Donde habita tu reflejo 10. Victoria #2
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10. Victoria #2

—Bueno, son una especie de memorias. Esta vez no trata tanto de su faceta política, aunque resulta inevitable hablar de ello.

De hecho, la menciona a usted en algunos capítulos.

—Debía ir con cuidado. La expresión de la anciana había variado de forma muy sutil, aunque no sabía qué emoción se ocultaba tras el cambio—.

Por eso he venido hasta aquí, con el fin de pedirle permiso para citarla y publicar dichos capítulos.

—Tendría que leerlos para saber si son... publicables.

—Por supuesto. Por eso los he traído.

La cordialidad de la exdiputada seguía ahí. Su sonrisa no se había apagado, aunque había algo en sus ojos que no tenía la menor idea de cómo interpretar. Sabiéndose observada, sacó de la mochila una carpeta y de esta un montón de hojas. Le pasó una parte a la mujer, que se puso unas gafas.

—¿La carbonera?

—Sí, se refiere a...

—Imagino a qué se refiere —la cortó. Entonces, sin añadir nada más, comenzó a leer.

Mientras tanto, Anne se tomó la libertad de levantarse y acercarse a los amplios ventanales. La perspectiva desde allí quitaba el aliento. El rectángulo perfecto y verde de Central Park ocupaba toda la vista. ¿Cómo sería vivir en un sitio así, casi de película?

Después, echó un vistazo a su alrededor.

Sobre unas sencillas baldas de madera de abedul reposaban varias fotos.

En una de ellas pudo ver a una Victoria mucho más joven y a otra mujer.

Según le habían contado Clara y Antoinette, aquella debía de ser Louise Crane, la compañera de la malagueña desde hacía una veintena de años.

Al parecer, ambas se habían conocido en 1950, cuando Kent fue nombrada representante del Gobierno de la República en Nueva York.

Lo que había comenzado con unas clases de español de Victoria a la estadounidense, se había transformado en una relación de dos décadas.

Louise era una millonaria que sentía pasión por España.

Desde el principio, había mostrado su apoyo a la causa de los exiliados españoles, muchos de ellos políticos con cargos en el Gobierno republicano derrocado por la dictadura franquista.

De hecho, se había implicado en su lucha desde la distancia e intentado ayudarlos gracias a sus contactos.

Además, Victoria y ella habían iniciado una publicación de corte político, Ibérica por la libertad , con la intención de mover conciencias en el mundo para que se condenara el régimen de Franco.

Una risa la distrajo de sus pensamientos. Imaginó que Victoria estaba leyendo el pasaje en el que se describía el aspecto que tanto ella como Clara tenían tras salir de aquella carbonera. Transcurrieron unos minutos más. Entonces, la anciana alzó la mirada y sonrió para sí negando con la cabeza.

—Solo ella podía haberlo descrito así.

Le devolvió las hojas a Anne.

—¿Le ha gustado?

—Mucho, y me resulta muy curioso, porque...

Una idea cruzó su rostro, pero algo la hizo callar. De improviso, se levantó y salió de la habitación.

La periodista esperó, confusa. Pasaron cinco minutos, durante los cuales llegó a plantearse si la reunión había acabado sin que Victoria pensara decir nada más, o si se había ido por otro motivo. Entonces la vio regresar.

—Tome, lea esto. Desde aquí. —Le indicó con un dedo sobre la página.

Sorprendida por la propuesta, Anne cogió las hojas mecanografiadas y leyó.

Tenía una sensación de extrañeza. Era como si le faltara algo, aunque no sabía qué.

Cuando terminó de asearse, todavía le quedaba carbón bajo las uñas, a pesar de haberse frotado con una esponja que, por poco, no le levantó la piel.

Mientras observaba sus manos, se encontró pensando en las de la diputada Campoamor.

Ella tenía la costumbre de gesticular bastante mientras hablaba, ya fuera desde el estrado del Congreso de los Diputados o en las conferencias que impartía.

Había poca gente a la que Victoria hubiera admirado en su vida, a la que le gustase escuchar, con la salvedad de grandes oradoras como María de Maeztu.

Clara Campoamor era otra de esas excepciones.

Llevaban años coincidiendo en distintos eventos por todo Madrid.

Y, aun así, cada vez que se veían parecía que existiera un velo de cristal entre ellas que les impidiera acercarse, reconocerse como lo que eran: camaradas, compañeras, quizá hasta almas gemelas.

