Donde habita tu reflejo 20. En busca del peligro
58%

20. En busca del peligro

E N BUSCA DEL PELIGRO

—No te asustes al verla. La vas a notar un poco cambiada —le susurró Antoinette mientras la acompañaba escaleras arriba.

Cuando entraron en el dormitorio, Anne comprobó la verdad de las palabras de la suiza. El rostro macilento de Clara las recibió con una sonrisa que evidenciaba su esfuerzo por desterrar el rastro del dolor.

La periodista se acercó al lecho y se sentó a su lado. Se dieron dos besos y la joven la contempló con cariño.

—¿Cómo te encuentras?

—Estoy bien, no dejes que la alarmista de Antoinette te contagie su preocupación.

—Tienes cara de cansada. ¿No quieres que llamemos al médico? O podemos ir juntas las tres.

—De eso nada, jovencita. Estoy de maravilla —insistió mientras se colocaba las almohadas para estar más erguida—. Pero dejemos de hablar de mí. Cuéntame, ¿cómo va todo? Hacía tiempo que no nos veíamos.

—Sí, la verdad es que he estado ocupada, entre la documentación y la reescritura de algunos textos que quería traeros.

—Visitaste el campo de Ravensbrück, ¿no? —preguntó Antoinette.

—Así es.

—Hace varios años estuve en Auschwitz —intervino Clara—. No creo que sea muy distinto de ese otro campo, al menos en lo esencial: el horror que tuvo lugar allí. ¿Puedo preguntarte por qué quisiste ir?

—No lo sé muy bien, supongo que por curiosidad, pero también porque necesitaba verlo por mí misma. No me servían los relatos de otros. Quizá se deba a mi profesión.

—Tal vez... aunque mi respuesta, si me preguntaran, sería similar.

Sospechaba que la única manera de poder hacer la conexión necesaria entre mi cabeza y mi corazón era yendo a verlo con mis propios ojos.

Puede sonar estúpido, pero para experimentarlo con la intensidad que aquellos millones de muertos merecían, debía contemplar el mismo escenario, respirar ese aire, caminar por el suelo que pisaron...

tratar de aunar lo intuido y lo palpable, lo evidente.

Por supuesto, fracasé. Es imposible hacerse una idea mínimamente acertada de lo que sucedió allí.

—Eso sentí yo también —afirmó Anne.

—Claro, porque no somos el tipo de personas que cometerían crímenes tan espantosos.

Nuestra imaginación es poderosa, pero no tanto.

Y eso es bueno, creo yo. No obstante, es vital intentar ponerse en el lugar del otro.

Tratar por todos los medios de comprender lo que pueda estar sufriendo, por muy inimaginable que resulte.

Solo así mantendremos nuestra humanidad a salvo, porque, de otro modo, la acabaremos perdiendo para siempre.

Y si eso ocurre, entonces todos... todos estaremos perdidos.

—Tienes razón, querida —dijo Antoinette—.

Aunque me temo que ese tipo de sentimiento no está tan extendido.

No hay más que echarle un vistazo a los conflictos que suceden por doquier.

Ahora no parece que pueda ocurrir algo tan horroroso de nuevo, pero mi fe en el ser humano ya no es la misma después de dos guerras mundiales.

—A mí me sucede igual, y eso que no he tenido que ver las atrocidades que habéis visto vosotras.

Aun así, cuando visité el campo hubo un momento, mientras estábamos frente al lago donde vertieron las cenizas de miles de cuerpos, en el que casi tuve el convencimiento de que era imposible que algo similar volviera a suceder.

Después de saber lo que sabemos, no podemos cometer los mismos errores.

—O sí... Quién sabe —concluyó Clara—. Lo importante es no olvidar.

—Sí, yo también lo creo. De hecho, he pensado mucho en ello desde entonces.

Se me ha ocurrido algo que quería hablar con vosotras, aunque tal vez no lo consideréis adecuado...

