13. Una misión que cumplir #2
En cuanto entré en el recinto me vi rodeada de personalidades de la esfera cultural bonaerense.
Saludé a una locutora de radio con la que había entablado amistad unos años antes al participar en el programa La voz de España , y a dos excompañeros del Partido Republicano, también exiliados.
Cuando me ofrecieron una copa de champán, me limité a mojarme los labios.
Necesitaba tener la cabeza despejada y sabía que, con solo un par de tragos, la claridad mental que requería lo que había ido a hacer allí se vería mermada.
Por tanto, habría de prescindir del alcohol como método para templar los nervios que me atenazaban el estómago desde hacía unas horas, el tiempo transcurrido desde que había recibido las instrucciones para mi primera misión como agente colaboradora del servicio de espionaje británico.
Por fin había llegado el momento que más esperaba y más temía.
Atrás, al partir de Lausana, habían quedado las dudas y mi corazón, cuya réplica permanecía cobijada en el pecho de Antoinette.
No pasaba un día sin que me planteara si había tomado la decisión correcta al aceptar la propuesta de regresar a Argentina cuando ya me había hecho a la idea de permanecer en Suiza hasta que pudiera retornar a España.
No obstante, viendo cómo iba cambiando la postura de muchos países con respecto a la dictadura franquista, a la que ya no se criticaba tanto, no me quedaban muchas esperanzas de que el régimen fuera a ser depuesto en un futuro inmediato.
De manera que, aunque solo fuese por ese motivo, mi elección parecía ser acertada.
Tenía que serlo. Si no podía enfrentarme a Franco, al menos lucharía contra sus amigos, los nazis.
El embajador, David Victor Kelly, acababa de dar un discurso para agradecer la asistencia de quienes llenábamos la sala, unos sentados y otros de pie, en torno a altas mesitas sobre las que podíamos dejar las bebidas y charlar.
Acompañada sobre todo por los aplausos de sus conciudadanos, algunos de ellos diplomáticos y sus familias, una pianista británica comenzó su actuación.
Recuerdo que escuché embelesada las piezas que tocó.
Me permití esos momentos de asueto para intentar encontrar la esquiva calma.
Después, una narradora mexicana, varios bailarines de tango y una banda de jazz estadounidense deleitaron al público, mientras decenas de canapés y copas de champán recorrían el enorme salón a bordo de bandejas sostenidas con habilidad por los camareros.
Durante la velada apenas tomé asiento unos minutos.
El resto del tiempo me dediqué a observar los distintos círculos de asistentes, manteniendo solo breves conversaciones con las personas que se me acercaban al reconocerme.
Entre ellos, con un joven con traje de chaqueta al que no había visto nunca y que se aproximó a mí para estrecharme la mano con entusiasmo.
Debía situarme lo más cerca posible de la puerta que se hallaba al otro lado del enorme salón.
Los nervios, que antes parecían relegados a mi estómago, iban conquistando otras partes de mi cuerpo.
Noté que me temblaban las manos y que sudaba, si bien traté de no pensar en ello.
Transcurridos unos minutos se anunció la siguiente actuación.
Para cuando la poeta Fermina Tuéjar subió a la tarima, tras dejar a su marido sentado entre el público con una copa en la mano y advertirle que no se la bebiese entera, yo ya me encontraba a escasos metros de aquella salida.
Y aproveché los aplausos con los que la mujer fue recibida por parte de la numerosa comunidad argentina allí congregada para cruzar el salón.
Avancé por un pasillo que giraba a la izquierda. Me apresuré, recordando el recorrido que me habían trazado en un papel horas antes. En cuanto doblara la esquina, encontraría dos escaleras. Me costó no gritar al chocarme con un hombre vestido de uniforme.
—Uy, perdón... Busco los aseos. ¿Toilets?
El oficial me indicó en un castellano con fuerte acento británico que estaban en el primer piso.
