14. Un favor
U N FAVOR
En la sala de lectura de la Wiener Library no había mucha gente ese día. Tras haber conseguido que le dieran acceso gracias a su carnet de prensa, Anne Bishop solicitó los volúmenes que hubiera sobre el campo de concentración de Ravensbrück.
Buscaba, sobre todo, testimonios de las presas que habían logrado escapar con vida de aquel infierno.
Su sorpresa fue mayúscula cuando la bibliotecaria regresó con una pila de libros.
Aun sabiendo que aquella biblioteca contenía una gran cantidad de documentación sobre el genocidio llevado a cabo por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, no esperaba encontrar tanto material.
Tendría que seleccionar lo que intuyese que podría ser relevante para el libro de Clara Campoamor.
Sin embargo, los textos de Victoria Kent y su propio instinto periodístico la impulsaban a investigar hechos cuya importancia habría de decidir después.
Revisar todo aquello la entretendría durante horas, que era lo que pretendía al ir allí.
Su necesidad de salir de casa la había provocado otra llamada de James la noche anterior, justo cuando se disponía a leer la información de Kent sobre los juicios de Núremberg.
No contento con la llamada de unas semanas antes, insistía en que se vieran, aunque Anne le había pedido tiempo para pensarlo.
Quizá se diera por vencido de una vez. Después de una noche casi en vela por culpa de su exnovio, había decidido mantenerse tan ocupada como pudiera.
¿Y qué mejor forma de hacerlo que volcarse en su investigación?
Además, la lectura de aquellos documentos la ayudaría a comparar lo narrado por historiadores y testigos de las salvajadas nazis con lo que su madre había dejado escrito.
Cuando abandonó la biblioteca tras pasar allí todo el día, excepto por un breve descanso para tomar un sándwich y un café, se sentía mal, terriblemente mal.
E intuía que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera sacudirse el pesar que le encogía el corazón.
O tal vez nunca lo lograra. Si el relato sobre la violinista la había conmocionado, el material que acababa de ingerir como si fuese una sobredosis se le había atravesado entre el pecho y la espalda.
Al principio, albergaba una nimia esperanza de encontrar algo referente a la joven judía sobre la que Cecily había escrito.
No obstante, su caso, de tratarse de un personaje real, no habría sido más que una gota en el océano de devastación y atrocidades cometidas por el Tercer Reich.
Y había tantas gotas cuya historia nunca trascendería que la impotencia corroía el ánimo de la periodista.
Sabía que resultaría imposible averiguar los nombres de tantos millares de hombres, mujeres y niños para recordarlos como se merecían.
Así pues, lo único que se podía hacer era tratar de imaginar lo que habían sufrido a manos de sus asesinos.
Sin embargo, entre lo recordado y lo imaginado quedaba un espacio enorme, una celda atestada de seres humanos atrapados cuyo paso por el mundo los nazis habían intentado borrar.
Y Anne comprendió al fin que, si existía una sola persona que no permitiera que cayeran en el olvido, por mucho que ignorara quiénes eran o las circunstancias en las que vivieron hasta ser exterminados en los campos de concentración, ninguno de ellos habría muerto en vano.
Tragó saliva para deshacerse de las lágrimas y se prometió que intentaría que el mundo conociera su historia.
Y de pronto la idea surgió con tanta naturalidad que se preguntó cómo no se le había ocurrido antes.
El libro de Clara. Ahí estaba el altavoz que le permitiría hacerlo.
Pero antes había algo más que debía hacer: visitar el campo de Ravensbrück.
Después de los testimonios que había leído, necesitaba ver aquella metáfora de la inhumanidad.
Para ello, antes tendría que pasarse por la oficina de su antigua jefa.
Margaret Connolly, quien contradecía los clichés sobre el aspecto de los escoceses, pues su cabellera morena y sus ojos marrones se asemejaban más a los de una italiana o una española, tenía la vista puesta en uno de los muchos papeles que desbordaban su escritorio.
Era una de las pocas mujeres que ostentaban un cargo de importancia en un periódico de gran tirada.
Llevaba dos años como editora de The Guardian .
Con las gafas permanentemente sobre la nariz, de manera que pudiera leer y mirar por encima de ellas a sus interlocutores sin necesidad de moverlas, se levantó para saludar a Anne cuando esta llamó a la puerta de cristal.
—¡Cuánto tiempo sin verte! Me alegra mucho que estés aquí. ¿Cómo te encuentras?
—Gracias, señora Connolly. Estoy un poco mejor.
La veterana periodista se sentó tras el escritorio y Anne lo hizo frente a ella.
—Dime que vienes a darme la alegría de tu reincorporación.
Después de tantos años siendo la única, ¿me oyes?
, la única mujer en este maldito periódico, creía que contigo en nuestras filas estábamos sentando un precedente para que más chicas decidieran dedicarse a esto.
Y entonces vas y te coges un permiso... Te echo de menos.
Anne sopesó su respuesta antes de hablar. No quería perder el apoyo de su jefa por nada del mundo.
—Me temo que todavía no... Pensaba alargarlo un par de meses más al menos.
El gesto de decepción de Connolly no se hizo esperar.
—Ya sé que lo has pasado muy mal, pero... ¿no crees que te vendría bien empezar a trabajar? Para dejar de pensar en otras cosas. No se me ocurren muchas virtudes más del trabajo, pero esa es incontestable.
—Lo sé; de hecho, estoy trabajando en algo que me mantiene ocupada.
