19. Un disparo en la noche
U N DISPARO EN LA NOCHE
El bar Iberia, situado en la esquina entre avenida de Mayo y Salta, era punto de reunión para los republicanos españoles refugiados en Buenos Aires.
Casualidades del destino —o quizá no—, frente a él se encontraba también el bar Español, frecuentado por franquistas, de modo que parecíamos vivir inmersos en una metáfora bromista de la vida.
Aquella circunstancia propició más de un altercado entre los asiduos a ambos locales que, por fortuna, en la mayoría de los casos se zanjaron sin heridos.
Aun así, en alguna ocasión volaron sillas y otros objetos de un lado a otro de la calle, si bien yo no llegué a presenciarlo.
En el salón del Iberia se compartían penas, confidencias y tragos nostálgicos aderezados con noticias de nuestro país, que precipitaban el ánimo de la clientela hacia la zozobra y la desazón.
Por mi parte, durante mis primeros años de estancia apenas había entrado allí un par de veces.
No obstante, tras regresar de Europa después del entierro de mi madre, me convertí en una habitual, pese a que la melancolía evocada por los recuerdos del café Lavaux y la figura de Antoinette, a quien imaginaba sentada en una de sus mesas sin mí, me daba ganas de echarlo todo por la borda y regresar a Lausana.
Mi actividad durante esa segunda etapa en Buenos Aires guarda bastante semejanza con la duplicidad, ya mencionada, que he sentido en mi interior muchas veces en relación con mi hermana fallecida.
Era como si realmente me estuviera desdoblando en dos versiones de mí misma que se simultaneaban sin que nadie, excepto algunas personas, estuvieran al tanto.
Por un lado, me interesaba ofrecer la imagen de una exiliada que ya no quería saber apenas nada de la política y que se había conformado con su nueva vida en aquel país.
Con tal fin, intenté mantener un perfil bajo, aunque de vez en cuando todavía escribiera publicaciones para algunas revistas y periódicos, y participara en proyectos culturales en la Universidad de la Plata.
Por otro lado, me había convertido en una agente secreta que actuaba bajo la cobertura de personal diplomático para moverme con libertad y reunirme con informantes dentro de las comunidades germanas.
Mis principales funciones eran obtener datos sobre las actividades de ciudadanos alemanes afines al régimen nazi y sus simpatizantes, y contribuir a mapear la red de contactos de hombres de negocios que mantenían relaciones con el Tercer Reich.
A mi primera misión en la Embajada del Reino Unido, de la que salí bastante asustada, pero con la ilusión de haber comenzado una etapa emocionante, le siguieron algunas más.
Por ejemplo, ayudé a dos espías ingleses, que se ocultaban bajo la identidad de un funcionario y su esposa, a huir de Argentina cuando sus verdaderos nombres quedaron al descubierto.
Nunca pensé que se me daría tan bien aparentar ser torpe, de modo que pudiera obstruir el paso y confundir a los agentes que los vigilaban.
Cuando se me informó de que ambos habían regresado a Inglaterra sanos y salvos, en parte gracias a mí, me sentí aliviada y útil.
En otra ocasión, me encargué de fotografiar a los colaboradores que se reunían cerca de los muelles para facilitar la entrada de algún alemán recién llegado.
Gracias a eso se pudieron realizar varias detenciones.
Y hubo más misiones. Por suerte, nadie le prestaba atención a una mujer de cincuenta y tantos años.
Si Antoinette hubiera podido verme se habría sentido orgullosa y también se habría reído a gusto al ver mi expresión intencionadamente despistada e inocente para pasar desapercibida en algunas de aquellas situaciones.
Anne tomó un sorbo de café mientras imaginaba a Clara Campoamor inmersa en su papel de espía.
Los riesgos que había corrido eran mucho más serios de lo que, en principio, parecía haberse acordado.
La propuesta de Cecily sonaba bastante más trivial, como una mera participación exenta de todo peligro, aunque lo que había leído hasta el momento de la mano de Clara resultaba turbador.
Pensar en ella, ya bien metida en la cincuentena, escondiéndose y exponiéndose de aquella forma le generó cierto resquemor hacia su madre.
Cuántas mujeres y hombres habrían muerto prestando sus servicios a los gobiernos que luchaban contra el fascismo y el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial sin que sus nombres hubieran pasado a la historia.
Tomó otro trago mientras cuajaba en su mente el propósito de elaborar un buen prólogo para el libro de Clara, en el que se le hiciera justicia a tantas de esas personas como fuera posible.
