15. Una pequeña espina
U NA PEQUEÑA ESPINA
Antoinette salió al jardín. Había dejado a Clara reposando en una silla bajo la sombra de un árbol con un vaso de limonada mientras iba a buscar los materiales que Anne les había entregado.
Al ver que dormía, se acercó con sigilo.
Puso los papeles en la mesa y tomó asiento a su lado.
El agotamiento había tomado posesión del rostro de la española, de una palidez extrema, y no había visos de que fuese a abandonarlo.
La contempló unos instantes con ternura, recorriendo los rasgos amados, reconociendo por fin en su gesto cierta calma, tan ausente cuando dormía.
Al cabo de unos minutos, Campoamor abrió los ojos. De inmediato, en sus labios afloró una sonrisa que, como un sol, consiguió disipar las nubes que últimamente oscurecían el ánimo de Antoinette.
—¿Cómo te encuentras?
—Como nueva. Puedo enfrentarme a todo, incluso a las horrorosas cuestas de esta ciudad. Así que, si te apetece, podemos salir a pasear.
—Quizá más tarde, ¿te parece? Ahora pensaba leerte algún texto de Victoria.
—Me parece bien. La verdad es que siento mucha curiosidad por saber cómo los ha escrito. Si son tan parcos como suele serlo ella, por lo menos en lo que respecta a temas legales, vas a tener que ponernos una ración doble de limonada.
—Recuerda que cuando leíste su libro dijiste que no estaba nada mal.
—Ya, pero bien sabes que desde entonces me he vuelto aún más cascarrabias y estoy deseando sacarle faltas a todo lo que haga esa mujer.
—No intentes fingir conmigo, que sé que lo disfrutaste. Además, vuestra relación ya no es la misma que al principio.
—Mmm... Eso es verdad, pero a veces, de forma muy conveniente, elijo olvidarme de ese nimio detalle.
—Es usted insufrible, señorita Campoamor.
—Vamos, léeme esa maravilla que tienes entre manos.
Antoinette no pudo evitar reír. Cuando iba a comenzar la lectura, dijo:
—Veo que empieza hablando de sí misma en tercera persona, como en su libro.
—Vaya, eso promete. Veamos qué nos cuenta la buena de Victoria.
Las lágrimas de París
Junio de 1940
Victoria estaba soñando con su madre, María.
Las dos se encontraban en un lugar que no reconocía de la Málaga real.
Notó que se sentía a gusto allí. María reía con su risa tremenda y franca, que su hija había oído tantas veces.
Y estaba a punto de decirle algo a Victoria cuando un estruendo interrumpió la escena.
El corazón le latía muy deprisa. Aún no era consciente de qué le había hecho abrir los ojos y perderse las palabras de su madre.
¿Qué iría a decirle? Ahora nunca lo sabría.
Lo que sí sabía era que no se había despertado de forma natural, como le ocurría en muchas ocasiones en mitad de la noche.
Miró el reloj. Las cinco y media de la madrugada. De nuevo se sobresaltó.
Disparos.
Se levantó a toda prisa y, nada más salir de su dormitorio, se topó con Adèle, que corría a buscarla. En la oscuridad del pasillo la suiza susurró:
—Ya están aquí.
Victoria asintió mientras sus manos se entrelazaban con las de su amiga.
Se aproximaron al ventanal. Todavía no había amanecido, aunque había luz en las otras casas.
Los rostros atemorizados de los parisinos, testigos mudos y aterrados de lo que ni siquiera eran capaces de ver aún, pero sí oír, se asomaban a la calle.
Todos estaban al tanto del estruendo de la artillería, que llevaban escuchando durante los últimos días fuera del perímetro de la ciudad.
Sin embargo, aquellos tiros sonaban mucho más cerca.
Los nazis acababan de penetrar en la capital por la Porte de la Villette y desde allí habían tomado la Rue de Flandre hacia el centro.
Acuciados por la curiosidad y la necesidad de contemplar aquello que más temían, como quien no puede apartar la mirada de algo espantoso, muchos salieron de sus casas.
Y observaron cómo aquella bestia, compuesta por miles de cuerpos que parecían dirigidos por una sola mente, a juzgar por sus movimientos sincronizados, recorría sus avenidas y los puentes sobre el río Sena.
Primero aparecieron los tanques y después los camiones blindados, con metralletas montadas capaces de barrer las calles y despojarlas de vida y de cualquier oposición, en el caso de que la hubiera habido.
Luego llegaron los coches y la infantería.
Miles de personas habían iniciado una huida desesperada durante las jornadas anteriores.
Quienes hubiesen decidido quedarse ya no tendrían escapatoria.
