10. Victoria
V ICTORIA
Lausana, al día siguiente
Sylvie salió al jardín. Allí Antoinette estaba recortando las ramas de las glicinias, cuya longitud superaba la habitual a causa de las lluvias de las últimas semanas.
—Tiene una llamada de teléfono.
—¿Quién es?
—La señorita Bishop.
La abogada miró la hora. Había dejado a Clara aseándose con la ayuda de Sylvie antes de bajar a desayunar.
—¿La señorita Campoamor ya está lista? —le preguntó mientras entraba en la casa.
—La espera en el comedor.
Se limpió las manos en el mandil que solía ponerse para trabajar con las plantas.
Años atrás habían tenido un jardinero, pero desde que se jubiló prefería ocuparse ella misma de esas tareas, que la relajaban.
En muchas ocasiones, mientras lo hacía, sus ojos se desviaban hacia la ventana del primer piso, donde Clara trabajaba tras su escritorio.
Sin embargo, la española ya no ocupaba aquel despacho.
Antoinette la halló sentada en una butaca cuando llegó para ponerse al aparato. Hasta hacía un momento Campoamor había estado escuchando la radio, pero la había apagado al sonar el teléfono.
—Anne, buenos días.
—Buenos días, Antoinette. Perdonad que os llame tan temprano. Anoche me tropecé con algo muy importante entre los materiales de mi madre.
—¿De qué se trata?
—He encontrado el nombre de Victoria Kent en unos archivos sobre los servicios secretos franceses...
Algo llamado BCRA. Después de que me preguntases qué sabía sobre ella y de leer el capítulo de la carbonera, tuve claro que intentabas decirme algo.
Pero no imaginaba que sería algo así. Al parecer, los franceses colaboraron con otros servicios de inteligencia, entre ellos el MI6...
La pausa intencionada no dejaba lugar a dudas para Antoinette, que trató de hacerle señas a Clara. Sin embargo, esta no podía distinguir sus gestos desde unos metros.
—¿Sigues ahí?
—Sí, Anne, discúlpame. Voy a transmitirle a Clara lo que has dicho.
—La joven notó cómo el sonido quedaba amortiguado por la mano de la mujer.
Poco después, esta volvió a dirigirse a ella—.
Espera un segundo. Voy a ayudarla a acercarse para que pueda oírte también.
Así no tendré que estar repitiéndolo todo.
Al poco, las dos compartían el auricular.
—Hola, Clara. Vosotras lo sabíais, ¿verdad? Que Victoria Kent también trabajó como espía.
—Hay cosas de las que no debo hablar, no sin su permiso al menos. Ni Antoinette ni yo podíamos contarte nada.
—¿Quieres decir que debo ignorar ese hecho?
—Anne —la voz de Campoamor sonaba cansada—, sé que eres periodista y muy buena, por cierto.
Pero algunos hechos no pueden revelarse así como así.
No creas que yo no he sentido la tentación de hacerlo, porque desde que empecé a redactar mis memorias he sabido que, de algún modo, mi historia nunca estaría completa sin contar parte de la de Victoria.
Hay tantas cosas que nos unen y momentos trascendentales en los que nuestros caminos se han cruzado...
Aun así, no hablaré de nada que le concierna sin que ella dé su visto bueno.
Lo entiendes, ¿no? —Contrariada, Anne calló al otro lado del hilo telefónico—.
Se me está ocurriendo... —prosiguió Clara mirando a Antoinette—. Quizá podría llamarla y preguntarle.
—¿A Victoria? —El gesto de la suiza era escéptico—. Pero si apenas os habéis comunicado en los últimos años. Ni siquiera sabemos cómo está.
—Las noticias malas vuelan, querida, ya lo sabes.
Como mucho estará mayor, igual que nosotras.
De todos modos, nuestra relación fue siempre así...
Rara. Muy distante y, de repente, muy cercana.
Y de nuevo distante. Creo que no podemos...
No, no sabemos tratarnos de otra forma. Aunque quizá sea mejor así.
—Un momento. ¿Y si...?
—¿Qué? —inquirió Antoinette, intrigada por lo que Anne fuera a proponer.
—¿Y si se lo preguntara yo?
Las abogadas se miraron.
—No me parece una mala idea —repuso Clara—.
Pero Victoria no te prestará mucha atención si la llamas.
No le gustan los teléfonos, ese es uno de los motivos de que no hayamos hablado casi nada desde hace tiempo.
Nosotras somos de otra época. Una en la que la palabra escrita era el medio más habitual para comunicarse desde la distancia.
—Ya, pero podría retrasarse todo mucho si nos limitamos a escribirle y esperar una respuesta.
—Tienes razón. Por eso, deberías ir allí —sugirió Antoinette.
—¿Yo? ¿A Nueva York?
—Querida, has tenido una idea excelente. Y no te preocupes de nada, Anne. Nosotras correremos con los gastos.
—Os lo agradezco mucho, pero...
—Nada de peros. Yo le insistiré para que te reciba. El resto tendrás que hacerlo tú.