¿Qué os parecería que añadiéramos un apéndice al libro en el que se nombre a tantas personas como sea posible?

Me refiero a víctimas, pero también a quienes colaboraron y se sacrificaron sin que su identidad haya trascendido.

Antoinette fue la primera en responder.

—A mí me parecería bien, aunque tal vez sería complicado contactar con los familiares de quienes perecieron.

—No creo que hiciera falta, existen listados oficiales a disposición de quien los quiera consultar. ¿Tú qué opinas, Clara?

—Es una idea excelente. Así el libro no trataría solo sobre mí. Lo cierto es que el objetivo al escribirlo era que sirviera de homenaje a quienes lucharon por la libertad. De modo que, por mí, adelante.

—Genial —convino la periodista—. Además, creo que sería posible contactar con algunas mujeres que estuvieron en aquel campo y vivieron para contarlo. Durante la visita conocí a la hija de una de ellas, que por desgracia ya murió, pero quizá pueda proporcionarme datos para localizar a otras.

Anne les relató la conversación mantenida con Helen Nowak y las dos mujeres se sorprendieron al saber que Rebeca Goldstein había existido en realidad.

—Me temo que Cecily no debió de inventarse nada, por mucho que lo ficcionalizara de una forma tan eficiente —comentó Antoinette.

Tras asentir, Campoamor se dirigió a Anne:

—Ahora, jovencita, dime, ¿para cuándo crees que podría estar listo el primer borrador?

—Mmm... Supongo que para primavera, si consigo acabar de leer todos los documentos de mi madre.

Estoy redactando los capítulos sobre tu etapa en el Ateneo y la descripción del Madrid de aquella época mientras estudiabas Derecho.

Como de Victoria no tenemos nada más, no sé hasta qué punto merece la pena insertar su material.

Me da la sensación de que quedaría un poco forzado, aislado del resto. Pero tú decides.

—Lo pensaremos con calma... ¿Cómo van mis textos? ¿Te parecen bien? ¿Están escritos correctamente?

—Son maravillosos, Clara. No pienso mover ni una coma.

—Puedes cambiar lo que consideres oportuno, no voy a ofenderme porque me hagan correcciones necesarias.

—Estoy disfrutando mucho del relato de la segunda etapa de tu exilio en Argentina. De hecho, me has tenido en vilo mientras leía, como si se tratara de una novela de suspense.

—Clara sabe cómo mantener la intriga —dijo Antoinette con deliberado retintín.

Las tres rieron a gusto.

—¿Por dónde vas? —inquirió la madrileña.

—Lo último que he leído fue sobre aquel individuo al que seguiste, el tal Cánovas. Debiste pasar mucho miedo.

—Desde luego, pero yo misma me lo busqué por incauta. Lo peor de todo es que él acabó muerto por mi culpa.

—No digas eso, querida; de no ser por aquella mujer, te habría matado sin dudarlo.

—Quién sabe... Quizá no lo hubiera hecho.

—Por lo que escribiste, no parecía que fuera a dejarte escapar. Así que no le des más vueltas. Todo acabó bien y eso es lo importante.

—Bueno... —Clara hizo un mohín tras oír las palabras de Anne mientras ladeaba la cabeza de un lado a otro—. No tan bien; tu madre estaba enfadadísima. Incluso voló hasta Buenos Aires para decírmelo a la cara.

—¿En serio? Pues los enfados de mi madre eran épicos. ¿Me cuentas qué pasó?

—Durante los días siguientes, volví a la rutina mientras intentaba no pensar demasiado en lo ocurrido, lo cual no resultaba fácil dadas las circunstancias.

Las pesadillas me martirizaban cada noche, cuando el rostro de aquel hombre me visitaba sin falta.

Unas veces era él quien moría, como había sucedido en realidad; otras, yo.

Podía sentir de una forma tan intensa cómo la vida me abandonaba después de recibir un disparo en el pecho que me despertaba temblando y aterrorizada.

Lo veía todo como en una película que se estuviera desarrollando a cámara lenta.

