Donde habita tu reflejo 12. El fin de la esperanza #2
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12. El fin de la esperanza #2

El espectáculo era desolador. Donde unos minutos antes había barracones y toda una estructura planificada, ahora reinaban el caos y el terror.

Y lo mismo sucedió en otros escenarios que Victoria visitó después.

Las caras de los soldados y los habitantes de los pueblos se parecían, igualados por la miseria, el miedo y el sufrimiento.

Sin embargo, todos quedarían grabados en su memoria, los vivos y los muertos.

La diputada se repetía a sí misma que algún día acabaría aquella estúpida guerra y no tendría que volver a presenciar algo tan estremecedor.

La vida se encargaría de demostrarle que se equivocaba.

Anne dio un trago a su té y compuso un gesto de desagrado al comprobar que se había quedado frío.

Lo volvió a dejar en la mesa. El texto que acababa de leer ofrecía un relato extremadamente valioso de la guerra civil española.

No podía negar que el material era muy bueno, tanto como el de Clara.

No obstante, los escritos de esta transmitían una calidez que le costaba encontrar en los de Victoria.

Quizá se debiera solo al uso de la tercera persona para referirse a sí misma en vez de la primera, que tan buen resultado daba en los de Campoamor.

Sin embargo, tenía la sensación de que no se trataba solo de eso.

El empeño de Kent por distanciarse de los hechos podría obedecer a una incapacidad de enfrentarse al horror que hubo de vivir.

Cuando hubiera leído todo, quizá tendría otra impresión, aunque algo le decía que no iba a ser así.

Cogió otra subcarpeta, que llevaba un título en la portada tan escueto como sugerente: «París».

1937-1940

Victoria Kent había llegado a Francia en 1937 sin tener la menor idea del tiempo que tardaría en regresar a su país.

El Gobierno de la República acababa de crear en París la Embajada de España, de la que la habían nombrado secretaria, además de delegada nacional de la Infancia Evacuada.

Mientras atravesaba los Pirineos, llevaba el alma colmada de tanta miseria y desolación como había presenciado a lo largo del camino a medida que iban cayendo los frentes republicanos.

Y se prometió que haría lo imposible por ayudar a tantas personas como pudiera en cuanto tomara posesión de su nuevo cargo.

Cuando apenas llevaba unos días en la capital gala, en una reunión que tuvo lugar en la embajada con miembros de asociaciones humanitarias, le presentaron a Adèle de Blonay.

La mujer, de origen suizo, llevaba muchos años en Francia.

Era miembro de la Cruz Roja y tenía las ideas muy claras sobre lo que estaba ocurriendo en Europa y, por supuesto, en España.

Su colaboración resultó fundamental para Victoria en la búsqueda de familias de acogida y para encontrar asilo a las personas que habían cruzado los Pirineos huyendo de la Guerra Civil.

Durante el primer año, la diputada Kent estuvo tan ocupada trabajando que apenas tenía tiempo de pensar en sí misma.

Por aquel entonces, las esperanzas de que la guerra en España terminara y ella pudiera recuperar lo que había dejado atrás no parecían descabelladas.

De hecho, cuando se marchó de Madrid no había recogido sus pertenencias ni dado instrucciones para que alguien se encargara de su casa o sus asuntos.

Al fin y al cabo, trabajaba para el Gobierno y se sentía, hasta cierto punto, protegida.

Después, al hallarse a tantos kilómetros, su sensación de seguridad aumentó, aunque ver el estado en el que llegaban los miles de exiliados, lo que relataban y las pérdidas terribles que habían sufrido, debería haberle hecho entender que la distancia con su hogar y su mundo no disminuiría a corto plazo.

Incluso cuando las cosas empezaron a ponerse verdaderamente feas en Europa, mantenía cierta confianza en que, de estallar la guerra, siempre contaría con un trabajo en Francia, gracias a su pasaporte diplomático y sus contactos.

Sin embargo, con el paso de los meses, las circunstancias le hicieron comprender que solo era una refugiada más y que su retorno a España habría de posponerse aún bastante tiempo.

Se había mudado a casa de Adèle, donde podía vivir con comodidad por un alquiler casi simbólico.

Las dos tenían más o menos la misma edad y compartían la mayor parte de espacios, tanto en el trabajo como fuera, cuando podían hacerle un hueco al ocio entre todas las preocupaciones que cercaban aquella transitoria felicidad.

Victoria tuvo la oportunidad de conocer a algunas de sus amigas, cuya forma de ver el mundo era afín a la suya y con quienes disfrutó de momentos especiales haciendo cosas sencillas, como montar en bicicleta, salir de pícnic o asistir a conciertos.

Solas o con aquel grupo de mujeres, durante más de un año paladearon un tiempo cuya fragilidad casi se podía palpar.

En 1938, la situación en Europa comenzó a complicarse por culpa del canciller nazi Adolf Hitler, quien había iniciado movimientos amenazantes en distintos puntos del continente, primero anexionándose Austria y después invadiendo los Sudetes, en Checoslovaquia.