No en vano, habían contribuido casi en la misma medida que los más valientes soldados para lograr la paz que reinaba en Europa desde entonces.
Me gustaba el ambiente que se respiraba en el bar Iberia entre semana, cuando menos gente había.
Un día, a mediados de noviembre, me encontraba trabajando en un texto para una publicación que me habían ofrecido.
Concentrada, intentaba hilar la siguiente frase, que se me resistía de forma irritante.
Mis ojos enfocaban la ventana sin prestarle atención a nada mientras yo buscaba las esquivas palabras.
De pronto, una cara me desconcentró, trayéndome de vuelta a lo que me rodeaba.
¿De qué conocía al hombre que acababa de entrar en el bar Español?
Sabía que lo había visto antes, pero no en Buenos Aires.
Tenía la sensación de que había sido en Madrid, aunque no conseguía ubicarlo.
Estaba casi segura de haberme cruzado con él en más de una ocasión.
Perdidas para siempre las palabras que compondrían la frase inacabada, dejé a un lado el cuaderno y tomé un trago de agua.
Mientras mi mirada se escapaba de tanto en tanto hacia el local de enfrente, con la esperanza de que aquel tipo volviera a salir y, al verlo, diera de una dichosa vez con el recuerdo que me permitiera identificarlo, no me percaté de que en el Iberia había otra persona que observaba con atención a alguien.
A mí.
Se trataba de una mujer muy rubia y con ojos de un azul intenso.
Ubicada en una esquina, a mi espalda, podía contemplar desde una posición muy discreta a toda la clientela, si bien solo parecía interesarle yo, aunque esto lo supe después, claro.
Cómo iba yo a darme cuenta, con lo entretenida que estaba intentando resolver mi propio enigma.
Si hubiera reparado en ella, quizá habría oído cómo le respondía al camarero en un castellano con acento extranjero, aunque no habría sido capaz de identificarlo como alemán.
De pronto, surgió la chispa de un recuerdo.
No pude ponerle nombre al individuo, pero sí supe dónde nos habíamos visto.
Fuera del Congreso, durante el tiempo que fui diputada.
No era extraño que, a la salida de las sesiones parlamentarias, los miembros de los partidos de izquierdas fuéramos confrontados por seguidores radicales de las formaciones de derecha.
Con pancartas en la mano y su llamativa insignia del yugo y las flechas cosida en la camisa, se dedicaban a insultarnos y gritar lemas que después, por desgracia, he oído repetidos, casi palabra por palabra, en boca de sujetos leales tanto al franquismo como a la ideología nazi.
Estaba segura de que aquel hombre me había dispensado no solo insultos, sino burlas cuando perdí mi acta de diputada.
Su imagen sujetando una caricatura de Victoria Kent y mía regresó a mí para volver a indignarme más de una década después.
Mi memoria seguía funcionando como antes y respiré aliviada al constatarlo.
No obstante, descubrir que aquella alimaña se hallaba también en Buenos Aires, donde tantos de nosotros, los defensores de la República, habíamos acabado exiliados, me revolvió el estómago.
Intenté calmarme y pensar en otra cosa. Retorné a mis notas y redacté un par de oraciones sin pies ni cabeza que acabaron en la papelera.
Ese tipo me había arruinado el día. Y lo peor era que en mi mente habían comenzado a dispararse las hipótesis sobre qué estaría haciendo en Argentina.
No puedo evitarlo, soy así. Cuando una idea nace en mi cerebro, soy incapaz de dejarla marchar como una nube pasajera.
Al contrario, necesito atraparla y entretejer con ella todo un tapiz de posibilidades que expliquen el hecho que dio origen a dicha idea.
Supongo que nos pasa a quienes tendemos a obsesionarnos con los detalles, como me decía Miguel.
Ay, mi querido Miguel, si hubieras podido verme entonces, complicándome la vida una vez más.
Aún inmersa en mis cavilaciones, lo vi salir del bar en compañía de otro hombre.
Como si supiera que lo estaba observando, dirigió la mirada hacia la ventana que se interponía entre él y yo.
Nuestros ojos coincidieron solo unos segundos, durante los cuales habría podido jurar que su expresión cambió.
¿Me habría reconocido él también? Sin embargo, giró la cabeza y continuó caminando como si nada.
Nunca sabré qué me llevó a hacerlo, aunque puede que se tratara de mi nueva faceta como colaboradora de los servicios de espionaje. Sabe Dios. El caso es que me fijé en la dirección que tomaban y, a continuación, recogí mis cosas a toda prisa y me marché tras ellos.