19. Un disparo en la noche #3
—Si le sirve de algo, no sé cómo se llama, así que no podría denunciarlo aunque quisiera —conseguí decir después de tragar saliva.
—Antonio Cánovas de Berenguer. —El nombre no me decía nada—. Y yo que creía que nunca volvería a verte. Me has dado la alegría de mi vida...
—Así que me ha reconocido —respondí, comprendiendo a qué tipo de alegría se refería. La de poder eliminarme.
—Por supuesto... Clara Campoamor. Te creías muy lista porque te dejaron jugar a ser diputada durante un tiempo.
Te permitieron salirte con la tuya para darles el voto a otras inútiles como tú.
Total, para lo que os ha servido... Ahora volvéis a estar donde Dios manda: en la cocina y calladitas, como debe ser. Y ya nadie se acuerda de ti.
¿Cuánto veneno podía contener el corazón de un ser humano?
Y, lo que más me sorprendía, ¿qué había hecho yo para merecerlo?
Porque lo de haber logrado el voto femenino no era más que una excusa.
El odio cerval que aquel y muchos otros hombres nos profesaban a las mujeres no había surgido de la noche a la mañana; era algo madurado y alimentado durante siglos.
—Me temo que se equivoca usted —me atreví a decir—. Yo nunca he deseado pasar a la historia ni el reconocimiento de los demás. Tan solo quise que se hiciera justicia.
—Pues si es justicia lo que quieres, eso es lo que vas a tener.
Al sentir que la presión sobre mi nuca se aliviaba, no lo pensé más y me giré hacia él.
Aquel tipo, de escaso pelo y ojos oscuros, me estaba apuntando a la cara.
En su expresión, el desprecio y algo que parecía temor, supongo que por lo que se disponía a hacer, se turnaron para conferirle un aspecto de demente.
Su mirada desorbitada recorría mi rostro como si buscara en él al enemigo formidable que, obviamente, yo no era.
Noté cómo su antebrazo se tensaba. Estaba a punto de apretar el gatillo.
Cerré los ojos y aguardé a que llegara la detonación.
En un acto reflejo, Anne se llevó una mano a la boca como si en verdad estuviera presenciando la escena. Con el aliento contenido siguió leyendo.
Los segundos transcurrieron con una lentitud inusitada mientras esperaba recibir el balazo que acabaría conmigo.
Una vez más, la muerte exhalaba su pestilente aliento sobre mí, como me había sucedido a bordo de aquel buque alemán años atrás.
No obstante, en esta ocasión tuve una sensación distinta.
Me pareció que todo se detenía a mi alrededor y los recuerdos me envolvían para acompañarme en ese último viaje que estaba a punto de emprender, lejos de todo y de todos.
Incluso de mí misma. Mi propia ausencia tejió en torno a mí un círculo de calma que me protegía de la oscuridad.
Me hallaba en un estado inusual de paz. Libre del yugo del miedo, me sentía preparada para partir cuando aquella bala quebrara mi existencia, que se había prolongado durante cincuenta y seis años.
Sin embargo, solo escuché un ruido amortiguado y un golpe seco.
Unos segundos después, abrí los ojos y lo que vi me dejó de piedra.
Aquel desgraciado yacía en el suelo. Su mirada, perdida y opaca, era la de un muerto.
La vida se le había escapado por el agujero que horadaba su sien.
Me giré, a un lado y a otro, en busca de la respuesta al nuevo enigma.
Una figura oculta entre las sombras avanzó hacia mí hasta situarse bajo el tenue haz de luz que se filtraba entre dos vagones. Una mujer rubia, ataviada con un vestido y unos zapatos, llevaba en la mano un arma. En su extremo reconocí un silenciador.
—¿Quién es usted? —me aventuré a preguntar, sin saber siquiera si era amiga o enemiga. Su aspecto hizo que el corazón se me acelerara. ¿Sería una agente del Tercer Reich? Pero... ¿por qué me había salvado la vida?
Sin responder, caminó hasta el hombre y le cerró los párpados en un gesto que me sorprendió. Después se volvió hacia mí.
—Usted no debería estar aquí. Se ha puesto en peligro sin ninguna necesidad y me ha forzado a exponerme.
Me sentí como si me hubiera abofeteado, pero tenía razón. Había actuado como una estúpida y una irresponsable. Si tan solo lo hubiera pensado dos veces y le hubiese comentado mis sospechas a alguien de los servicios secretos, quizá nadie habría muerto esa noche.
—Lo lamento, no pretendía... Reconocí a este hombre, a quien ya había visto en España, y estaba convencida de que tramaba algo.
—Pues ha tenido suerte de que Cecily Bishop me encargara que no la perdiera de vista. Ahora debe marcharse. Su acompañante no puede estar lejos.
Me quedé sin habla al oír aquello y solo acerté a decir:
—Muchas gracias por salvarme.
Acababa de conocer a la agente Schultz, aunque su nombre solo lo averiguaría después.
Me alejé a toda prisa, avergonzada y con la dolorosa sensación de haber puesto en riesgo mi colaboración con los servicios secretos.
Después de semejante metedura de pata, era poco probable que volvieran a confiar en mí.