13. Una misión que cumplir
U NA MISIÓN QUE CUMPLIR
Lausana, una semana después
—Gracias —le dijo a Antoinette cuando esta le sirvió una taza de té.
—¿Cómo va todo, Anne? —preguntó Clara tras beber un sorbo de una tisana que llevaba semanas tomando con la esperanza de que aliviase sus dolores.
—La verdad es que todavía estoy leyendo los materiales. Voy un poco lenta, porque aprovecho para redactar notas que me servirán después para escribir... Cualquiera diría que no tengo tiempo.
—Tranquila, es comprensible —contestó Campoamor—. El cuerpo y la mente necesitan volver a ponerse a punto después de un parón. Además, tienes mucho que leer.
—Sí, sobre todo por parte de mi madre. Cada semana vuelvo de su casa con nuevas cajas. El dormitorio de la ni... —Se detuvo abruptamente al darse cuenta de lo que acababa de decir—. La habitación de invitados está llena.
Anne intentó esquivar el silencio que siguió a su aseveración bebiendo un trago de té. Luego, de forma un tanto sorprendente para sus interlocutoras y para sí misma, continuó:
—Hace unos días recibí una llamada de James.
—¿Y cómo te sientes? —inquirió Antoinette.
—No sé... Al principio me enfadé.
—¿Y ahora?
Anne miró a Clara, que era quien había preguntado.
—Estoy bien... Solo quería decirme que pensaba en mí. Después de todos estos meses... Y ya está. No sé por qué os lo he contado. Ahora mismo tengo otras cosas de las que ocuparme.
—¿Estás segura?
—Sí, Antoinette, no voy a dejar que me distraiga alguien que ya no está en mi vida. James es agua pasada. Así que hablemos de lo verdaderamente importante: vosotras.
En las mentes de las ancianas surgieron pensamientos similares tras tantos años de intercambio de opiniones muy afines sobre toda clase de temas.
Después, cuando Anne se hubiera marchado, confirmarían que ninguna de las dos creía que la relación de la joven con aquel hombre fuera un asunto concluido, aunque ambas, llevadas por la prudencia, hubieran preferido no decírselo.
Mientras tanto ella, ajena a sus cavilaciones, prosiguió:
—No sé si os lo habéis planteado, pero, como contamos con los textos de Victoria Kent, la estructura del libro va a cambiar con respecto a la idea que teníais.
Ahora hay dos protagonistas, quizá no con el mismo peso, debido a la escasez de materiales que nos ha proporcionado, pero sí con una importancia similar, ¿no es así?
—Sí, soy consciente de ello. Y me parece bien, es lo justo —afirmó Clara, reclinándose en el sofá.
—Bien, ya veremos cómo afrontamos eso cuando acabe de leerlo todo, ¿de acuerdo? Por el momento, os he traído unos capítulos escritos por mi madre para que les echéis un vistazo.
Abrió la mochila y sacó una carpeta. Extrajo un fajo de hojas y se las entregó a Antoinette. Esta, tras ponerse unas gafas, leyó en alto la palabra que encabezaba la primera página y alzó la mirada.
—¿Música?
—No te dejes engañar por el título. Lo que vais a leer no tiene nada de bello, en lo referente al tema que trata, quiero decir. Por lo que respecta al estilo, dejaré que vosotras mismas juzguéis, no quiero influiros.
—Clara, ¿te apetece oírlo ahora o quieres que lo leamos más tarde?
—Adelante. Soy toda oídos.
Antoinette inició la lectura, que le llevó varios minutos.
Cuando llegó la parte de mayor crudeza, en la que la guardiana del campo de concentración de Ravensbrück trataba a la violinista judía con una brutalidad insoportable, tuvo que detenerse.
Su expresión revelaba el horror que le provocaba la vívida descripción de los hechos.
Mientras tanto, la mirada opaca de Clara se perdía entre las sombras de la habitación sin que su rostro denotara que la narración la estuviera afectando tanto como a las otras dos mujeres.
Al terminar, la suiza tragó saliva, incapaz de añadir nada a la terrible escena que acababa de leer.
Clara, en cambio, no tardó en pronunciarse:
—Tu madre poseía un talento innegable para la literatura, Anne. El texto tiene muchísima fuerza.
—Es cierto. Pero ¿se trata de ficción o sucedió en realidad? ¿Tú lo sabes?
—Cosas así y mucho peores eran habituales en los campos de concentración.
Las tres se quedaron en silencio durante unos instantes.
El poder de las palabras para evocar hechos y transmitirlos con fidelidad, a pesar del tiempo transcurrido y de que no hubieran conocido a los personajes, había logrado transportarlas hasta aquel campo, uno más entre los miles que los nazis construyeron en diversos puntos de Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
—Lo que se sabe sobre lo ocurrido en lugares como aquel —prosiguió Clara—, que fueron verdaderos infiernos en la tierra, no es más que una pequeña porción. Nuestra capacidad para causar el mal no tiene límites, hasta el punto de perpetrar actos inimaginables.
