18. El horror
E L HORROR
El traqueteo resultaba muy incómodo. Aquel tren debía de ser uno de los pocos que quedaban en Europa de los tiempos de la guerra.
La dureza del asiento y las manchas de suciedad alimentaban las ganas de Anne Bishop de llegar a la estación de Fürstenberg.
Miró por la ventanilla mientras la débil luz, que apenas conseguía atravesar las nubes, revelaba un paisaje boscoso donde abundaban los lagos y escaseaban las construcciones.
Aunque el trayecto duraba poco más de una hora, le dolía el cuerpo del madrugón, que la había arrancado de la cama a las cuatro de la mañana para coger el avión que la llevaría de Londres a Berlín Occidental.
A las ocho ya habían aterrizado en Tempelhof, desde donde una furgoneta los trasladó hasta el Checkpoint Charlie, el lugar de paso a Berlín Oriental más habitual para los extranjeros.
Allí, los ocho periodistas debían enseñar su pasaporte y el visado a los militares que protegían aquel inquietante punto de unión y separación de Alemania, situado a unos metros del muro de cuarenta y cinco kilómetros que dividía la ciudad en dos.
Casi sesenta minutos después, dejaron atrás el enorme cartel que advertía, en varias lenguas, que estaban abandonando el sector americano.
Cuando el tren por fin llegó a su destino, los viajeros descendieron en busca del autobús que les evitaría caminar los dos kilómetros de distancia hasta el memorial.
Durante el trayecto, Anne trabó conversación con una de las periodistas, que trabajaba para un diario de Chicago.
Se llamaba Helen Nowak y, según le contó, su madre, una judía de origen polaco, era una de las supervivientes del horror que los nazis, como una bestia sedienta de sangre, habían desatado allí.
La guía que el Estado les había asignado, una mujer de mediana edad con el pelo recogido en un moño, de gesto adusto y ataviada con un uniforme gris, se dirigió a ellos en un inglés tosco para darles una fría bienvenida y enumerarles las reglas.
Después anunció que el recorrido duraría dos horas y les recordó que la visita estaría supervisada en todo momento.
Anne sacó la cámara que llevaba, aunque la funcionaria les advirtió que solo podrían tomar fotos de determinados espacios.
Según le había confiado en voz baja Helen, durante su breve estancia no iban a contarles muchas de las cosas que habían trascendido a través de los testimonios de las supervivientes ni de los Aliados, sino que iban a escuchar un relato pasado por el filtro comunista, sin acceso a ningún tipo de archivo o áreas restringidas.
Lo que les ofrecían era una simple muestra que tendría que bastarles para regresar a sus países con una imagen fraccionada de lo que en realidad había ocurrido en aquel lugar menos de treinta años atrás.
Anne se preguntó si la guía trabajaría para la Stasi, tal como le previno Connolly que podría suceder.
No habría sido de extrañar que la policía secreta de la RDA vigilara a los extranjeros que se adentraban en su territorio.
Al verla echar a andar, los visitantes dieron por sentado que debían seguirla, aunque ni siquiera se había molestado en decirlo.
Dejaron a su derecha el lago Schwedt, desde cuyas orillas se avistaban algunas embarcaciones de recreo, y se encaminaron hacia el muro.
Los extensos tramos que perimetraban el área del inmenso complejo y que aún quedaban en pie seguían coronados por restos de alambrada.
Tras atravesar el lugar donde en el pasado se erguía una puerta que ya no existía, Anne se detuvo.
El silencio sepulcral y la calma de aquel espacio natural no delataba en absoluto el martirio que miles de seres humanos habían sufrido en su interior.
Trató de imaginar cómo debía de ser mirar a tu alrededor y no ver más que esa pared de ladrillos y cemento, aunque les acabaran de comentar que las presas se movían entre los distintos módulos e incluso eran obligadas a ir hasta el lago para cortar juncos.
La posibilidad de contemplar la bucólica estampa más allá del contorno del campo, por el simple hecho de hacerlo, no habría existido para los ojos de aquellos seres humanos extenuados y privados de su dignidad.
Más tarde, cuando los visitantes pudieron acercarse a la orilla, el encanto del paisaje quedó arruinado por una sombra negra, inmensa, al serles revelado que aquellas aguas habían sido el destino de las cenizas de millares de personas calcinadas en los hornos de Ravensbrück.
Dentro del perímetro quedaban pocas construcciones de la época que no hubieran sido demolidas, si bien en algunos puntos todavía se podía observar la línea que delimitaba los barracones.
El grupo de periodistas entró en los antiguos talleres donde las reclusas llevaban a cabo sus brutales jornadas de trabajo y Anne no pudo reprimir un escalofrío al recordar la escena relatada por su madre.
Además, quedaban en pie otros edificios, como el cuartel general de las SS durante la guerra y la prisión, a la que en su momento se denominaba también búnker.
Al final del recorrido, llegaron al crematorio.
Anne Bishop sintió cómo se le aceleraba el corazón al contemplar las bocas abiertas de los hornos.
Negras, abismales, dispuestas a engullir los cuerpos esqueléticos y enfermos, los pellejos y huesos en los que se convertían las personas que habían acabado en Ravensbrück.
Después, aquellas bestias de fuego y carbón vomitaban los restos.
En los días de viento, su soplo habría arrastrado las cenizas y las habría elevado hacia el cielo, embarcadas en el humo negruzco que salía por la chimenea.
Aquel era el último viaje para millares de seres humanos reducidos a polvo.
Cuando Anne apartó los ojos, su mirada se encontró con la de Helen Nowak, brillante y furibunda.
De vuelta a la estación de tren, las dos mujeres caminaron juntas por el andén mientras el resto del grupo avanzaba por delante de ellas.
