19. Un disparo en la noche #2
Mi intuición o mi cabezonería me decían que esos tipos ocultaban algo.
El acompañante del español tenía un aspecto corpulento, era bastante más alto que él y un bigote espeso cubría su labio superior.
Su cabello parecía rubio oscuro o pelirrojo, no habría podido decir cuál de los dos a ciencia cierta, debido a que ya estaba anocheciendo.
Me situé a bastantes metros, como me habían enseñado durante el entrenamiento, para evitar que detectaran mi presencia si se daban la vuelta.
De lo contrario, corría el riesgo de que aquel hombre esta vez sí me reconociera.
Tonta de mí... yo no creía haber cambiado mucho en esa década, pero los kilos que había engordado y el gris que veteaba mis cabellos desde hacía años me contradecían.
Habíamos recorrido ya varias cuadras, como dicen en Argentina, y ellos continuaban a un paso cada vez más rápido.
Debía acelerar un poco si no quería perderlos de vista.
Habían atravesado la calle para meterse por una más estrecha que partía de la avenida.
Tuve que esperar porque venían varios vehículos por ambos lados.
Cuando conseguí cruzar me asusté. Habían desaparecido.
Corrí hacia la siguiente bocacalle. Nada.
No había rastro de ellos. Enfadada conmigo misma, maldije mi torpeza y mi falta de agilidad.
¿A quién quería engañar? No era una espía ni lo sería nunca.
Tan solo una mujer madura, por no decir vieja, que no podía evitar entrometerse a causa de su indomable curiosidad.
Y, aun así, me resistía a claudicar tan fácilmente.
Corrí hasta la siguiente calle y hasta la de después...
¡Allí estaban! Debían de haber acortado por los callejones paralelos a la avenida.
Me mantuve a cierta distancia mientras se hacía cada vez más de noche y las aceras se vaciaban de gente.
No se volvieron ni en una sola ocasión, de manera que supuse que aquella sabandija no había reparado en mí ni mucho menos sospecharía que los pudiera estar vigilando.
De cuando en cuando, no me quedaba más remedio que trotar para cubrir los tramos entre una calle y otra y ver qué dirección tomaban.
Ya hacía media hora que caminábamos y no parecían tener intención de entrar en ningún sitio.
Tuve entonces un mal presentimiento, pero no me decidía a olvidarme del asunto.
Había algo muy raro en que dos hombres se reunieran y no intercambiaran palabra alguna en un trayecto tan largo como aquel. Al menos yo no los había visto hacerlo.
De pronto comprendí hacia dónde se dirigían. Muy cerca de allí se encontraba la estación Constitución. Debían de ir a coger un tren, por lo que no tendría sentido continuar persiguiéndolos. Sin embargo, cuando llegaron a la entrada, pasaron de largo. ¿Dónde demonios iban?
La penumbra me permitió acercarme un poco más para no perderlos.
Apenas había una decena de personas en las inmediaciones, de modo que me aproximé a la fachada de la estación, donde las sombras me mantendrían a salvo en caso de que se giraran.
Continuaron por detrás del edificio y, para mi sorpresa, salieron hacia la zona de las vías.
Aquello estaba tomando un cariz que no me gustaba nada.
He de confesar que empecé a sentir cierto miedo al no tener ni idea de a dónde me encaminaba.
Una vez más, me estaba exponiendo al peligro sin que en esta ocasión nadie me lo hubiera pedido.
¡Estúpida de mí! Pero qué le iba a hacer.
Necesitaba saber qué ocultaban esos hombres.
Apreté el paso y descendí a las vías, tal como habían hecho ellos.
La oscuridad era completa y me costó acostumbrarme a la poca luz que se filtraba entre los vagones estacionados.
Era una noche clara y, por suerte, podía distinguir lo mínimo para seguir avanzando, aunque tuve que desviar la mirada hacia el suelo para evitar tropezar.
Cuando la alcé de nuevo, me di cuenta de que ya no estaban allí.
Los había perdido después de todo. Maldije para mí misma.
Decididamente, era un desastre como espía.
Tras unos segundos de indecisión, me dispuse a dar la vuelta para marcharme, pero me detuve al notar que algo me presionaba la nuca.
—Ni se le ocurra moverse —dijo una voz a mi espalda.
De inmediato supe que había caído en una trampa.
Debían de haberse escondido para rodear luego los vagones situados a mi derecha y retroceder.
Por supuesto, no tenía la menor intención de volverme, segura de que lo que aquel hombre estaba apoyando en mi cogote era una pistola.
De modo que así era como iba a terminar todo para mí.
Acabaría tirada en unas míseras vías con un disparo en la cabeza.
Allí concluiría la historia de Clara Campoamor.
O quizá incluso me quitaran la documentación y nadie supiera jamás que había muerto.
Podía leer mi epitafio: «Murió por idiota y por cotilla»...
Pero me negaba a aceptar un final tan estúpido y sin sentido.