Donde habita tu reflejo 15. Una pequeña espina #3
49%

15. Una pequeña espina #3

París ya no era un lugar seguro, Adèle no paraba de decírselo, aunque la española se negaba a aceptarlo.

Hasta que fue demasiado tarde para intentar marcharse en un barco hacia América, como ella misma había ayudado a hacer a tantos refugiados.

Por si eso fuera poco, su familia desde España le comunicó que la justicia franquista la había llamado a declarar en agosto.

Como, evidentemente, no fue a entregarse, la habían acusado de rebeldía.

La sentencia la condenaba a treinta años de reclusión y la inhabilitaba para ejercer la abogacía.

De hecho, la habían expulsado del Colegio de Abogados meses atrás sin que lo supiera.

Su desolación era completa. La habían despojado de todo lo que poseía.

Victoria seguía alojada en casa de Adèle, donde, hasta entonces, parecía no correr peligro. Un día, mientras comían, escucharon un ruido en la puerta de entrada. La suiza se acercó a ver de qué se trataba y encontró un sobre en el suelo.

—Es para ti.

Lo único que ponía en el exterior era su nombre, escrito a mano con una caligrafía que le produjo una sensación de premura. Lo abrió con un cuchillo. El mensaje, en francés, decía lo siguiente:

Mme. Kent,

su nombre ha sido incluido en la lista de republicanos españoles que serán detenidos esta noche.

Oficiales de la Gestapo se personarán en el domicilio de madame De Blonay, donde saben que se oculta.

Usted no me conoce, pero tenemos amigos comunes en el consulado.

Sé de su actividad política en España y le aconsejo que no ignore esta advertencia.

Si valora su vida, abandone la ciudad de inmediato.

Cuando alzó los ojos hacia Adèle, vio en los suyos que también creía en la veracidad del aviso.

No tenía sentido que nadie bromeara con algo así.

El temido momento había llegado. Debía marcharse, no solo para salvarse, sino para impedir que le ocurriera algo a su querida amiga.

Había sido una estúpida al empeñarse en permanecer allí cuando podía haber partido hacía semanas y evitarle el peligro.

—No te preocupes, sé dónde vamos a ir.

—¿«Vamos»? De eso nada. Tú no vas a ningún sitio, Adèle.

De Blonay se detuvo a pensar.

—Tienes razón... seré más útil fuera que dentro.

—¿Dentro?

—De la Embajada de México. Allí conozco a varias personas que te ayudarán hasta que puedas coger un barco.

—Pero...

—No es momento de ponerte cabezota.

Su mirada no dejaba lugar a dudas y Victoria no tuvo más remedio que callar.

Adèle entró al dormitorio, de donde regresó con una mochila. Era una de las que habían utilizado para salir de excursión durante los dos años que hacía que se conocían. Victoria tragó saliva al pensar en los momentos vividos con aquella extraordinaria mujer.

—Nunca olvidaré lo que has hecho por mí.

Las lágrimas le rompieron la voz. Su amiga, en cambio, sonaba decidida tras darle un fuerte abrazo. A la española le sorprendió, una vez más, su claridad mental mientras hacía dos llamadas de teléfono.

Cuando abandonaron la casa al atardecer, De Blonay llevaba la mochila a la espalda. Se dirigieron hacia un coche aparcado cerca, dentro del cual las esperaba la amiga a la que había telefoneado la suiza.

Durante el poco tiempo que duró el recorrido le dieron a Victoria instrucciones de lo que debía hacer.

Antes de salir del vehículo, Adèle y ella se abrazaron de nuevo.

No había tiempo de concretar nada, ni siquiera cuánto tendría que permanecer escondida o cómo se comunicarían sin que resultara peligroso.

La dejaron en la calle paralela, a fin de no despertar sospechas, puesto que había militares alemanes por todas partes.

Aunque estaba muy nerviosa, Victoria intentó caminar a paso no demasiado rápido.

En cuanto llegó a la reja que limitaba el perímetro llamó al timbre.

No hubo respuesta. Si ese plan fallaba no tenía ni idea de qué haría.

Regresar a casa de Adèle no era una opción.

Volvió a llamar. Cuando casi había perdido la esperanza, vio que alguien avanzaba hacia ella por el interior del recinto.

—Por favor, necesito entrar. Me llamo Victoria Kent y soy una refugiada española. Mi amiga Adèle de Blonay, de la Cruz Roja, ha hablado con alguien de esta embajada.

—Señora —respondió el hombre en un español con acento mexicano—, nadie me ha informado, así que no puedo dejarla pasar sin autorización.

—Por favor, me han amenazado con detenerme y no tengo ningún otro sitio al que ir... Mire, esta es mi documentación.

Leyó sus credenciales, expedidas por el Gobierno de la República, y Victoria le nombró a Indalecio Prieto, miembro del mismo, quien se encontraba exiliado en México en aquellos momentos. Después de unos segundos que se le hicieron eternos, le permitió entrar.

—Solo por esta noche —le advirtió.

Sin embargo, al día siguiente supo que habían contactado por teléfono con Prieto y este les había pedido que le dieran asilo durante el tiempo que fuese necesario. En ese momento, Victoria Kent ignoraba que pasaría los siguientes diez meses en aquel lugar.