Clara sonreía por primera vez en muchos días y, pese al agotamiento extremo que vio en su rostro, Antoinette no pudo evitar hacerlo también.
Dos semanas después
Anne miró por la ventanilla. Necesitaba descansar la vista después de varias horas trabajando.
Le resultaba muy difícil dormir cuando viajaba en avión, por lo que había aprovechado para seguir leyendo y tomando notas.
Con los ojos posados en el horizonte de aquel mar de nubes, repasó sus ideas, imaginando a los personajes principales que aparecerían en el libro.
Ahora, aparte de Clara, Antoinette y su propia madre, la espía Cecily Bishop, estaba la desconocida que todavía era Victoria Kent.
Aunque faltaba por saber en qué modo se hablaría de ella, si como alguien secundario y tangencial al hilo narrativo de Campoamor o si tendría alguna escena de mayor protagonismo. Todo dependería de lo que le contase.
Se preguntó cómo sería. De momento, no tenía más información que la que otros le habían proporcionado.
Clara, tanto en sus escritos como de palabra, se había referido a ella como una mujer fuerte, con mucha personalidad y arraigadas convicciones republicanas y democráticas.
En ese sentido y, por lógica, ambas debían de ser muy parecidas.
Aun así, siempre que pensaba en las dos políticas resultaba inevitable acordarse de su enfrentamiento a causa del sufragio femenino.
Y la historia, en su opinión al menos, parecía haberse decantado siempre del lado de Campoamor, que fue quien se llevó el gato al agua al lograr el derecho a votar para las mujeres españolas.
La abogada Quinche ya la había sacado de su error con respecto a la postura de Victoria Kent.
Sin embargo, Anne seguía albergando una actitud un tanto negativa hacia la diputada que zancadilleó una iniciativa tan maravillosa como la que Clara había abanderado.
Debía de haber algo más, algún motivo oculto para que hubiese adoptado esa postura.
¿Cabría la posibilidad de que Victoria tuviera razón, dados los resultados de las primeras elecciones en las que votaron las mujeres y que habían despojado a la izquierda de la mayoría?
Sacó el telegrama recibido en respuesta al que Clara había enviado para pedirle a Victoria Kent que se entrevistara con ella.
«De acuerdo. El 29 de abril. 10.00 a. m. 820, Fifth Avenue. Abrazos».
Le pareció parco, como todos los telegramas, pero aún más considerando la relación que las dos exdiputadas habían tenido en el pasado.
Clara le había dicho que no se lo tuviera en cuenta a Victoria y Anne decidió hacerle caso.
La entrevistaría con la mente abierta, sin prejuicios que pudieran estorbarle.
Intentó relajarse aprovechando la somnolencia que se abría camino hacia su cerebro, cerrando a su paso, como si fueran ventanas, sus párpados.
Las expectativas sobre el viaje, el primero que hacía a Nueva York, le habían quitado el sueño durante la noche anterior, pero no tanto por con quién iba a hablar, sino por sus propios miedos.
Todavía le quedaba un largo recorrido hasta que pudiera reincorporarse a su trabajo, si bien esa entrevista iba a ser un buen entrenamiento.
El taxi la llevó del hotel a la Quinta Avenida y se detuvo en el número 820. Se trataba de un edificio de estilo neorrenacentista de doce plantas.
Anne le dio su nombre al portero, quien le indicó a qué piso debía subir.
Una vez arriba, aguardó nerviosa a que le abrieran, repasando mentalmente lo que había ido a hacer allí.
No tardó en aparecer una mujer de pelo totalmente blanco.
Vestía un pantalón de pinzas beis y una rebeca de lana a juego.
Victoria Kent sonrió al recibir el saludo en castellano de Anne mientras le ofrecía una mano que la periodista estrechó.
Después, la guio por un pasillo que concluía en un salón luminoso y con pocos muebles.
—¿Puedo ofrecerle algo? ¿Un café?
—Solo si usted va a tomar uno —contestó la joven.
—Yo ya he tomado el primero y el último del día. Pero usted debe de estar cansada del viaje.
Sin esperar una respuesta, la anciana le dio instrucciones en inglés a otra mujer que acababa de aparecer y que debía de trabajar en la casa.
Cuando se sentaron en los sofás de cuero color crema que ocupaban gran parte del espacio, se contemplaron en silencio.
La mirada de la antigua diputada resultaba un tanto intimidante.
Anne sabía que estaba analizándola, picada por la curiosidad de saber qué motivos podía tener Clara para pedirle que la recibiera sin ninguna otra explicación.
Considerando su habitual tendencia a darle vueltas a las cosas y a ofrecer detalladas descripciones, esta vez Campoamor había conseguido sorprenderla.
Un simple telegrama remplazaba a sus extensas, aunque escasas, cartas de los últimos años.
—Pues usted dirá en qué puedo ayudarla, señorita Bishop.
—Le agradezco mucho que haya accedido a verme. El motivo de mi visita es que estoy escribiendo un libro sobre Clara Campoamor... o, más bien, con ella.
—Otro libro... —comentó, con algo que a Anne le pareció diversión.