Debía ir a la izquierda una vez llegara arriba, y es lo que hice por si el hombre me observaba.
Sin embargo, al cabo de unos segundos, desanduve unos metros y me asomé con cuidado.
No vi a nadie. El militar debía de estar haciendo una ronda por los pasillos sin llegar a apostarse en un lugar fijo.
Esperé unos instantes por precaución y, al comprobar que no regresaba, crucé hacia el ala opuesta de la planta.
Allí me aguardaban los casilleros en los que, según el colaborador que nos había asesorado en la operación, los invitados, con frecuencia hombres de negocios o políticos, solían dejar sus pertenencias en cajas de seguridad mientras disfrutaban de las fiestas ofrecidas por el embajador.
Conté las puertas y, al llegar a la quinta del lado derecho del corredor, saqué una horquilla.
Mi breve entrenamiento, de apenas dos meses, durante el que había aprendido destrezas tan importantes como abrir cerraduras, escuchar sin ser detectada u ocultar documentos, había sido provechoso y muy satisfactorio al revelarme una habilidad para determinadas cosas que nunca habría sospechado tener.
Con la respiración agitada, miré a ambos lados antes de entrar.
Tras cerrar, saqué del bolso una pequeña linterna.
La habitación era bastante grande. Los ventanales estaban cubiertos con cortinas, lo que aseguraba que no se viera nada desde el exterior.
A un lado había un escritorio de gran tamaño y dos butacas frente a él.
A su izquierda se alzaba una enorme librería con centenares de volúmenes.
A mi derecha, según había entrado, hallé lo que buscaba después de esquivar un mueble archivero tan alto como yo.
Extraje lo que llevaba oculto en un pequeño bolsillo interior de la chaqueta: el papelito que había metido allí unos minutos antes, nada más entregármelo el joven desconocido que me había saludado de forma tan fervorosa.
Busqué entre los armaritos el que tenía una etiqueta: 7F.
Esta vez usé una ganzúa e intenté abrirlo sin éxito durante unos minutos que se me hicieron eternos.
¿Iba a fracasar en mi primera misión por culpa de aquella estúpida cerradura?
Fermina Tuéjar inclinó la cabeza para agradecer los aplausos con los que el público la obsequiaba.
Había leído ya varias composiciones y le quedaban algunas más, entre ellas una oda de varias estrofas que, a buen seguro, provocaría la emoción de quienes la escuchaban.
Su marido, mientras tanto, empezaba a impacientarse.
No le gustaba la idea de tener esos documentos tan lejos de sí por mucho que supiese que estaban bajo llave.
Si por él hubiera sido, se habría quedado el maletín, pero su esposa había insistido en que ninguno de los otros hombres llevaba encima el trabajo del día, por lo que, para no levantar sospechas, le había hecho caso.
Un camarero le ofreció una copa y dudó. Sabía que no debía pasarse, puesto que no toleraba demasiado bien el alcohol.
No obstante, en la sala hacía calor. Tras unos segundos de dudas, aceptó y tomó un buen trago.
Se dijo a sí mismo que una copa y media no era gran cosa.
En cuanto la poeta concluyó la siguiente pieza, su marido se levantó aprovechando la ovación del enfervorecido público, que se había puesto en pie.
Ella no tenía por qué enterarse de que había subido a darse una vuelta por aquella habitación para asegurarse de que nadie merodeaba por allí.
Miró atrás para ver si Fermina se había percatado de su ausencia, si bien la artista ya estaba enfrascada en la lectura con su habitual pasión.
Tuéjar se encaminó hacia la escalera, molesto al darse cuenta de que el champán le afectaba incluso más que otras bebidas.
Subió con cierta dificultad, sujetándose a la barandilla para no perder el equilibrio.
Cuando consiguió llegar a lo alto, giró a la derecha y contó las puertas.
Ya frente a la adecuada, metió la llave en la cerradura y la abrió.