Victoria y Adèle no quisieron darle el gusto a aquel cerebro enfermizo de Hitler de alimentar su vanidad ejerciendo de espectadoras del desfile militar realizado al ritmo de las bandas alemanas.
Después de los disparos al aire que las habían despertado, escucharon una voz con acento alemán que, a través de unos altavoces, les advertía que no abandonaran los edificios.
Horas más tarde también se anunció por el mismo medio el toque de queda a partir de las ocho de la tarde.
La visión de una esvástica ondeando sobre el Arco de Triunfo traería las lágrimas de los parisinos y del mundo entero.
Al día siguiente de la llegada de los alemanes, Victoria ya tenía la convicción de que la ciudad había quedado a merced de unos dementes que la destruirían, tal como había sucedido con gran parte de Madrid y muchas otras localidades.
La aniquilación era el único lenguaje que hablaban los líderes totalitarios, incluso cuando sabían que iban a ganar la guerra.
Y la visión de lo amado convertido en ruinas era una lección que los vencidos nunca podrían olvidar, por muy lejos que se marcharan.
Como le ocurría a la española, quien comprendió que la mano del fascismo la abofetearía con la misma fuerza que a los franceses.
No tardó en descubrir que su documentación, la que le había permitido gozar de una existencia cómoda en el extranjero y le había abierto puertas muy útiles, ya no servía de nada en Francia.
Su familia y amigos en España le habían escrito con frecuencia durante las últimas semanas, insistiendo en que abandonara el país y se fuera a México.
Incluso habían llegado a solicitar en su nombre un permiso para viajar allí como exiliada, pero ella se negó en redondo, con la certeza de que aquello habría equivalido a aceptar que la habían echado de su país para siempre.
Que le habían arrebatado su capacidad de elegir.
El día en que los alemanes entraron en París, Victoria Kent perdió definitivamente la esperanza.
De entre las muchas cosas que podría haber sentido en ese momento, la que se impuso sobre el resto fue la decepción.
No comprendía que los galos hubiesen entregado su libertad al enemigo sin defenderse como lo habían hecho los españoles en su guerra.
¿Por qué se habían rendido con la cabeza gacha?
Al recordar la lucha de sus paisanos en las calles, el arrojo con el que habían protegido los frentes y el dolor de las familias, la invadía la impotencia.
Si por ella hubiera sido, habría cogido un fusil y se habría enfrentado a aquellos salvajes cuyas suelas resonaban como cañonazos sobre los adoquines de París, silenciando con su estruendo hasta el canto de los pájaros.
Pero como exiliada y, peor aún, como mujer, se veía obligada a aceptar esa mansedumbre y a acatar como una oveja más lo que la jauría de lobos les imponía.
Tras la capitulación de París, todos se dedicaron a acumular víveres mientras pasaban el resto del tiempo escuchando la radio con el estómago encogido.
La única fuente de consuelo les llegó, precisamente, a través de la BBC.
Sucedió el 18 de junio, a las seis de la tarde, cuando el locutor anunció que iban a retransmitir un discurso que ni Victoria ni Adèle, además de miles de ciudadanos franceses, olvidarían jamás.
El general Charles de Gaulle había llegado a Inglaterra, tras la dispersión del ejecutivo francés, para intentar recabar apoyos entre los Aliados, sin saber que su Gobierno estaba ultimando las negociaciones para firmar el armisticio con Alemania.
Su voz viajó a través de las ondas con sorprendente claridad:
«¿La esperanza debe desaparecer? ¿La derrota es definitiva?
¡No! Créanme a mí, que les hablo con conocimiento de causa y les digo que nada está perdido para Francia.
Los mismos medios que nos han vencido pueden darnos un día la victoria.
¡Pues Francia no está sola! ¡No está sola!
Tiene un vasto imperio de su lado. Puede formar bloque con el Imperio británico, que domina el mar y continúa la lucha.
Puede, como Inglaterra, utilizar sin límites la inmensa industria de los Estados Unidos...
»Yo, el general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y a los soldados franceses que se encuentren en territorio británico o que ahí vinieran a encontrarse, con sus armas o sin ellas; invito a los ingenieros y obreros especialistas de la industria de armamento que se hallen en territorio británico a ponerse en contacto conmigo.
Pase lo que pase, la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará.
Mañana, igual que hoy, hablaré en la radio de Londres».
—Vaya... No te creerás a quién va a nombrar. —Antoinette se había detenido de pronto mientras sus ojos vagaban por la página.
—¿A quién?
—A ti.
Con gesto de sorpresa, Clara le pidió que prosiguiese.