Donde habita tu reflejo 11. Árboles
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11. Árboles

Á RBOLES

Lausana, dos días después

—Ya sabía yo que no iba a resultar tan fácil.

—Yo no dije que fuera a serlo —replicó Clara en respuesta a Antoinette—. De hecho, es totalmente comprensible que no haya querido revelar algo tan importante e íntimo. Que yo necesite hacerlo no significa que otros deban seguir mis pasos. Hay que respetar su decisión.

—Pero entonces..., ¿qué va a pasar con el libro? —preguntó Anne al otro lado del hilo telefónico.

Ninguna dijo nada durante unos instantes. Aquello parecía ser un obstáculo imposible de esquivar. Y ahora que su intuición le decía que en la vida de Victoria Kent había mucho que contar, se negaba a olvidarse del asunto.

—Por el momento, sigue leyendo mis materiales y los de tu madre —sugirió Campoamor.

—Y los de Victoria. Al menos, algo sí se dignó a darme.

Las energías de Clara parecían haberse consumido de pronto. Se alejó del teléfono y tomó asiento en su butaca.

—Anne, tenemos que dejarte. Descansa. Debes de estar agotada del viaje.

—De acuerdo, hablamos pronto. Un beso para las dos.

En cuanto colgó, Antoinette se acercó a Clara. Su gesto aún delataba el tremendo latigazo de dolor que acababa de sacudirle las entrañas.

Se miraron y la española intentó modular su expresión.

—No intentes engañarme, te lo ruego —le espetó Antoinette—. Por favor, vayamos al médico de una vez.

—Lo que necesito es un poco de aire fresco.

La suiza suspiró. No podía enfadarse con ella. ¿De qué le iba a servir?

Aparcaron en Ouchy, cerca del muelle, e iniciaron una de sus caminatas.

Como aún no habían dado las diez de la mañana y era miércoles, había pocas personas en el paseo.

Avanzaban despacio, cogidas del brazo, deteniéndose de tanto en tanto para mirar la superficie del lago Lemán, convertida ahora en un espejo perfecto donde el sol se asomaba al agua para inundar el aire de destellos.

Diversas gamas de colores transitaban las imponentes montañas, según la luz incidiera en ellas.

La persistente corona de nieve sobre aquellos picos formidables, visibles desde cada rincón de la ciudad, recordaba la existencia de un tiempo, infinito e inmutable, que observaba desde su elevado trono el breve paso de los humanos por la tierra.

Insuficiente para todo lo que uno desea hacer en ese abrir y cerrar de ojos que llamamos vida.

Tales eran los pensamientos de Clara mientras contemplaba la belleza de un paisaje que, solo con el transcurso de los años, había logrado conquistarla.

Al contrario que otro, muy distante, que se le había metido en el corazón desde el minuto uno y llevaba tatuado en la memoria: San Sebastián.

La asociación de ideas la transportó hasta los días en los que llegó a la capital guipuzcoana tras preparar unas oposiciones para ser funcionaria del Estado en el Cuerpo de Auxiliares de Correos y Telégrafos.

Había conseguido sacarse una plaza a los veintiún años, lo cual le ofreció la libertad de la independencia económica, tan poco habitual para una mujer de su época.

Allí había pasado tres inolvidables años.

El azul de un mar en el que los límites imprecisos entre cielo y tierra permitían soñar con la infinitud, el aire cargado de olor a algas y un clima que solo ella parecía apreciar se habían alojado en su alma para ocupar un puesto de honor.

Entre las muchas cosas que Clara lamentaba estaba no haber regresado nunca.

En el veloz repaso mental de los lugares que había recorrido en su periplo vital, le tocó el turno a Buenos Aires, donde había permanecido quince largos años.

Mientras rememoraba escenas de todos los paisajes que había contemplado, Campoamor comprendió que se había convertido en una ciudadana del mundo.

No estaba sujeta a una sola época o a las estrictas costumbres ni convenciones de ningún país, sino que había vivido, gozado y sufrido en los distintos escenarios en los que su vida se había desarrollado.

La idea hizo que todo cobrara sentido, especialmente ahora, que se acercaba el final de la representación.

