16. Justicia
J USTICIA
Eran las cuatro de la mañana. Tras varias horas dando vueltas en la cama, Anne se había hartado y decidido que, para perder el tiempo, mejor se ponía a trabajar.
Sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una taza de café al lado, estaba rodeada de los textos que Victoria Kent le había entregado en Nueva York.
Ahora que había leído varios testimonios de presas que sobrevivieron a los campos de concentración nazis, se disponía a averiguar qué castigos les habían impuesto a los miserables asesinos que habían intentado exterminarlas.
Ya sabía, por lo que Clara le había contado, que las condenas no habían sido, ni de lejos, las suficientes como para considerar que se hubiera hecho justicia.
No obstante, necesitaba leer que, al menos, algo sí se había conseguido.
Cogió la subcarpeta en cuya portada aparecía la palabra «Juicios».
Al ser Kent una abogada de la antigua escuela, Anne esperaba encontrar información puramente legal, lo cual no le hacía muy apetecible la lectura de las siguientes páginas.
La jerga propia de los letrados le resultaba incomprensible y farragosa.
Sin embargo, a medida que pasaba las páginas, comprobó aliviada que Kent lo había filtrado por su prisma personal.
En pleno conflicto bélico, entre 1943 y 1944, a medida que se iba descubriendo cómo los nazis habían creado un entramado de campos de concentración y exterminio, crecía la necesidad de castigar esos crímenes.
Así, en la Conferencia de Londres, celebrada entre junio y agosto de 1945, a la que acudieron representantes de Francia, la Unión Soviética, el Reino Unido y los Estados Unidos, se negoció la forma que adoptaría el juicio.
En ese momento se estaba gestando un cambio que resultaría fundamental en el futuro del derecho internacional: la posibilidad de responsabilizar a los individuos, en lugar de a los Estados, de los crímenes cometidos en su nombre.
Como abogada, Victoria se sintió orgullosa de los avances que se estaban logrando, pese a las lamentables condiciones en las que había quedado el mundo tras cinco años de lucha armada.
Los juicios de Núremberg tuvieron lugar del 20 de noviembre de 1945 al 1 de octubre de 1946.
En ellos no se pretendía tomar revancha ni acabar con quienes habían perdido, sino proporcionar justicia a los millones de personas que habían perecido como consecuencia de la planificación sistemática de su exterminio y la provocación de una guerra mundial por parte de los alemanes.
No solo tenían los culpables que ser castigados, sino que había que encontrar la manera de impedir que algo así volviera a ocurrir.
Para ello debían crearse leyes nuevas que tipificaran los delitos cometidos, puesto que nunca había sucedido nada semejante.
Las principales autoridades nazis iban a ser acusadas y llevadas a juicio en Núremberg por varios motivos.
Uno de ellos, porque allí fue donde el Partido Nazi había promulgado en 1935 leyes como la de Protección de la Sangre Alemana y el Honor Alemán, que prohibía los matrimonios y las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes, y el empleo de mujeres alemanas menores de cuarenta y cinco años en hogares judíos, y la Ley de Ciudadanía del Reich, que declaraba que solo quienes tuvieran sangre alemana podían ser considerados ciudadanos.
Otra razón fue que el Palacio de Justicia en el que se desarrollaría el proceso era uno de los pocos edificios importantes que quedaban en pie tras los bombardeos.
Muchísimas personas acudieron a la celebración de tan extraordinario hecho.
No solo había centenares de empleados de las delegaciones de los cuatro países, sino también investigadores en ciencias sociales, psicólogos y observadores del mundo del Derecho, entre los que Victoria tuvo el privilegio de asistir con un pase de visitante, gracias a un permiso emitido por el Gobierno francés.
Además, unos doscientos periodistas fueron acreditados para cubrir el evento.
El proceso judicial debía ser justo, pero también rápido.
Con ese objetivo, los juicios se llevaron a cabo simultáneamente en inglés, ruso, alemán y francés, para que los jueces y fiscales de los diferentes países, así como los acusados alemanes y sus abogados defensores, pudieran seguirlos.