Por qué no, después de lo sucedido el día anterior.

Se contempló en el espejo y supo lo que echaba en falta: el reflejo de Clara junto al suyo.

La sincronía de sus miradas, la expresión callada tras los ojos elocuentes, la revelación de que había más cosas que las unían de las que las separaban, a pesar de aquel estúpido enfrentamiento que habían tenido en el hemiciclo un lustro atrás.

Como si no pensaran igual...; no, casi igual.

Donde Clara era vehemente y radical en su defensa del feminismo, ella era más parca y neutra, menos beligerante.

Pero en el fondo, las dos querían la misma cosa: la igualdad de la mujer con respecto al hombre en todos los aspectos de la vida.

¿En todos?, se preguntaba Victoria ahora.

Bueno, quizá no hiciera falta que fuera en todos, pero sí en lo más importante: en la capacidad para expresar sus opiniones, en la toma de decisiones en el hogar, en la posibilidad de divorciarse de un marido violento...

Clara, que aspiraba a la igualdad completa sin matices, habría discrepado.

Pero es que su objetivo no era realista.

Pensar que hombres y mujeres no se diferenciaban en nada equivalía a una falacia, ¿no?

¿Acaso no resultaba también atractivo lo distinto de la naturaleza de ambos sexos, un reto que afrontar, un intento constante de explicarse a uno mismo y de entender los motivos del otro?

Victoria comprendió en aquel momento que eso era exactamente lo que habían hecho Clara y ella desde que comenzaron a tratarse: se retaban, intentaban comunicar lo que sentían y entender aquello en lo que la otra disentía...

Entonces, según su propia teoría, aun siendo ambas mujeres, se habían comportado como si una de ellas fuera un varón.

Pero ¿cuál de las dos había representado ese papel?

Analizó su propia imagen: la frente ancha, los pómulos marcados, cejas pobladas, labios finos, el cabello peinado hacia atrás...

De llevar puesto un traje de chaqueta y pantalón, así, sin maquillaje, podría haber pasado por un hombre.

Cuando Anne alzó la mirada se encontró con la de la señorita Kent, quien debía de haberla estado observando mientras leía.

—¿Usted escribió esto?

La anciana asintió.

El modo tan subjetivo e íntimo, incluso afectuoso, en el que Victoria se refería a Clara la había conmovido. Qué distinta la perspectiva de la una con respecto a la otra. Su opinión sobre la mujer que tenía delante acababa de transformarse para siempre.

—Me llama mucho la atención que las dos decidieran plasmar aquel momento, aunque con estilos muy diferentes.

—¿Se refiere a mi elección de un narrador en tercera persona?

Esta vez fue Anne quien movió la cabeza para afirmar.

—Pero también comunica a la perfección lo que usted sintió. Y supongo que, si decidió hacerlo así, tendría sus motivos.

—Desde que viví en París, he preferido dejar que otros contaran mi historia. —Sonrió enigmáticamente—. Así me siento más cómoda.

—Me parece una buena elección.

—Por cierto, échele un vistazo a esto. Y, mientras, páseme las otras hojas que ha traído.

Le estaba ofreciendo un libro de pocas páginas, Cuatro años en París , firmado por ella.

—No sabía que usted también hubiera publicado un libro.

—Sí, pero muy distinto de los de la señorita Campoamor. Enseguida se dará cuenta de por qué lo digo.

Victoria se acomodó en el sofá y comenzó a leer el capítulo en el que Clara narraba el enfrentamiento entre ambas en el Congreso de los Diputados en 1931.

Por su parte Anne, con cierto desasosiego por cómo pudiera sentarle la forma en la que Campoamor había descrito la escena, intentó concentrarse en el libro de Kent.

Unos minutos después, con un suspiro, Victoria dio señales de haber terminado. Las dos se miraron.

—¿Qué le parece mi libro?

La pregunta sorprendió a la joven.

—Muy interesante. Intentaré conseguir una copia para leerlo con calma.

—Quédeselo. No creo que pueda encontrarlo con facilidad. Se hizo una pequeña tirada en Argentina. Además, tengo otros dos o tres por algún lado.

—Muchas gracias.

El silencio se hizo incómodo. ¿De verdad no iba a decir nada sobre el texto de Clara?