Y esa certeza vino acompañada de otra, al ver el rostro amado de Antoinette: en esos instantes estaba donde tenía que estar.

El enorme pino ante el que se detuvieron, después de avanzar un centenar de pasos, había sido testigo de muchos de sus paseos junto al lago.

Seguía creciendo imperturbable al discurrir de los días y al azote del viento.

Su tronco, dividido en dos tramos atravesados por nudos que se asemejaban a ojos, invitaba a apoyar el cuerpo en su piel, surcada por la eternidad.

Antoinette llevó a Clara hasta el árbol.

Allí, la española, que sabía bien lo que esperaba que hiciera, rodeó el rugoso perímetro con los brazos mientras la suiza hacía lo mismo.

Sus manos no llegaron a tocarse, pero, como en tantas otras ocasiones en las que habían compartido ese abrazo, se sintieron conectadas por la energía ancestral que viajaba embarcada en la savia de aquel ser de otro tiempo.

En tal acto, tan insignificante, tan familiar, encontraron ambas las fuerzas para sonreír de nuevo y continuar su paseo, que concluyó en un banco situado junto a la orilla.

Con las manos entrelazadas, las dos mujeres, dos ancianas en cuyos pechos palpitaban los corazones de unas jóvenes, aspiraron la transitoria calma.

Lo que el futuro albergara vendría, quisieran o no, de modo que nada podrían hacer. Salvo esperar.

Anne atravesó la entrada norte del cementerio de Brompton, en el oeste de Londres. Centenares de lápidas, desde las más antiguas, que databan del siglo XV , hasta las más modernas moteaban extensiones de hierba bastante crecida y flores salvajes.

Hacía semanas desde su última visita a aquel idílico lugar, frecuentado por paseantes que buscaban la paz de sus senderos y el canto de los pájaros.

Cuando avanzaba junto a las tumbas que se alzaban en los laterales, le llamó la atención una decorada con una cruz celta.

Se detuvo. Allí reposaba Emily Pankhurst, una de las líderes del sufragismo británico.

Sonrió al pensar en la importancia que la lucha de las mujeres acababa de cobrar para ella, gracias a la irrupción en su vida de Clara Campoamor y Antoinette Quinche.

Y, sobre todo, debido al descubrimiento de la actividad de su madre, Cecily Bishop, quien, al parecer, había actuado con tanto coraje como cualquier hombre durante la Segunda Guerra Mundial.

Tomó una senda que se adentraba en la vegetación hasta llegar a un enorme tejo, bajo el cual se erguía una solitaria lápida de mármol oscuro, coronada con sencillos motivos florales.

La inscripción rezaba «Via ad libertatem tortuosa est».

Su verdadero significado se le reveló con más fuerza que nunca.

La lucha de Cecily, Clara, Antoinette, Emily y muchas otras mujeres había surgido por pura necesidad.

La de conseguir la libertad para sí mismas, pero también para los demás a través de sus formidables esfuerzos.

El camino hacia la libertad había sido tortuoso, como decían las palabras grabadas en la piedra, si bien todas lo habían recorrido con éxito y habían conseguido dejar su huella en el mundo.

«Y tu legado, Cecily, ¿cuál es?».

Su rostro se ensombreció con tal pensamiento.

Cuánto tiempo perdido en discusiones inútiles, en intentar tener la razón, cuando apenas disponían de momentos que compartir.

Cuánta energía malgastada en reproches que podrían haber invertido en conocerse mejor, en demostrarse cuánto se querían.

Porque lo cierto era que Anne adoraba a su madre.

Aunque hubiese sido una madre ausente, atareada, incluso durante los escasos días que pasaba en casa a lo largo de los años.

La niña había sido criada por la hermana de Cecily, quien se había ofrecido a sustituirla de buena gana al no haber podido concebir a sus propios vástagos.

Así, la pequeña Anne creció con una tía-madre que le hablaba de la valiente guerrera que aparecía de tanto en tanto con algún regalo y apenas se quedaba unas horas.

Y esta, tras la coraza de emociones reprimidas que los servicios de inteligencia le habían enseñado a vestir de manera permanente, tenía que contentarse con unos preciosos minutos de juegos mientras sus ojos constataban el paso del tiempo en las mejillas sonrosadas de su niña, a la que quería con toda el alma.