—Bueno, pero muchos de los responsables de aquellas atrocidades fueron juzgados por crímenes de guerra, ¿no? En los juicios de Núremberg, sin ir más lejos, supongo.
La leve sonrisa que se trazó en los labios de Clara no obedecía a ningún tipo de pensamiento feliz, sino a pura ironía.
—Me temo que el porcentaje de hombres y mujeres responsables de aquellas salvajadas que fueron ajusticiados es muy inferior al que todos esperábamos. ¿No dijiste que Victoria te había dado información al respecto?
Anne asintió y, de inmediato, consciente de que era probable que Clara no pudiera ver su gesto, habló:
—Sí, aunque solo la he mirado por encima.
Me pondré con ello enseguida. Ah, que no se me olvide...
También os he traído algunos de los textos que me entregó.
Son sobre su estancia en París durante la ocupación nazi.
Yo ya los he leído y son fantásticos. Quedarían muy bien en el libro si me permitiera usarlos tal cual están, aunque me da la sensación de que faltan cosas.
Hay un parón muy abrupto tras las últimas páginas.
—Hizo una pausa, esperando que Campoamor comentase algo.
No fue así—. Dijo que tal vez me resultarían útiles, pero no especificó si podía meterlos en la historia.
Clara, ya me dirás qué te parecen y si crees oportuno pedirle permiso para hacerlos públicos.
Tras dejar a las dos mujeres, Anne partió hacia el aeropuerto.
Intuía que ambas seguían guardándose algo que podría resultar muy relevante para redondear aquella narración.
Por ahora, respetaría su decisión de no compartirlo con ella, si bien sabía que, llegado el momento, tendría que averiguar de qué se trataba. Costara lo que costara.
A la mañana siguiente
Pretendía estudiar a fondo los materiales que Victoria Kent le había entregado sobre los juicios de Núremberg, tal como había quedado con las dos abogadas.
Sin embargo, debido a la extraña sensación con la que salió de Lausana, al llegar a casa decidió examinar el tercer paquete de folios que Clara había redactado y que, según Antoinette, contenía información sobre sus actividades secretas tras marchar a Argentina.
Su instinto le decía que se estaba acercando a la resolución del misterio que tanto Campoamor como Kent parecían ocultar.
El nombre del capítulo resultaba, cuando menos, peculiar.
La fiesta
Buenos Aires, enero de 1944
Del balcón de la embajada pendían la bandera del Reino Unido y las de todas sus colonias.
Guirnaldas y bombillas decoraban cada rincón.
No se había escatimado en gastos para recibir a los invitados que acudirían esa noche a la fiesta organizada por el embajador británico.
Lo más granado del panorama cultural residente en Buenos Aires, tanto argentinos como artistas provenientes de diversos lugares del mundo, había sido convocado para pasar una velada que prometía ser uno de los eventos del año en la capital.
En la lista de invitados también figuraban exiliados, sobre todo españoles y franceses, así como algún que otro periodista.
Mi nombre había sido incluido al ser una expolítica exiliada y debido a mi faceta como escritora y articulista.
Entre los asistentes se encontraba Fermina Tuéjar, una escritora de quien había oído hablar pero no conocía en persona.
Sin embargo, aquella noche yo no pretendía atraer ningún tipo de atención sobre mí, por lo que intentaría evitar que nos presentaran.
Menos aún debía establecer contacto alguno con su marido, el empresario Héctor Tuéjar.
El matrimonio acababa de llegar en taxi, aunque no habían salido juntos de casa.
Su esposa pasó a recogerlo por un bloque de apartamentos donde él se había reunido con sus socios.
O eso era lo que ella pensaba. En realidad, había tenido una entrevista con dos colaboradores del Tercer Reich.
Al concluir el encuentro, Tuéjar había cerrado un trato que le reportaría una cantidad considerable de ingresos durante los siguientes años.
Cuando el empresario abandonó aquel edificio, llevaba en el maletín de cuero marrón, adornado con una chapa dorada en la que brillaban las iniciales HT, una carpeta muy importante que le habría gustado meter de inmediato en su caja fuerte.
No obstante, la premura por acudir a la fiesta de la embajada, a la que Fermina estaba invitada en calidad de artista, lo había obligado a llevarse los documentos consigo.
El teléfono pinchado del empresario había revelado sus planes a los servicios secretos, que, conocedores de la presencia de los Tuéjar en el acontecimiento que iba a celebrarse, habían organizado de manera urgente una operación.
Yo me había puesto uno de mis mejores conjuntos, de falda y chaqueta marrón, con una blusa de color crema, y llevaba un bolso de mano que me aseguraría de no soltar en toda la noche.