13. Una misión que cumplir #3
Tras unos momentos de interminable angustia, durante los cuales me vi confesándole a Cecily Bishop que no servía para ser espía, el mecanismo cedió.
Con un suspiro de alivio saqué el maletín.
Las manos me temblaban aún, si bien no me impidieron hacer mi cometido.
Abrí la carpeta y en el interior hallé los documentos.
Al principio, pensé que había algún error, puesto que aquello eran listados de empresas argentinas.
Sin embargo, después de pasar varias páginas, encontré otras que reconocí como alemanas.
Metí la mano en el bolso. Dentro llevaba una de las últimas cámaras Minox Riga que habían sido fabricadas.
Una verdadera preciosidad. Su tamaño, tan diminuto que permitía llevarla encima sin que nadie lo notara, era una de las bazas del espionaje internacional.
En un mundo cambiante como el de entonces, casi resultaba más temible un agente que llevara una de aquellas prodigiosas miniaturas que quien empuñara una pistola.
Inspiré hondo para intentar sosegarme y comencé a tomar fotos.
Sabía que resultarían vitales para detener a quienes pretendían enriquecerse a expensas de otros.
Y no se trataba de cualquier tipo de negocio, sino de algo muy grave.
Esas páginas contenían los nombres de las empresas alemanas que trabajaban con el Tercer Reich y aspiraban a canalizar grandes cantidades de dinero a través de la compañía de Héctor Tuéjar, quien llevaba más de un año colaborando con los nazis.
Lo más indignante de todo era que ese dinero provenía del expolio de las propiedades de ciudadanos judíos que habían acabado en los campos de concentración.
La ira que solía surgir en mis entrañas ardía con fuerza al imaginar los crímenes que aquellos malnacidos habían perpetrado.
La capacidad innata del ser humano para ejercer la crueldad nunca dejaría de sorprenderme.
Cuando estaba a punto de terminar, oí un ruido que por poco no hizo que se me cayera la cámara.
Alguien estaba intentando entrar, pero la cerradura parecía resistírsele.
Tomé las últimas instantáneas y, con el corazón golpeándome el pecho, conseguí volver a meter las hojas en la carpeta y esta en el maletín.
Después de tratar de meterse en la habitación equivocada, Tuéjar había conseguido, por fin, abrir la puerta correcta. Encendió la luz y caminó hacia los armaritos.
De rodillas tras el escritorio, contuve el aliento para que mi agitada respiración no me delatara.
Cuando aquel hombre se percatase de que el casillero en el que había guardado sus documentos estaba abierto, sabría que alguien conocía su secreto.
E intuiría que ese alguien podía seguir en la habitación.
No obstante, el cerebro del empresario funcionaba mucho más despacio de lo habitual debido a su estado de embriaguez.
Desde mi escondite, asomé un ojo para intentar ver lo que hacía.
El hombre, de espaldas a mí, llevaba dos llaves en la mano.
Una era la de la sala y la otra la de su taquilla.
De pie, frente a los archivadores, parecía estar buscando algo en un bolsillo del pantalón. Al no encontrarlo, probó en el otro.
Mientras lo veía hurgar con movimientos torpes, tomé una decisión.
Por una vez, agradecí la costumbre británica de enmoquetar los suelos, que nunca había valorado por considerarla poco higiénica.
En este caso, no solo me estaba protegiendo la piel de las rodillas, sino que camuflaba el ruido que hubiera podido hacer al arrastrarme.
Apenas me separaban un par de metros de la puerta cuando Tuéjar dio con lo que buscaba.
Tras leer en la tarjeta el número, sus ojos recorrieron las taquillas.
Justo antes de llegar a la suya, debió de escuchar algún ruido, puesto que se giró.
Pero ya era tarde. Yo acababa de escabullirme por el pasillo.
Aunque aquel hombre se movía con torpeza, tal vez me habría alcanzado de no ser por el archivador que había entre él y la salida.
Para cuando volvió en sí, confuso y con un buen moretón en la frente a resultas de su encuentro con el mueble, al empresario no debió de costarle aceptar el testimonio de su mujer y del hombre que lo había hallado en el suelo —quien le reveló a uno de nuestros contactos infiltrados aquella conversación—: él mismo tenía que haber abierto su armario y después se habría golpeado la cabeza al creer que había alguien en la habitación.
Seguramente a Tuéjar lo acabó por convencer el hecho de que los documentos siguieran dentro del maletín.
Nunca sabría que su aturdimiento no se lo había provocado el alcohol, sino la sustancia que el camarero que le ofreció la última copa había puesto en ella en dosis mínimas.
Así pues, la hipótesis de Fermina sobre su poca tolerancia a la bebida parecía ser la mejor explicación a todo lo sucedido.
Una vez a salvo en mi casa, fui directamente al aparador en el que guardaba la única botella de alcohol que poseía.
Me serví un buen trago de brandi frente al espejo.
De inmediato, el pasado regresó a mí para recordarme un brindis que nunca olvidaría.
El último que hice con mi querido Miguel.
Levanté el vaso por él y por todos los que habían perecido durante las guerras que tan de cerca me habían tocado.
Estaba deseando que llegara mi siguiente misión.
Anne sonrió emocionada. La mezcla de admiración y ternura que Clara Campoamor le inspiraba había estimulado aún más sus ganas de sacar adelante aquel libro que a la abogada española tanto ilusionaba.
Lo conseguirían, aunque no se quitaba de la cabeza la información que Victoria había preferido no compartir con ella.
La historia completa, con los testimonios de ambas, ganaría tanto que...
Quizá aquella cambiara de opinión. Después de todo, no le había dado un no categórico.
¿Qué hacía falta para que la exdiputada Kent revelara sus secretos?