Desde allí, siguió apoderándose de territorios, violando así todos los acuerdos firmados por el resto de las naciones europeas.

La codicia del Führer no tenía límites y daba muestras de ello con cada uno de sus actos, de los que Victoria y Adèle se mantenían informadas a través de las embajadas y la radio.

La incertidumbre sobre el futuro crecía a medida que las perspectivas de proteger la paz, a la que con tanto gusto se habían aficionado en el continente, iban debilitándose.

Había hecho una pausa para prepararse algo de comer. El teléfono sonó y, mientras se acercaba a cogerlo, iba mordisqueando una zanahoria.

—Hola, Anne.

Un trozo del vegetal se le fue por mal lado.

—¿Te encuentras bien? —preguntó la voz al oír sus toses.

Intentando recuperarse del atragantamiento, respondió:

—Hola, James... Estoy bien.

—Me alegro.

Sabía que él estaba sonriendo y notó de inmediato cómo algo revoloteaba en su vientre. Hasta ahora no se había parado a pensar, porque no podía permitírselo, cuánto lo echaba de menos.

Los dos callaron durante unos instantes que se les antojaron eternos.

—¿Y tú? ¿Todo bien?

Un suspiro precedió a las palabras de él:

—No sé...

—¿Cómo que no sabes? ¿Ha pasado algo?

De nuevo, se hizo un silencio incómodo.

—Sí... No... —Un nuevo suspiro—. En realidad, no he dejado de pensar en ti.

—¿Te refieres a estos cinco meses? Porque ese es el tiempo que llevo sin tener noticias tuyas.

—Lo sé, y lo lamento de verdad.

—¿Me llamas para decirme esto? ¿Por qué ahora?

Las mariposas o lo que fuera que había aleteado en su estómago habían huido aterradas por la ira que acababa de entrar allí en tromba. ¿Cómo se atrevía a reaparecer, tras una eternidad en la que ella había tenido que enfrentarse sola a un dolor atroz y a sus propios remordimientos?

—Sé que estás enfadada y no te culpo. Me he portado como un...

—¿Gilipollas?

—Eso es, como un gilipollas y todo lo que se te ocurra llamarme. Me lo merezco.

—Desde luego que sí.

—Escucha, soy consciente de que no tengo derecho a pedirte nada, pero me gustaría que nos viéramos. Aunque solo sea para tomarnos un café. Necesito verte, asegurarme de que estás bien... Por favor.

Era el turno de Anne de callar. No podía negar que la llamada le estaba despertando ciertas emociones.

En realidad, ella nunca había dejado de querer a James.

Simplemente, se había visto obligada a aceptar su marcha y a llorar su ausencia, junto con la pérdida de su bebé y de su madre.

La persona que tendría que haberla apoyado había desaparecido por completo de su vida, excusándose en que no podía soportar quedarse.

—Tengo que dejarte.

—Claro...

La periodista colgó sin siquiera despedirse. No iba a dedicar ni un minuto de su tiempo a pensar en él. Solo faltaba.

En la encimera de la cocina quedó la cena intacta mientras Anne se sentaba con la intención de retomar la lectura.

Aunque pretendía convencerse de que no había pasado nada, tuvo que inspirar hondo para intentar apaciguar los nervios y el malhumor.

En cuanto a su cabeza, se la tendrían que calmar las palabras de Victoria Kent.

28 de marzo de 1939

—¡Victoria! ¡Ven, date prisa!

Adèle se acababa de asomar por la ventana cuando la española disfrutaba del agradable sol en el jardín, sentada en una cómoda silla y tapada con una manta que la protegía del soplo helado de la primavera.

El susto, que la despertó de una breve cabezada, casi la hizo caer al suelo.

Tampoco la tranquilizó la expresión de su amiga al llamarla.

Algo muy grave debía de estar sucediendo.

Llevaban una semana en la mansión que la familia De Blonay tenía en las montañas suizas y desde su llegada no habían hecho otra cosa que relajarse y llenar los pulmones de aire fresco.

Lo necesitaban desesperadamente después de los terribles meses pasados, inmersas en una lucha sin cuartel para acelerar las evacuaciones de refugiados españoles antes de que la situación en Europa cercenara el flujo hacia América.

La idea de viajar a la tierra de Adèle se le había ocurrido a esta al comprender que todo estaba a punto de cambiar.

Quién sabía lo que sucedería en cuestión de semanas, viendo el cariz que iban tomando los acontecimientos.

El avance de las tropas alemanas por el continente y el tono, cada vez más beligerante, del resto de las naciones no presagiaban nada bueno.

—¿Qué ocurre?

Cuando Victoria entró en la cocina con gesto de alerta, Adèle se llevó un dedo a los labios para que guardara silencio. Subió el volumen de la radio:

«... tras treinta y dos meses de guerra, las tropas del ejército comandado por el general Francisco Franco han entrado en Madrid sin encontrar resistencia. Todos los edificios públicos han sido ocupados por el ejército nacional».