El impacto de la bala, el dolor agudo al penetrar mi piel y alcanzar órganos vitales y, sobre todo, el modo sutil en que una simple gota de sangre comenzaba a aflorar en mi camisa blanca.

Poco a poco, iba agrandándose, empapando el tejido, al principio como si fuese una rosa, luego cubriéndolo todo de carmesí.

»Debía sobreponerme y aceptar las consecuencias de mis actos. Sabía que, tarde o temprano, alguien contactaría conmigo para comunicarme el cese de mis actividades con el MI6. No obstante, no esperaba encontrarme frente a frente con Cecily Bishop.

»La agente había volado hasta Buenos Aires aprovechando que tenía asuntos que atender en Nueva York y México, según me dijo.

Quedamos en los muelles, como indicaba la nota que me emplazaba a reunirme con alguien de los servicios secretos.

En cuanto la vi, supe que venía a hacer lo que me había estado temiendo durante los días anteriores y, en cierto modo, me alegré de que fuera ella quien se encargara en persona. Era lo justo.

»—Clara, espero que entienda que ese día su actuación pudo costarle la vida.

No debe inmiscuirse en nada para lo que no le hayan dado instrucciones precisas.

Esto es muy importante si queremos mantenerla a salvo.

De otro modo, no podremos protegerla. Esta vez hubo suerte porque la agente Schultz la estaba vigilando...

No quiero ni pensar cómo podría haber acabado todo.

»—De verdad que lo siento —insistí infinitamente avergonzada.

»—Además, recuerde que se lo prometimos a la señorita Quinche.

»—Yo se lo prometí, y lo cumpliré —añadí, algo molesta, ante su mención de Antoinette, cuando la decisión de que yo regresara a Argentina no había sido tomada por ninguna de nosotras dos, sino por ella—.

Sé que metí la pata y lo lamento muchísimo, pero no por mí, sino por aquel hombre.

Si no me hubiera entrometido, no habría acabado muerto.

»—Las compañías que frecuentaba ese tipo son muy peligrosas. Me temo que tarde o temprano habría ocurrido.

»—¿Por qué lo dice?

»—¿Recuerda al hombre que iba con Cánovas?

»—Sí... ¿Saben quién es?

»—Helmut Zimmer, capitán de la Oficina Central de Seguridad del Reich.

—La miré estupefacta—. Después de que los Aliados liberaran Francia en agosto, muchos miembros del Tercer Reich y quienes habían colaborado para asegurar el avance de las tropas de Hitler por toda Europa comprendieron que, con el fin de la guerra, se les iba a acabar la impunidad.

Así que los nazis llevan ya un tiempo enviando a otros países a agentes encargados de establecer toda una red que facilite su huida.

Cánovas, en particular, trabajaba para la red germano-española que los ayuda a escapar a Argentina y les consigue una nueva identidad y un lugar en el que esconderse.

»—¿Aquí?

»—En realidad por todas partes, pero especialmente en Buenos Aires, donde ya cuentan con un gran apoyo desde hace años.

Zimmer es uno de ellos y gracias a Cánovas ese día logró escapar.

Al registrar el cuerpo del español encontramos varios pasaportes.

Uno era el que le iba a entregar a Zimmer para que pudiera adoptar una nueva identidad.

Me temo que su presencia allí, Clara, frustró sus planes.

Ahora estamos intentando dar con su rastro, lo que, seguramente, nos llevará hasta muchos otros criminales huidos.

»—¿Lo ve factible?

»—Siendo realistas, resultará complicado encontrarlos a todos. Los asiste mucha gente. La ruta que pasa por España es una de las que más nos preocupa.

»—Mi querido e influenciable país... —musité, devastada.

»—No es de extrañar, considerando el respaldo que Hitler le dio a Franco.

Están en deuda con los alemanes y estos se asegurarán de que les devuelvan los favores.

Pero no son los únicos. Hay indicios de rutas por Italia e incluso por Dinamarca y Suecia.