—¿Te importaría hablarme de tu madre? —le preguntó la periodista británica.
Helen la observó un instante y siguió andando varios metros en silencio.
De improviso, se detuvo y se puso a buscar algo en su bolso.
Sacó una cartera y, de su interior, dos fotografías.
Una en blanco y negro, en la que el rostro de una mujer que no superaría los veinte años sonreía a la cámara.
En la mano derecha llevaba un arco y en la izquierda un violín.
La otra instantánea, en color, mostraba a dos personas.
Una era la misma mujer de antes, aunque su semblante denotaba el paso del tiempo.
Estaba sentada en un sillón y su hija, Helen, sobre el reposabrazos.
Las manos de ambas se habían entrelazado en una imagen que debía de haber sido captada recientemente.
—Se llamaba Zofia Nowak. Murió hace dos años.
—Lo siento mucho —dijo tras devolverle las fotos.
—Se ganaba la vida como música antes de la invasión nazi.
Anne tragó saliva al escucharlo. ¿Sería posible que aquella mujer fuera la misma cuya historia había narrado Cecily?
¿La que había acabado en la enfermería sometida a los experimentos del doctor Gebhardt?
Quizá en ese caso la agente sí hubiera decidido preservar su anonimato tras el apelativo de Rebeca Goldstein.
—Sí... —respondió Nowak sorprendida cuando le preguntó si le sonaba el nombre—. Estuvo aquí.
—¡Dios mío! —exclamó Anne, sin poder creer lo que acababa de oír.
—Mi madre y ella fueron compañeras de barracón. Se conocieron al poco de llegar al campo. Por desgracia, Rebeca no salió viva de aquí. Murió a causa de una infección.
—Lo sé...
La expresión confusa de Helen la obligó a revelarle lo que sabía gracias al relato de Cecily. Estupefacta, la periodista americana asintió cuando Anne terminó.
—Todo lo que se cuenta ahí es cierto. Pero ¿dónde lo has leído?
—En un informe sobre los crímenes cometidos aquí durante la guerra. —Prefirió no entrar en detalles para no desvelar ningún dato sobre Cecily y se limitó a decirle que estaba realizando un trabajo de investigación para un artículo.
—No me importaría leer ese informe. Es posible que mencionen a mi madre.
—Me temo que no, al menos en lo que he visto hasta ahora. Pero hagamos una cosa... —Sacó la libreta de la mochila y arrancó una hoja. Después se la dio, junto con un bolígrafo—. ¿Por qué no me escribes tu nombre y un teléfono donde localizarte, por si acaso encuentro algo sobre ella?
—Claro. —Se lo devolvió al acabar—. Por lo que me contó, presenció verdaderas salvajadas, de las que me habló solo tras insistirle mucho... Niños destrozados por perros, bebés estrellados contra la pared... Y supongo que prefirió no compartir conmigo muchas otras cosas.
—Lo que no sé es cómo sobrevivió a todo eso.
—Por voluntad y por orgullo. Se prometió salir viva de aquí, y la suerte y su propio coraje se lo permitieron.
—Suerte... —repitió Anne con escepticismo.
—Sí, porque por mucho valor o cuidado que tuvieras, era pura cuestión de azar que no te mataran los terribles esfuerzos físicos, la falta de alimento, las enfermedades... o esas asesinas que empuñaban látigos y bastones.
—Las aufseherinnen .
Anne la miró detenidamente. No podía creer la casualidad que la había hecho coincidir allí con una persona tan ligada a la historia que Cecily Bishop había reflejado en sus escritos.
Quienes visitaban aquel parque temático del horror, en muchos casos, no lo hacían por simple curiosidad o por trabajo.
Viajaban hasta el Puente de los Cuervos porque su historia estaba ligada a la de alguien que hubiera acabado sus días allí o logrado escapar con vida.
Tal era el caso de Helen Nowak. Pero también había quien lo hacía para tratar de detectar algo, lo que fuera, una vibración íntima, un recuerdo inexistente de lo que había acontecido en ese lugar.
Intentaban hallar una conexión personal, humana, con los rastros invisibles de tantas almas exterminadas entre aquellos muros.
Buscaban conmoverse, comprobar con sus propios ojos que el campo existía, que el horror en verdad había sucedido.
Anne misma era un buen ejemplo. Había llegado hasta allí movida por la necesidad de sumergirse en una atmósfera todavía cargada —tal vez tan solo en su imaginación— de la presencia de los seres humanos que habían encontrado su trágico final en Ravensbrück.
Al observar a Helen, le pareció que se asomaba a un espejo en el que se veía reflejada.
Las dos tenían una edad similar, se dedicaban a lo mismo y sus madres habían vivido una existencia peculiar, por definirlo de algún modo, antes de fallecer poco tiempo atrás.
Y entonces comprendió que Zofia Nowak y Cecily Bishop también eran dos partes del mismo reflejo.
Ambas se hallaban en el lado de la historia opuesto al de los verdugos; una como víctima y otra arriesgando su vida para evitar que algo tan monstruoso e inimaginable le sucediera a nadie más.
Las dos se habían enfrentado a las adversidades, pero habían tenido destinos diferentes.
El de Zofia había sido mil veces peor, pensó Anne, mientras asomaba a su mente la hipotética imagen de su madre vestida con un traje a rayas, consumida hasta ser un saco de huesos y con el pánico taladrado en la mirada.
Trató de imaginar lo distintas que habrían sido sus existencias, tanto la suya como la de Helen, si Cecily hubiera acabado presa en un campo de exterminio y Zofia hubiese trabajado para los servicios secretos y dado caza a nazis.
La vida no era justa y Anne solo podía dar gracias por esa suerte que Helen había mencionado. Nunca más dudaría del poder de la casualidad para tejer destinos.