—No hacía falta entrar en detalles, pues la editora estaba al tanto de los dolorosos hechos a los que había tenido que hacer frente durante el último año.
Y le había mostrado su apoyo desde el primer momento, al contrario que el director del diario, quien no comprendía que la muerte de una madre y un aborto fueran suficiente excusa para que alguien dejase de trabajar durante un periodo prolongado—.
Me han encargado que edite y escriba los textos que compondrán un libro.
Connolly la observaba con expresión seria.
—No te habrás pasado a la competencia, ¿eh?
—No, para nada. Es el encargo de una exiliada española que vive en Suiza. Fue una reputada política. Quizá la conozca, se llama Clara Campoamor.
La editora lo pensó un instante antes de responder.
—¿No fue quien consiguió el derecho al voto femenino en España?
—Exacto —Anne contestó aliviada. Acababa de detectar en los ojos de Connolly un brillo que conocía de sobra: el del instinto diciéndote que has encontrado una historia que contar.
—Es una gran noticia, Anne. Podemos publicar un artículo sobre ella y sobre el libro, claro está.
—Yo creo que eso sería un poco prematuro y, además, la señorita Campoamor no es el tipo de persona que busca notoriedad.
Es un encargo... privado. Pero en cuanto lo tenga terminado me reincorporaré.
—Debía ir con cuidado—. No obstante, si le parece bien, cuando acabe con el proyecto, podemos publicar algo al respecto.
De hecho, ahora estoy inmersa en el proceso de documentación y lo que estoy descubriendo...
Ahí sí que hay una gran historia que contar.
Hablo de los campos de concentración. Me gustaría hacer un reportaje sobre ellos en cuanto sea posible.
La mujer se había quedado pensativa. Tardó tanto en contestar que Anne temió haber dicho algo que la hubiera molestado.
—¿Tú sabes cómo empecé en el mundo del periodismo?
—La joven negó con la cabeza—. Como reportera de guerra...
Sí —añadió al ver su expresión de estupor—.
Con veinticuatro años conseguí que alguien me diera una oportunidad.
¿Y sabes dónde me enviaron? —Anne calculaba que Margaret Connolly tendría unos cincuenta y tantos años.
Antes de que pudiera aventurarse a dar una respuesta, la escocesa se encargó de hacerlo—: A la guerra civil de España. Sería en... el 37.
La sorpresa cruzó el rostro de la joven.
—En ese caso, no hace falta que le describa la importancia de una figura histórica como es la señorita Campoamor, aunque no mucha gente haya oído hablar de ella. Yo misma, sin ir más lejos.
Calló a tiempo de evitar mencionar dónde había leído el nombre de Clara por primera vez.
De haberlo hecho, le habría resultado imposible dejar a su madre, una espía de los servicios secretos británicos, a un lado.
Para alguien con tanto olfato periodístico como Connolly, aquello habría significado un hallazgo imposible de pasar por alto.
—Bueno, aunque el régimen de Franco se ocupó de echar tierra y mierda sobre los nombres de muchos republicanos y más si eran mujeres, los compañeros corresponsales que llevaban allí más tiempo me informaron en su día de lo que Campoamor había conseguido.
No sé nada más, pero con eso ya me basta para sentir el mayor de los respetos por ella.
Así que, adelante, acaba el encargo. En cuanto a los campos de concentración, en su momento tuve que ocuparme de cubrir las noticias en varios escenarios de la Segunda Guerra Mundial, así que ya hablaremos sobre el tema, ¿de acuerdo?
—No sabe cómo se lo agradezco. —Hizo una pausa para afrontar la siguiente pregunta—.
Señora Connolly, el motivo por el que he venido...
Quería pedirle un favor que está relacionado con ese proyecto.
Verá, me resultaría muy útil visitar un campo que se menciona en el libro.
El de Ravensbrück. Aún no sé muy bien cómo lo enfocaré, pero estoy intentando recabar la mayor cantidad de información posible, sobre todo testimonios de presas.
Pero eso nunca será suficiente, creo yo, para hacerme una idea de lo que sucedió allí durante la guerra.
No quiero conformarme con leer lo que otros han contado.
Creo que es importante verlo, sentirlo de alguna manera.
—Necesitarías un visado. Y no va a resultar fácil. El campo está en la RDA... No hace falta que te cuente cómo están las cosas en esa parte de Alemania, con el puto muro separándolo todo... —Dio un prolongado suspiro—. ¿De verdad quieres ir?
Anne asintió. Al ver lo que ardía en su mirada, Connolly intuyó que lo que la impulsaba iba más allá del trabajo periodístico y la documentación. De algún modo, aquella joven le recordaba a sí misma.
—Por lo que sé, dan los visados con cuentagotas, más para periodistas. No les apetece tener nuestras narices husmeando por allí, no sea que descubramos algún otro horror oculto bajo sus tétricas alfombras. Pero lo voy a intentar, ¿de acuerdo? Aunque no te prometo nada.
—Muchísimas gracias, señora Connolly.
—Y a ver si empiezas a tutearme, jovencita. Me haces parecer una vieja con tanto «señora Connolly».
Anne se puso en pie sonriendo y antes de salir dijo:
—De acuerdo, Margaret... Y te prometo que en cuanto termine me tendrás aquí todos los días. Te hartarás de verme.
—Más te vale.
Mirándola por encima de las gafas, la editora dio por concluida la charla con un fingido gesto severo, y después sus ojos regresaron a los papeles que cubrían su mesa.