Sabemos que aún no están muy bien organizados, lo que hace también más difícil localizar a sus colaboradores, pero lo conseguiremos.

»—Debemos impedir que se vayan de rositas.

»—Eso no lo he entendido...

»—Perdón, a veces se me olvida que no es usted española. Quería decir que no podemos permitir que escapen del castigo que merecen.

»—Y no lo harán. Sobre todo, porque tenemos a agentes tan valiosos como usted...

»—¿No van a expulsarme o lo que sea que hagan con quienes no valemos para esto? —Para mi desconcierto, se echó a reír.

»—Por supuesto que no, Clara. ¿Cómo vamos a dejarla marchar? De hecho... —Por su expresión, empecé a sospechar que tramaba algo. Y no me equivocaba—. Lo he estado pensando mientras venía hacia aquí... Pero primero quiero preguntarle algo.

»—Usted dirá.

»—¿Tuvo mucho miedo en aquellas vías? —La miré perpleja.

»—Estaba aterrada... ¿Cómo iba a ser de otra forma?

»—Entonces no querrá pasar por algo así jamás.

»—¿Eso es una pregunta? —asintió y me di cuenta de que no tenía una respuesta.

»—Se lo voy a decir sin “trapujos” —prosiguió.

»—Sin “tapujos”.

»—Perdón... Se lo diré sin tapujos: ¿quiere regresar a Europa y olvidarse de todo lo que le he contado?

»—No sería capaz de hacerlo —afirmé con rotundidad.

»—¿Incluso si, a partir de ahora, se ve expuesta a peligros como el de hace unos días?

»Tragué saliva. La imagen de Antoinette, con su tono de preocupación cada vez que hablábamos por teléfono y su insistencia en que tuviera cuidado... Pero no pude evitarlo.

»—No voy a abandonar.

»—Pues, Clara, ya que hemos encontrado a Zimmer gracias a usted, lo justo es que siga colaborando con nosotros para atraparlo, si le parece bien. Pero no tema, que no estará sola. La agente Schultz se quedará por aquí unas semanas más.

»—Por su aspecto y su acento, supuse que era alemana.

»—Sí, es otro miembro muy valioso de nuestro equipo. Lleva dos años trabajando para el MI6, infiltrada en la comunidad alemana bonaerense. Puede contar con ella para lo que quiera, ya que se cruzarán con frecuencia por el bar Iberia.

»—De acuerdo.

»—Estaremos en contacto, señorita Campoamor. Cuídese mucho, ¿me oye?

»—Un momento... —La detuve antes de que se alejara—. ¿Por qué no ha enviado a alguien para echarme este rapapolvo? Para regañarme —aclaré, por si no conocía la expresión.

»—¿Y perderme el placer de hacerlo yo? —Sonrió—. Además, me siento responsable de usted y, si le ocurriera algo, nunca me lo perdonaría. Así que prométame que no se pondrá en peligro si no es absolutamente necesario.

»Y se lo prometí.

Cuando Campoamor concluyó su relato, Anne suspiró con una sonrisa complacida antes de decir:

—No acabo de acostumbrarme a oír estas cosas sobre mi madre. De algún modo, estás creando una imagen desconocida de ella que me encanta... No sabes cuánto te lo agradezco, Clara.

—No hay nada que agradecer. Cecily era todo un personaje, aparte de una mujer maravillosa, y me encanta poder compartir contigo estos recuerdos.

—Estoy deseando continuar la lectura de vuestros textos para saber más de aquel periodo.

Pero ahora no tengo tanto tiempo. Mi jefa, que parecía haber aceptado que fuera a tomarme unos meses más, insistió hace unas semanas en que me reincorporara, aunque fuese a tiempo parcial.

Y me temo que no tiene muy claro lo que significa «parcial».

Ya me ha encargado varios artículos, por eso no he podido avanzar tanto con el libro como me habría gustado.

Pero os prometo que lo tendremos listo lo antes posible.