Donde habita tu reflejo 12. El fin de la esperanza
36%

12. El fin de la esperanza

E L FIN DE LA ESPERANZA

Anne se había levantado más temprano de lo habitual para poder hacer todo lo que quería antes de continuar con la investigación.

Quitó los libros de una de las secciones de la estantería grande del comedor, compuesta por cuatro baldas, y los metió en cajas.

Ya regresarían a su sitio más adelante. Ahora necesitaba ese espacio para clasificar los materiales de una forma más metódica; de lo contrario, corría el riesgo de cometer errores o verse inmersa en un maremágnum ingobernable de datos.

Además, había decidido que la mejor forma de progresar sería leer las distintas fuentes cronológicamente, centrándose en el mismo período siempre que fuese posible, de manera que pudiera tener una visión global de los hechos contados por sus tres narradoras.

Tras colocar los archivadores de Cecily, las cajas que contenían los tomos de Clara Campoamor y la voluminosa carpeta de Victoria Kent, hizo un poco de ejercicio y se dio una ducha.

Se encontraba de maravilla por primera vez desde hacía mucho.

El sótano en el que sentía que había estado encerrada durante el último año parecía un mal sueño al que no tenía la menor intención de regresar.

De forma un tanto sorprendente, la visita al cementerio la había ayudado a pasar página y eso pretendía hacer.

Para ello se había propuesto volcarse en el trabajo y empezó por seleccionar las primeras hojas de los materiales que Victoria le había entregado.

Ya era hora de desentrañar el misterio de aquella mujer cuyo vínculo con Clara le resultaba tan enigmático.

Tal como aquella le había adelantado, encontró un texto con una evidente intención literaria, al igual que los de Clara. Con una tremenda curiosidad por averiguar cuál de los dos estilos le gustaría más, comenzó a leer.

Tierra y sangre

1936-1937

La explosión le había dejado en los oídos un pitido ensordecedor que enmudeció de forma brutal el resto de los sonidos del mundo.

Una lluvia de piedras y matorrales siguió al estruendo, enterrándolo todo.

Victoria notó el sabor de la sangre y, al mover la boca, masticó tierra.

No podía abrir los párpados. Cuando lo consiguió, se topó con el rostro de un muerto justo a su lado.

Sintió que su mirada, abismal y vacía, iba a engullirla.

Después de unos segundos interminables, el movimiento de la escena, congelada tras la explosión, se reinició.

Alguien le tocaba el brazo. Al girarse, vio a un soldado que intentaba pedirle ayuda.

De una de sus piernas no quedaba más que un muñón deshilachado y sanguinolento.

Sus dedos crispados le hacían daño mientras se aferraba a ella con desesperación.

El joven, que no tendría más de dieciséis años, llevaba el pánico grabado en los ojos, muy verdes.

Victoria no solo oía los gritos desgarradores del chico, sino los de varios hombres más a pocos metros.

Unos tenían heridas en la cara, otros en el tronco o los miembros.

Constató que dos más habían fallecido. Estaban bocabajo, si bien las terribles aberturas causadas por los cañonazos no dejaban lugar a dudas sobre la imposibilidad de que sus corazones volvieran a latir.

El capitán de la guarnición daba órdenes a la desesperada, intentando recomponer las filas defensivas de las trincheras.

Con ataques de esa magnitud, el entorno de la sierra acabaría convertido en una zona llena de oquedades donde la muerte sembraría los huesos de los fallecidos.

La única cosecha durante los siguientes años sería el silencio.

Victoria Kent se había desplazado hasta el frente de Guadarrama unas semanas atrás, cuando la sublevación para acabar con la Segunda República, iniciada en Melilla, avanzaba como un cáncer por España.

Los generales Franco y Mola, al mando de las tropas de Marruecos y del Ejército del Norte respectivamente, tenían como principal objetivo ocupar Madrid lo antes posible.

Por tanto, era de vital importancia para los republicanos impedir su avance, no solo porque, de verse superado su ejército, el golpe de Estado sería un hecho consumado, sino también porque la moral en las provincias que aún aguantaban estaba en juego.

Todo el mundo era consciente de que en el momento en que cayera Madrid se produciría un efecto dominó.

Los rebeldes que marchaban desde el norte tenían que atravesar el Sistema Central, de manera que los puertos de la sierra de Guadarrama y de Somosierra se convirtieron en puntos estratégicos y decisivos para defender la capital.

Centenares de voluntarios habían marchado hacia el Alto del León, a sabiendas de que el enemigo intentaría pasar por allí.

