10. Victoria #3
—¿Hay alguna cosa más de la que desee hablarme?
—La verdad es que sí... Pero antes, ¿le parece bien que ese capítulo aparezca en el libro de la señorita Campoamor?
Su respuesta llegó varios segundos después.
—Por qué no.
—Bien... —Organizó sus ideas en busca del mejor modo de formular lo que venía a continuación—. Verá, no se lo he dicho aún porque no era relevante hasta este momento, pero mi madre se llamaba Cecily.
Los ojos de Victoria vagaron por la estancia en busca de una conexión, hasta que la encontró.
—Cecily Bishop, claro.
No sonrió ni mostró emoción alguna al decirlo.
—Entiendo que ustedes se conocieron.
—No. No la he visto en mi vida.
Confusa, Anne tardó unos instantes en reaccionar.
—Pero... he encontrado su nombre entre los muchos papeles que ella dejó escritos.
Por fin, el rostro de Victoria dejaba escapar algo parecido al desconcierto.
—Eso no quiere decir que nos conociéramos..., pero sí, sé quién era. Entiendo, por el tiempo verbal que ha empleado, que ya falleció.
La periodista asintió. Debía enderezar el curso de la conversación, que acababa de tomar un cariz un tanto embarazoso. Sus años de preparación para su trabajo no podían estrellarse contra la reticencia de la anciana. Inspiró hondo.
—Se lo diré sin rodeos. Esos papeles de los que le hablo hacen referencia a las actividades que llevaron a cabo colaboradores de los servicios secretos durante la Segunda Guerra Mundial. Y usted figura entre ellos, por lo que entiendo que trabajó con mi madre en alguna ocasión.
En el gesto de Victoria, exento de cordialidad y de la seguridad que había demostrado durante toda la conversación, encontró ya pistas muy valiosas. Su instinto periodístico seguía ahí y se prometió que se aferraría a él con todas sus fuerzas. Prosiguió.
—Sé que se trata de un asunto muy delicado y no pretendo forzarla a hablar de lo que no quiera, pero el tema está directamente relacionado con el motivo de mi visita.
No he utilizado a la señorita Campoamor para acercarme a usted, si es lo que se está planteando ahora mismo.
Ella desea revelar en su libro ciertas vivencias de ese período, hablar de su participación en algunas misiones con los servicios secretos.
Y, según me ha dado a entender, ya que no me ha desvelado nada que lo demuestre por respeto a usted, es posible que también contaran con su cooperación.
La presencia de su nombre entre esos documentos indicaría que es así.
Se detuvo para darle la oportunidad de intervenir.
—Y Clara quiere mi permiso para hablar de ello, ¿no?
—Así es.
Victoria se puso en pie y se acercó al ventanal con las manos en los bolsillos del pantalón.
Sobrevolando el extenso parque, su mirada se posó en la distancia.
Sus ojos no buscaban algo físico ubicado en el horizonte, sino un tiempo.
El pasado, que seguía latiendo en la memoria, entre recuerdos dolorosos, enterrados adrede por ella misma en las catacumbas de la mente.
Aquel pasado seguía vivo ahí dentro, atrapado en ella, igual que ella era presa de ese tiempo imposible de olvidar.
—Me temo que ahora mismo no puedo darle una respuesta —afirmó, volviéndose de pronto.
—Por supuesto, lo comprendo.
—No obstante —añadió la anciana—, le voy a entregar algunas cosas que, quizá, la ayuden en la redacción de ese libro.
Una vez más, abandonó el salón y regresó al cabo de varios minutos. Llevaba un voluminoso archivador.
—Espero que haya traído una maleta grande —dijo al entregárselo—.
Aquí encontrará bastante información, por ejemplo, sobre los juicios de Núremberg, a los que asistí.
También he añadido textos más narrativos sobre la época en la que tuve que exiliarme de España y mi estancia en París.
Todo está relacionado y la ayudará a comprender muchas cosas.
Imagino que Clara también hablará de nuestra Guerra Civil en su libro, ¿no es así?
—Sí.
Victoria asintió con gesto serio. Seguía de pie, por lo que Anne supuso que la entrevista había llegado a su fin. Se levantó y le ofreció la mano.
—Le agradezco mucho su amabilidad al hablar conmigo. Tenga... —Sacó de la mochila una tarjeta—. Aquí tiene mi dirección y mi teléfono, por si quisiera comunicarse conmigo.
—De acuerdo, señorita Bishop.
Victoria le sostenía la mirada de un modo que le hizo sospechar que buscaba algo en ella. Tal vez el parecido con su madre, si es que había mentido con respecto a no haberla conocido.
Cuando abandonó aquel edificio, Anne llevaba consigo más preguntas que respuestas, si bien sabía que la visita había merecido la pena.
Si no para la redacción del libro de Clara Campoamor, sí para que ella avanzara en su recuperación.
En el transcurso de una hora, alguien que hasta entonces era poco más que un personaje ficticio se había convertido en una persona real.
Una persona que la intrigaba y de la que necesitaba averiguar más cosas.
La periodista perdida y confusa que llevaba dentro estaba encontrando al fin su camino de regreso a casa.