17. La huida
L A HUIDA
Cuando Victoria Kent llevaba casi un año de confinamiento en la Embajada de México, unos colaboradores de la Resistencia le hicieron llegar a Adèle de Blonay un mensaje.
En él le comunicaban que la Gestapo, saltándose todas las reglas de la diplomacia internacional, planeaba entrar por la fuerza en la Embajada y detener a quienes habían buscado cobijo allí.
Así pues, ese mismo día convocó a tres miembros de su equipo en la Cruz Roja.
Tomaron prestadas una furgoneta, que llevaba el distintivo en todos los costados, y una ambulancia.
Uno de los hombres la acompañaría a bordo del primer vehículo y los otros dos irían en el segundo.
La ambulancia se dirigió con la sirena encendida hacia un punto de la ciudad situado a varias calles de la embajada, donde se había producido una gran explosión a la que siguió el derrumbe de un almacén abandonado.
Mientras tanto, la furgoneta tomó una ruta paralela, sabiendo que la atención de los gendarmes y de todo el mundo estaría centrada en las llamas que se veían desde cierta distancia y en el estruendo de la sirena.
El conductor y Adèle se detuvieron durante apenas un minuto frente al edificio.
A los pocos segundos, la puerta se abrió y dos personas, una de ellas cubierta con una manta, se acercaron a paso rápido.
En cuanto la figura oculta estuvo dentro, el motor se puso en marcha.
Abandonaron el lugar que había servido de hogar a Victoria, quien se descubrió y abrazó emocionada a su amiga.
—No hay tiempo que perder. Ponte esto.
La suiza sacó una camisa manchada de rojo y unas vendas, también teñidas en parte de algo que parecía sangre.
—Pero ¿qué ocurre? Nadie ha querido contarme nada, excepto que tenía que irme.
—La Gestapo estaba a punto de detenerte.
No hemos podido decir nada más en el mensaje porque tenemos la certeza de que las comunicaciones de la embajada están intervenidas.
Tampoco sabíamos si todos los que trabajan allí son de fiar.
Así que solo les dije que te sacaran del edificio urgentemente en diez minutos.
De ese modo, nadie habría tenido tiempo de venir o pasar la información a otros.
—¿Y ahora qué?
—Vamos a ponerte a salvo en una casa, al oeste. Se trata de una zona boscosa y poco frecuentada. Pero, por si nos hicieran detenernos, hay que estar preparados.
Entonces enrolló las vendas en torno a la cabeza de Victoria, que observó en silencio cómo le componía algo parecido a un turbante.
—Creo que con esto podrían tragarse la historia de que has resultado herida y nos dirigimos al hospital que nos pilla de camino.
—Adèle debió de ser una mujer extraordinaria —dijo Antoinette interrumpiendo su lectura en voz alta para Clara.
—Si no recuerdo mal, siguieron en contacto años después de todo lo ocurrido, estando ya Victoria en Nueva York. Pero continúa leyendo, por favor.
Cuando circulaban cerca del inmueble en el que había tenido lugar el siniestro que, según supo Victoria después, había sido provocado por otros miembros de la Resistencia con el fin de despistar a los nazis, el conductor mantuvo una velocidad moderada para no llamar la atención.
En el caso de que a alguna patrulla se le ocurriera detenerlos, llevaban a una mujer aparentemente malherida a bordo que precisaba de cuidados médicos urgentes y cuyo rostro, entre manchas de mercromina y vendas que lo tapaban en parte, resultaría irreconocible.
Todo marchaba a la perfección. Era una noche sin luna ni nubosidad, lo que les permitiría pasar desapercibidos una vez abandonaran la carretera que salía de París. Faltaban unos diez kilómetros para llegar a su destino cuando las dos mujeres notaron que la furgoneta se estaba deteniendo.
Un juramento en francés de Jean, el compañero de Adèle, confirmó que algo iba mal. Descendieron y abrieron el capó. Una nube de humo negro los obligó a apartarse.
—¿Puedes arreglarlo? —preguntó De Blonay.
El hombre ni siquiera respondió mientras seguía maldiciendo y buscaba, con cuidado de no abrasarse, el origen de la avería. Transcurrieron varios minutos en silencio y casi total oscuridad, excepto por la linterna que alumbraba el motor.
Lo oyeron antes de verlo. El ruido, lejano al principio, fue haciéndose más perceptible a medida que el coche se aproximaba. Después, unos faros iluminaron la carretera en la distancia.
Jean apagó la linterna. Con un poco de suerte, se trataría de algún vecino de la zona, donde había un par de casas de campo. De ser así, quizá podrían pedir ayuda.
—Es un vehículo militar —afirmó Jean mirando a través de unos prismáticos.
Se alejó tanto que las dos mujeres lo perdieron de vista y, por un momento, temieron que las hubiera dejado solas. Sin embargo, al poco regresó.
—Hay un camino que se adentra en el bosque. Cogedlo. Yo me quedo aquí para distraerlos.
—Eso es una locura. Te vienes con nosotras.
—No, Adèle, necesitáis un poco de ventaja y yo puedo dárosla. Hazme caso —insistió él— o no saldremos vivos de aquí.
—No quiero que sigáis poniéndoos en peligro por mí —intervino Victoria—. Dejad que me detengan. Si he de volver a España, lo haré. Afrontaré lo que sea, pero no puedo permitir que os hagan daño.
—Dudo que te lleven a ningún sitio una vez te identifiquen.
Demasiadas molestias por un detenido. Dicen que deportan a los huidos, pero nosotros sabemos que algunas personas, por mucho que el régimen franquista las haya reclamado, no llegan a ingresar en las prisiones españolas.
Se ahorran burocracia, dinero y un montón de explicaciones diciendo que han desaparecido.
Las palabras de Adèle acabaron por convencerla.
—Pero ven tú también, Jean, por favor —insistió Victoria.
De Blonay y el hombre intercambiaron una mirada y ella decidió hacerle caso.
Antes de que su amiga la arrastrara consigo, Victoria le estrechó la mano a aquel desconocido que estaba arriesgando su propia vida por salvarla.
A continuación, sintiendo cómo el miedo y la ira la espoleaban, fue tras Adèle y ambas se internaron en la oscuridad.
Unos minutos después, el sonido de un disparo en la lejanía las hizo detenerse en seco.
—Victoria no contó todo esto en su libro. Y ya no quedan más páginas.
—No... —convino Clara—. Y, dado que Anne ha leído ya todos sus textos, se habrá dado cuenta de que hay un vacío de información. A partir de este punto en la historia es cuando sucedieron los hechos que Victoria me confesó a mí en su momento y que ha preferido no revelar.
—Ya comentó que tenía una sensación extraña. Como buena periodista, sabe dónde escarbar. Y lo hará.
—Entonces debemos estar preparadas para sus preguntas.