Victoria, que era incapaz de quedarse de brazos cruzados mientras los enfrentamientos armados en las calles de Madrid forzaban a la población a recluirse en casa, había decidido unirse a quienes luchaban en la sierra.

Había mucho que hacer, no solo en primera línea, donde los ejércitos se enfrentaban, sino también en la retaguardia, donde los ciudadanos de a pie sufrían las consecuencias de los ataques.

Ellos, que siempre habían estado entre sus principales preocupaciones y cuyo bienestar fue su acicate cuando decidió dedicarse al derecho penal, atrajeron su atención de inmediato, al imaginar lo que debían de estar pasando.

Se trataba de familias humildes, con demasiados hijos en su mayoría, que vivían en la miseria, arrinconados en aldeas y pueblos, sin provisiones o servicios mínimos y en condiciones insalubres.

Así pues, la diputada se había ofrecido para acompañar a las guarniciones que distribuían alimentos y ropa.

Junto a ella, sentados en la parte trasera de un camión entre los soldados, viajaban los únicos civiles del grupo: tres mujeres, todas voluntarias, y dos médicos.

Habían salido de Madrid poco después de medianoche y el tiempo que compartieron en aquel vehículo, pese a los silencios y al sueño, que les asaltaba de tanto en tanto, le permitió conocer los motivos que los habían impulsado a embarcarse en aquella peligrosa empresa.

Una de las mujeres era la viuda de un hombre a quien una bala perdida había matado durante los primeros enfrentamientos en la capital.

Buscaba aliviar su dolor, que llevaba tallado en el rostro y en sus gestos, exponiéndose al peligro en un intento de ayudar a los demás.

En cuanto a las otras dos, habían trabajado como matrona y como maestra.

No tenían familia y sabían que sus oficios serían de utilidad en el lugar al que se dirigían.

Al escuchar sus historias, Victoria se preguntó cuál sería su razón para estar allí.

Habían tomado carreteras secundarias con el fin de evitar la ruta principal, donde los sublevados solían tender emboscadas a los transportes.

Después, dejaron atrás el vehículo y avanzaron por la montaña sobre mulas y caballos que les tenían preparados.

Con la luz del amanecer descubrieron un conjunto de construcciones pequeñas.

El emplazamiento estaba rodeado de dos líneas de trincheras y protegido, en un lado, por el parapeto natural de berrocales y, en el opuesto, por nidos de ametralladora.

Aquellas edificaciones y otras similares, en las que Victoria y los demás se guarecerían durante los días que pasaran recorriendo los montes, parecían fuertemente preparadas para soportar los ataques de los rebeldes, pero también el fuego amigo de la artillería y la aviación republicanas.

De momento, no había estado expuesta al verdadero peligro.

Hasta entonces.

Con el desagradable sabor de la tierra y la sangre en los labios, se pasó la manga del abrigo por la cara para limpiársela y poder ver mejor.

A continuación, se acercó a uno de los fallecidos.

Intentando no prestar atención a nada más allá de la camisa que acababa de quitarle, regresó junto al joven herido.

Durante las semanas previas, había visto cómo se hacía un torniquete.

Enrolló la prenda en torno al muñón y apretó con todas sus fuerzas para impedir que el chico se desangrara.

Después, mientras le sujetaba la mano para infundirle ánimos, buscó con la mirada entre la confusión que los rodeaba.

Ahí estaba uno de los doctores. Lo llamó a gritos y consiguió que la viera.

En cuanto el galeno se acercó y se fijó en la terrible amputación, le hizo un gesto casi imperceptible: aquel chaval no viviría mucho más.

Tragándose las lágrimas de impotencia, Victoria dio un beso en la frente al moribundo y se alejó con la rabia golpeándole las sienes.

Necesitaba ser útil, conseguir que la vida de alguna de aquellas personas, que habían sido arrastradas a una guerra injusta, no se extinguiera delante de sus ojos.

No podía aceptar que la muerte campara a sus anchas entre aquellas endebles barricadas.

Caminó por la ladera entre los aullidos de dolor de los heridos y los gritos de los militares, que intentaban reorganizarse.

Ayudó a quienes cargaban con los cadáveres mientras otros recogían los pesados sacos de tierra y rellenaban los huecos abiertos en la trinchera.

Los médicos no daban abasto para atender a los caídos, coser heridas y certificar muertes.

Entretanto, las mujeres les echaban una mano limpiando y vendando laceraciones.