Sin embargo, ni la madre ni la hija habían pronunciado jamás las palabras que podrían haberlas reconciliado y unido para que la muerte no resultara un abismo tan insoportable ahora, cuando Anne contemplaba la desnuda piedra bajo la que Cecily yacía.

La mano derecha de la periodista se había posado en su vientre.

Al darse cuenta, sintió la conexión, brutal y dolorosa, que su corazón —no su mente, puesto que ninguna idea la había llevado a hacerlo— había establecido entre las dos mujeres más importantes de su vida: la que había muerto tras vivir una existencia rica y plena de experiencias, y la fallecida sin haber llegado siquiera a exhalar su aliento fuera del cuerpo de su madre.

La abuela y la nieta que no consiguió nacer acababan de crear una alianza que las unía a las tres con un vínculo indisoluble.

Las lágrimas sellaron aquel pacto no acordado, al que Anne decidió añadir una cláusula propia, formada por dos palabras.

«Te quiero», susurró. Y esa simple frase contenía todas las escenas compartidas en el pasado con su madre y las que nunca tendrían lugar con su hija.

Tras depositar las flores en la lápida, se alejó por el caminillo con el rumor de fondo de las ramas de aquel tejo, mecidas por la mano amable de la brisa.

Cuando llegó a casa, se preparó una taza de té.

Sentada en el sofá, con las piernas recogidas debajo, sintió de pronto una necesidad que no la había asaltado desde hacía demasiado tiempo.

Acercó la mano a la mesa y cogió una libreta y un bolígrafo.

La página en blanco no le dio miedo esta vez, como le había sucedido en otras ocasiones durante los últimos meses, cuando intentaba volver a escribir para poder retomar su trabajo.

Entonces sus esfuerzos habían concluido con la decepción y la frustración de verse incapaz de hacer algo que años atrás le resultaba casi tan natural como respirar.

No obstante, ahora las sensaciones eran distintas.

Sus dedos no los guiaba la intención de redactar un texto periodístico.

Lo que en ese instante le palpitaba en algún lugar entre el pecho y los labios era distinto.

Y, sin pensarlo más, deslizó el bolígrafo sobre la hoja:

Empiezo a sentirme como un árbol cuyas ramas huyen en busca del cielo y con raíces que ya no le impiden escapar a otras realidades: indecisa entre quedarme y marcharme, sin el contrapeso de la carne y con las alas prestadas de la memoria...

Se detuvo. Paladeó el sonido producido por el tacto de la punta sobre el papel.

Y se emocionó con la magia de ver surgir las letras, que se aliaban para darles sentido a la vida y a la muerte.

El corazón le latía con fuerza, henchido de anticipación al percibir el flujo de aquella nueva sangre cargada de significado y plenitud.

Todo encajaba por fin, el círculo se completaba.

Le parecía que hasta la piel de los árboles, con la que se habían fabricado las hojas en las que escribía, se estremecía de placer al sentir que su propia historia se entretejía con la de la humana que trazaba sobre ella palabras y más palabras.

Mis hojas caen arrastradas por el viento y la savia que discurre por mis venas va cargada del aroma de recuerdos, de sabor a besos y sonidos de risas nunca olvidadas. Siento que el cordón que me unía a la vida se deshace bajo mi tronco, me deja cada vez un poco más libre, un poco más sola.

Más yo.

El bosque, antes poblado de seres afines, se perfila desolado contra el cielo del atardecer, pese a que sus sombras han quedado grabadas eternamente en el tapiz alfombrado de vegetación seca que me rodea.

Este mundo verde, infantil y anciano comienza a desaparecer, a encaminarse de vuelta al palpitante seno de la tierra, mientras yo deambulo por una senda desconocida hacia un eco que me llama, oculto tras el velo de la noche.

Cuando terminó, se llevó los dedos a la cara. Lágrimas cauterizantes, sanadoras, le traían por fin la ansiada y esquiva paz. No solo había vuelto a ser ella misma, sino que llevaba en su interior la semilla del futuro.