Donde habita tu reflejo 15. Una pequeña espina #2
47%

15. Una pequeña espina #2

Cuando la alocución terminó, las dos mujeres se miraron emocionadas.

Acababan de recuperar la fe en el ser humano.

Victoria estaba convencida de que, a veces, las palabras podían llegar a ser más poderosas que los actos.

Y entonces le vino a la mente alguien que las utilizaba con maestría.

Alguien que, invocando la libertad y el sentido común, había conseguido que los derechos de muchas personas no siguieran siendo pisoteados, pese a las zancadillas que algunos, como la misma Victoria, le habían puesto.

Las palabras de la diputada Campoamor defendiendo sus argumentos para lograr el voto femenino en la España de 1931 resonaron en sus oídos como si las acabara de escuchar.

Ahora ya era tarde para lamentos y, por suerte, Clara había conseguido sus propósitos, aunque lo hubiera pagado caro.

Victoria también, pero nunca se había arrepentido de su decisión de pedir que se pospusiera el voto femenino.

En ese momento estaba convencida de que era lo correcto y no iba a pedir perdón por ello.

Se preguntó dónde estaría Campoamor, qué sería de su vida. Sabía que había abandonado España en septiembre del 36, pero desde su marcha a Suiza, de la que se había enterado a través de conocidos comunes, no había oído nada sobre ella. Parecía que se la hubiera tragado la tierra.

—¿Ya está?

—Me temo que en este capítulo sí, aunque Anne dijo que había escrito más cosas sobre ti.

—¡Qué intriga! Creía que todo lo que tenía que decirme me lo había dicho a la cara. Esta mujer nunca dejará de sorprenderme.

—La verdad es que me recuerda bastante a alguien... —Su gesto divertido no fue perceptible para Clara, pero sí su entonación.

—¿No estarás insinuando que Victoria y yo nos parecemos?

—Pues sí, mucho. Siempre lo he pensado.

La española la miró perpleja.

—Ya me dirás en qué.

—Para empezar, en vuestra cabezonería y en pensar que siempre tenéis razón.

—Eso no es verdad.

—¿Lo ves? —le espetó Antoinette.

—Es que no es cierto. A veces me equivoco y... —subió la voz para enfatizarlo— reconozco mis errores.

—Y ella también, ¿o hace falta que te lo recuerde?

—No —concedió la española con una expresión resignada que, al poco, se transformó en una sonrisa de fingida arrogancia—. Pero yo tengo mucho más encanto, mejor oratoria y, además, logré el voto femenino.

—No me vengas con esas. Sabes a qué me refiero. Os parecéis en lo importante. En los valores, en la necesidad de luchar por lo que creéis justo... ¿Es o no cierto?

A Clara no le quedó otro remedio que asentir. Después dijo:

—Sigamos leyendo, a ver qué más sorpresas nos aguardan.

La lista negra

París, 1940

El mundo se desmoronaba alrededor de Victoria.

París, paraíso de la libertad y la belleza, se había convertido en un lugar gris, triste y silencioso.

Los parisinos habían cambiado sus costumbres, atenazados por el miedo.

Victoria detectaba en sus rostros emociones que conocía bien.

Al principio, hubo días en los que no pudo evitar sentir que, de algún modo, se lo tenían merecido, al igual que el resto de los Aliados.

En especial los británicos, quienes empezaron también a sufrir los ataques de la Luftwaffe, la aviación alemana.

Ellos, que habían hecho oídos sordos a las advertencias tanto de los servicios secretos como de quienes no habían tardado en comprender lo peligroso que era Hitler; ellos, que habían permitido a Alemania rearmarse y saltarse todos los acuerdos del Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial; ellos, que prefirieron ser neutrales mientras Franco aniquilaba a los españoles con la ayuda del Führer y de Mussolini, ahora estaban sufriendo la crueldad de esos mismos enemigos.

No obstante, la amargura le duraba poco.

Todos los demócratas, todos los que valoraban la libertad estaban en el mismo barco, se gustaran más o menos, y el dolor de unos afectaba a los demás. A ella, al menos, le afectaba.

Por fortuna, la esperanza aún palpitaba en muchos pechos.

Cuando los británicos reconocieron al general De Gaulle como líder de la Francia libre, se inició un movimiento secreto que buscaba derrotar a los nazis desde dentro del país con la ayuda desde el exterior que los Aliados pudieran ofrecerles.

Al fin y al cabo, el futuro de toda Europa estaba en juego.

Los partidarios de la Resistencia, como se llamó a ese espíritu rebelde que recorría el país galo, se las arreglaban para repartir de forma clandestina panfletos con el llamamiento de De Gaulle, incluso pegaban carteles en los muros.

Sin embargo, quienes eran sorprendidos haciéndolo acababan detenidos y, en muchas ocasiones, no se sabía más de ellos.

Con el paso de las semanas, la situación de los exiliados españoles se complicó mucho en aquella Francia dividida.

Las autoridades franquistas habían pasado una lista negra a sus amigos los nazis con nombres de republicanos huidos.

Comenzaron las expatriaciones para que fueran juzgados en España.

A Victoria no le sorprendió averiguar que estaba en esa lista, pero que no le sorprendiera no significaba que no la llenara de dolor e indignación. Y de miedo.