En octubre de 1945, los fiscales del Tribunal Militar Internacional presentaron acusaciones contra veinticuatro oficiales nazis de alto rango.
No sorprendió a nadie que todos los reos se declararan inocentes.
Durante los meses posteriores se examinaron decenas de miles de documentos incautados, junto con más de veinte mil fotografías.
Se escucharon los testimonios de un gran número de víctimas y la lectura de declaraciones tomadas previamente.
Sin embargo, lo que cambió el curso del proceso y la percepción pública de los casos fue la proyección de una cinta filmada por los Aliados al liberar los campos.
En ella se pudo ver, sin ningún tipo de filtro, la magnitud real de los crímenes del Tercer Reich, lo que otorgó una nueva dimensión a los juicios.
Un año después, el 1 de octubre de 1946, comenzó la última sesión.
De pie, con los auriculares puestos, los acusados se dispusieron a oír los veredictos.
Un silencio gélido atravesó la sala como una inesperada corriente.
Victoria sintió que le calaba los huesos y la piel se le erizó.
Estaba a punto de presenciar un hecho histórico.
Tras meses en los que se habían expuesto pruebas irrefutables, los asistentes también habían tenido que oír todo tipo de infamias y mentiras de labios de aquellas bestias con la apariencia de hombres.
Ahora solo cabía esperar que se hubiera hecho justicia.
Con el aliento contenido, escucharon la lectura de las sentencias.
De entre los veinticuatro hombres procesados, el tribunal dictó doce condenas a muerte por ahorcamiento, siete de prisión y tres absoluciones.
Dos reos no recibieron su merecido al hallarse el primero demasiado enfermo para ser sometido a juicio y al haberse suicidado el segundo antes de que comenzara el proceso.
Los acusados escucharon el veredicto con el rostro lívido en su gran mayoría, aunque había quienes lo hicieron con la arrogancia y la frialdad que no les habían abandonado a lo largo de los meses.
Muchos de los presentes gritaron y aplaudieron, otros callaron, presos de la indignación.
Por su parte, Victoria guardó silencio por respeto a las víctimas, con el único consuelo de haber contribuido a que algunos de los responsables de aquel horror fueran ajusticiados.
Anne se detuvo. ¿A qué se referiría? Leyó por encima las páginas siguientes, si bien, cada cierto tiempo, paraba de nuevo, abrumada por las preguntas.
¿Por qué le había entregado Kent todo ese material?
Desde luego, se trataba de un testimonio de un valor inestimable para documentarse a la hora de escribir el libro, pero ¿qué tenía que ver con ella o con Clara?
Una vez más, tuvo la sensación de que había algo que se le escapaba.
Según las notas que continuó revisando, entre 1946 y 1949 once juicios más se habían llevado a cabo en Núremberg, aunque solo fueron convocados por Estados Unidos.
En ellos se juzgó a médicos nazis, miembros de la Gestapo y de las SS, y a empresarios industriales alemanes por su participación en la aplicación de las leyes de Núremberg y en las deportaciones de judíos a campos de concentración.
Después, prosiguió con la sección en la que se mencionaban otros procesos a los que, al parecer, Victoria había asistido. El corazón se le aceleró al leer lo siguiente:
El 5 de diciembre de 1946 comenzaron en Hamburgo los juicios por los crímenes de guerra de Ravensbrück, el campo de concentración para mujeres más grande creado por los nazis, conocido como el «Puente de los Cuervos».
Había dieciséis personas en el estrado, siete de ellas mujeres.
Ese campo había servido como centro de entrenamiento para centenares de guardianas nazis, conocidas como aufseherinnen.
Tras completar su formación, eran destinadas a otros campos distribuidos por toda Europa.
Desde sus puestos privilegiados, aquellas funcionarias volcaban todas sus fuerzas en realizar la tarea para la que se habían presentado voluntarias, en algunos casos, tras responder a una oferta de trabajo publicada en el periódico.
Durante la Segunda Guerra Mundial más de 130 000 prisioneras, entre ellas un grupo de cuatrocientas españolas que habían luchado primero contra Franco y luego en las filas de la Resistencia, pasaron por Ravensbrück.
