello se estuviera condenando a una soledad que podría haber aliviado si hubiera querido.
Se levantó sin hacer ruido y fue al salón. Eran casi las dos y media. Cogió del sofá la manta con la que se cubrían las piernas al anochecer y, después de echársela por encima de los hombros, subió a la terraza.
El viento soplaba con fuerza en las alturas y su aliento frío la confortó.
No se sentó en ninguna de las cómodas butacas o en una de las hamacas que ocupaban gran parte de la superficie.
El lujoso apartamento pertenecía a la madre de Louise Crane, Josephine Porter, mecenas de artistas y una de las fundadoras del MoMA, el Museo de Arte Moderno.
Victoria pasaba algunas temporadas allí, sobre todo cuando la señora Porter se encontraba en alguna de sus otras propiedades.
Aunque no podía negar que le encantaba todo aquello y la vida que se le había abierto de par en par al conocer a Louise, su corazón y su cuerpo menudo llevaban tatuados la necesidad de sobrevivir con lo mínimo y el miedo a perder lo poco que tenía.
Por eso se resistía a dejar su pequeño apartamento en la avenida Lexington, excepto por breves periodos.
Todavía sentía en el pecho el rastro dejado por la reciente pesadilla.
No era la primera vez que soñaba con aquel campo de concentración, pero nunca de un modo tan vívido y aterrador.
Se sentía confusa. Habiendo visto con sus propios ojos los horrores perpetrados por los nazis en diversos lugares, le parecía extraño que su cerebro casi siempre eligiese el mismo espacio, situado en tierras francesas, y que solo había visitado una vez.
Sucedió cuando apenas llevaba unos meses en París.
Adèle de Blonay le había hablado de los campos de internamiento en los que acababan muchos exiliados españoles al atravesar la frontera, tras sufrir todo tipo de vicisitudes en el camino.
El Gobierno galo había decidido construir ese tipo de centros para alojar a los refugiados varones.
En cuanto a las mujeres y los niños, los obligaban a seguir ruta hacia poblaciones del interior del país.
Cuando se le presentó la ocasión de visitar uno de ellos, Victoria no lo dudó ni un instante.
Debía conocer de primera mano lo que le habían descrito.
Un convoy de la Cruz Roja las llevó a ella y a Adèle a Argelès-sur-Mer, una pequeña localidad situada en los Pirineos orientales.
Kent nunca había estado en aquella zona, que la sorprendió por su belleza.
Desde el camión, mientras se aproximaban, vislumbró un mar cuyos destellos la transportaron por unos instantes de vuelta a otra vida.
Una tan lejana que podría no haber sucedido jamás y no ser sino un sueño: los años pasados en su querida Málaga.
La despiadada realidad la devolvió al presente cuando ante ellos apareció el enorme recinto, situado en la misma playa.
Victoria no tardaría en descubrir que lo que en otro contexto podría haber sido un paraje idílico, se había convertido en una trampa mortal para quienes se hallaban allí.
Los soldados de las tropas coloniales francesas apostados a la entrada del campo permitieron a las dos mujeres y a los otros compañeros de la Cruz Roja acceder al interior.
—La exposición a la intemperie y el terreno arenoso forzaron a los primeros residentes a organizarse para construir barracones de madera que los protegieran —le explicó Adèle—. Aun así, como ves no les sirven de mucho.
Victoria observó las rudimentarias construcciones, que le trajeron a la memoria las del frente de Guadarrama.
En ambos casos, las edificaciones habían sido puestas en pie por hombres de todas las esferas laborales: militares, artesanos, vendedores, maestros, camareros...
No obstante, lo que para unos era una endeble defensa frente a los bombardeos y disparos del enemigo, para otros representaba un desesperado intento de mantener a raya a otro tipo de enemigos: la arena, el viento y la humedad.
—Estos hombres tienen muy mal aspecto —afirmó Victoria mientras pasaban junto a los prisioneros que estaban sentados o tumbados en la arena.
—Lo sé, pero no es de extrañar. Seguro que las enfermedades no tardaron en cebarse con ellos a las pocas semanas de llegar aquí. Muchos ya deben de estar ciegos a causa de la arena que se les acumula alrededor de los ojos formando esas legañas.
—Pero... tiene que haber alguien que se ocupe de ellos. Habrá médicos en las instalaciones.
—Por lo que sabemos, no hay enfermería, ni siquiera unas letrinas adecuadas —repuso la suiza—.
Por eso muchos acaban en los hospitales de la zona, si es que no mueren antes.
Además de la falta de una buena alimentación y de las pésimas condiciones sanitarias, padecen los estragos que la arena produce en el cuerpo, como heridas lacerantes y problemas respiratorios, entre otras muchas afecciones.
Victoria no era una mujer fácil de impresionar.
El tiempo que había pasado al frente de la Dirección General de Prisiones y su carrera como letrada la habían curtido.
Se había enfrentado a casos espeluznantes y visto de todo en las cárceles, donde presos y presas eran almacenados como ganado.
Sin embargo, nunca pensó que encontraría en circunstancias similares a ciudadanos que no habían cometido crimen alguno. Aquel día salió del campo desolada.
Ahora, treinta años después y a miles de kilómetros, las imágenes que tanto impacto le habían causado acababan de aflorar a su memoria confabuladas con sus propios temores.
En la pesadilla ella era uno de esos refugiados, uno más de aquellos seres famélicos que la seguían observando desde el pasado. Para que no los olvidara.
Como si pudiera hacerlo.
Tal vez, después de todo, no hubiera conseguido escapar de su encierro en París, del horror de aquellos cuatro años, del peligro constante tras el final de la guerra.
Quizá hubiese muerto en aquel campo francés, o en Auschwitz, o en Ravensbrück, y su vida posterior, la que creía real, no hubiera sucedido.
Estaba agotada de luchar después de presenciar tantas muertes y tal grado de destrucción como había visto.
Y harta de fingir que podía continuar con su existencia a pesar de que se lo habían arrebatado todo.
Su país, su profesión, sus posesiones, la ilusión de regresar a casa, de poder volver a pasear por Málaga o por Madrid en libertad, y la esperanza de que se hiciera justicia tanto en España como en Europa.
Pero lo que más la atormentaba eran las personas a las que había perdido por culpa de la guerra.
Familia, amigos y seres de luz como nunca imaginó que podían existir.
La imagen de una mujer joven logró escapar por una rendija de la memoria.
Y a pesar de tratarse de un semblante hermoso y añorado, Victoria luchó por apartarlo de su mente.
Sabía que, tras la placidez de esa primera instantánea cargada de belleza, llegaría, de forma repentina e inmisericorde, otra...
oscura, dolorosa, incomprensible. Ambas imágenes, que durante años había conseguido ocultar en algún rincón de su cerebro, habían regresado desde la visita de aquella dichosa periodista, sumiéndola en una ciénaga de tristeza.
No entendía por qué algunas personas se empeñaban en remover el pasado, con lo difícil que era dejar atrás ciertas cosas.
El llanto no era un visitante asiduo, pero cuando llegaba resultaba imposible detenerlo.
Ahora zarandeaba sin piedad el débil engranaje en el que se había convertido su cuerpo.
Victoria sacudió la cabeza negando mientras la ira le secaba las lágrimas.
Algunos recuerdos dolían demasiado y, por tanto, era mejor dejarlos cerrados bajo llave.