12. El fin de la esperanza #3
Se miraron estupefactas. Las lágrimas acudieron más rápidas que la rabia.
Victoria se aferró a Adèle con un abrazo desesperado, sacudida por un llanto al que no estaba acostumbrada.
Oculto entre sus entrañas, enterrado bajo la necesidad de sobrevivir al dolor y a la adversidad, no había emergido gracias a la férrea voluntad de la malagueña, que esta vez no pudo detenerlo.
La otra mujer le frotó la espalda y la sujetó para que el terrible golpe no la derribara. Y entonces llegó la ira.
Victoria cayó de rodillas al suelo, entre sollozos y gritos.
—¡Malditos sean esos miserables!
Adèle se agachó junto a ella y esperó. Haría falta tiempo para que su amiga se sobrepusiera, pero a esas alturas la conocía bien y sabía que, tras el desmoronamiento, se levantaría de nuevo. No estaba sola, aunque a veces pareciera que librara su guerra particular contra el mundo.
Aquel día Victoria no probó bocado. Sentía la necesidad de alejarse de la casa.
Así, caminó durante horas, dándole vueltas a los sucesos que habían trazado su trayectoria vital y laboral.
Desde su trabajo en las prisiones a su labor política en el Congreso, pasando por los años de guerra y el exilio, que apenas acababa de comenzar.
Ahora llegaba el verdadero exilio, la pérdida del hogar, simbolizado en la patria.
Ahora tocaba aceptar que habían sido derrotados, pues tras caer Madrid el resto sucumbiría en poco tiempo.
Todas sus esperanzas de regresar se habían desvanecido. ¿Qué iba a hacer en adelante? ¿A dónde podía ir? Seguía sin querer marcharse a América y la posibilidad de quedarse en Francia... Era demasiado pronto para tomar una decisión, si bien tendría que hacerlo en breve.
Durante los días siguientes llegaron más noticias, ninguna buena. Como esperaban, una a una fueron cayendo las ciudades españolas que habían resistido el avance del ejército sublevado. Hasta el 1 de abril.
Sobre las once de la noche, las dos mujeres escucharon sobrecogidas el último parte de guerra, radiado desde Burgos:
«En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado».
El regreso a París estuvo teñido de tristeza. La pequeña tregua que les habían proporcionado sus vacaciones terminó sin que hubiera una transición que les permitiera prepararse para lo que iban a encontrar. El flujo de refugiados se había multiplicado y el trabajo las absorbió en su vorágine.
Los meses transcurrieron veloces, al ritmo del tictac frenético del avance nazi, que iba trazando un rastro rojizo de destrucción en el mapa de Europa.
Pronto fue evidente que la paz, tras dos décadas, estaba enferma de muerte.
Cuando el 1 de septiembre de 1939 escucharon el noticiario, Adèle y Victoria se miraron en silencio.
Lo que ninguna se atrevió a decir en alto asomaba a sus ojos sin necesidad de plasmarlo en palabras.
Miedo.
Un miedo real y cercano, no por lo que pudiera pasarles a desconocidos esta vez, sino a ellas mismas, a la gente de su entorno, y por la intuición de cómo se desarrollarían los siguientes años.
Aunque nunca, ni en sus peores pesadillas, habrían llegado a imaginar el horror que se avecinaba.
Los alemanes habían invadido Polonia y ya no había marcha atrás para detener el mecanismo de una maquinaria brutal que avanzaba destrozándolo todo.
Millones de inocentes pagarían con sus vidas la desmesurada ambición de unos pocos hombres, aupados al poder por multitudes manipulables y cegadas mediante promesas que las llevarían a cometer las mayores atrocidades.
Dos días más tarde, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania.
Después les siguieron Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Canadá.
Los Aliados se estaban organizando con el objetivo de contener a aquella bestia que pretendía devorar fronteras y territorios para seguir aumentando el volumen de su monstruoso cuerpo.
Pese a las desesperanzadoras nuevas, las cosas no cambiaron mucho en París durante los primeros meses.
La sensación engañosa de normalidad les permitió a Victoria y a Adèle seguir con sus rutinas, si bien las gestiones para sacar a refugiados del país continuaron aumentando, ante la mayor amplitud de zonas invadidas y el número creciente de personas de distintas nacionalidades forzadas a huir.
No obstante, con el fin de la Guerra Civil en España, el trabajo de Kent como secretaria de la embajada había concluido y la búsqueda de asilo para tanta gente resultaba extremadamente complicada.
A principios de 1940 todavía albergaban la esperanza de que Alemania fuera derrotada y la guerra acabase pronto.
Sin embargo, el Eje comenzó a acumular victorias en Polonia y después en Noruega y Dinamarca, que habían permanecido neutrales.
Era evidente que Hitler se estaba preparando para proseguir hacia el oeste su ofensiva, a la que Victoria y Adèle asistieron desde el saloncito de su casa, como si se tratara de un drama radiado.
Y así, el día más temido, uno que jamás olvidarían, llegó.
La entrada de los nazis en París.