Otras eran comunistas, intelectuales, romaníes...
Había mujeres de todos los estratos de la sociedad y de todos los países ocupados por los alemanes, si bien el mayor número eran judías.
Muchas de ellas llegaron allí con sus hijos o embarazadas.
Victoria escuchó horrorizada los testimonios mientras las acusadas, algunas de las cuales no superarían los veintitantos años, actuaban con la misma frialdad que había presenciado en otros juicios por parte de los alemanes varones.
Varias incluso sonreían de tanto en tanto.
A lo largo de su carrera, Victoria se había ocupado de casos muy diversos, criminales de la peor calaña y gente que había transgredido la ley por distintos motivos.
Aun así, todos ellos, de algún modo, no habían dejado de parecerle seres humanos, malvados, equivocados o enfermos...
Lo que Victoria vio esos días en la sala del tribunal le revolvió el estómago y la sobrecogió.
Aquellas mujeres soberbias, de mirada glacial, habían sido capaces de las mayores atrocidades, desde dar palizas con látigos o cualquier objeto punzante hasta causar la muerte a las presas, azuzar a sus perros contra ellas para que las despedazaran e incluso colaborar en los horrorosos experimentos médicos llevados a cabo por doctores nazis como Karl Gebhardt.
Anne se derramó el café que estaba bebiendo en la camiseta.
—¡Mierda!
Se levantó y mojó el trapo de cocina en el fregadero.
Después, se frotó la mancha y se quitó la prenda.
Ya se ocuparía más tarde de ello. En tres zancadas se acercó a la mesa de trabajo y abrió el cuaderno que había ido llenando de notas a partir de la lectura de los documentos de su madre.
Buscó los datos mencionados por ella en el texto sobre Ravensbrück.
No podía ser que hubiera utilizado su verdadero nombre... ¿O sí?
Alzó el rostro con los ojos muy abiertos. Efectivamente, Cecily no se había inventado aquello ni lo había adornado con propósitos literarios. Los horrores sucedidos en el campo de concentración y descritos en aquellas hojas parecían ser reales.
Regresó al sofá y volvió a coger el fajo de hojas de Victoria. Pasó varias páginas hasta que encontró una que contenía información sobre lo que se denominó el Juicio de los Doctores . Como esperaba, el nombre de Gebhardt figuraba allí. Continuó leyendo para averiguar qué había sido de él.
El doctor Gebhardt y sus ayudantes habían experimentado con prisioneras sanas, a quienes habían utilizado como conejillos de Indias.
Realizaron amputaciones para poder probar prótesis, hicieron disecciones en vivo sin anestesia y ensayos con antibióticos en pacientes que no tenían ninguna dolencia.
Para ello simulaban heridas de guerra e introducían cuerpos extraños infectados para provocar gangrena y tétanos, que después intentaban curar con sulfamida y otros medicamentos.
Karl Gebhardt fue condenado a pena de muerte y ahorcado en 1948.
Aquella frase ponía el punto final al archivo sobre los juicios.
Anne se preguntó por qué aquello no le producía la más mínima satisfacción.
Cierto era que muchos de aquellos salvajes habían recibido su merecido, pero, tal como había dicho Clara, se trataba de un número muy reducido.
Tras leer el catálogo de atrocidades perpetradas por gente como Gebhardt, comprendió que no había forma de proporcionarles justicia a tantos muertos, por muy buena voluntad que tuvieran los Aliados y las personas que habían luchado por la libertad, como Cecily Bishop y los miembros de la Resistencia.
Después de conocer los hechos más vergonzosos cometidos por seres en teoría humanos, solo quedaba el estupor de saber que todos, hombres y mujeres, eran capaces de tales actos.
Personas en apariencia normales, con sus preocupaciones cotidianas, con sus sueños y expectativas, como por fuerza debían de ser aquellos, habían infligido verdaderas vilezas a sus congéneres sin mostrar, en la mayor parte de los casos, el menor arrepentimiento.
La periodista se levantó con gesto de amargura. Por ese día ya había tenido bastante.