Donde habita tu reflejo 9. Música #3
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9. Música #3

El dolor y el pánico condujeron a la joven al paroxismo.

La melodía, aterradora y estruendosa, martilleaba el cerebro y los oídos de las otras presas.

Helga, en cambio, la escuchaba con gesto complacido y los ojos muy abiertos, con una avidez tal que la hacía inclinarse hacia delante.

Las gotas de sangre le mancharon primero el uniforme y luego la cara, sin que su sonrisa, teñida de locura, se extinguiera.

Hasta que Rebeca, con la piel de los dedos hecha jirones y las uñas desgarradas, perdió el conocimiento.

Dos soldados la arrastraron por las muñecas hasta la enfermería, a la que el personal del campo llamaba la Revier.

Se trataba de un edificio formado por dos módulos de más de mil quinientos metros cuadrados, conectados entre sí por un corredor en el que había varias habitaciones, salas de hospitalización, un quirófano y oficinas.

Aquel era uno de los lugares favoritos de Müller, quien llamó a la puerta.

Una enfermera la abrió.

—Dile al doctor Gebhardt que le traigo a una artista que está deseando contribuir al avance de la ciencia.

Ambas intercambiaron una sonrisa cómplice y la enfermera se fue.

Al cabo de cinco minutos, un hombre salió y Helga le hizo un gesto para que la siguiera fuera.

Rebeca Goldstein yacía en el suelo con el pelo revuelto.

La sangre manaba de su mano destrozada. Gebhardt ordenó a los soldados que llevaran a la prisionera dentro.

La colocaron sobre una de las camillas que había en el quirófano ante la mirada atenta de la guardiana, que se quedó a un lado para no molestar.

Entonces, el doctor sacó una sierra de un cajón.

Era pequeña, pero bastaría para lo que pretendía hacer.

Tras amputar la mano, se agachó y, cuando se incorporó, Helga vio que llevaba un puñado de virutas de madera que vertió sobre el miembro cercenado.

Cogió otro más y repitió la operación. Después, ante la mirada impasible de las dos mujeres, apretó la madera con sus propios dedos para asegurarse de que taponaba bien la terrible herida.

Cuando se cercioró de que la hemorragia había cesado, se dirigió a la enfermera:

—Bertha, asegúrese de que tenemos suficientes reservas de sulfamida. Por lo que veo, gracias al buen trabajo de la aufseherin Müller vamos a necesitar bastantes dosis.

Con el horror aún grabado en el rostro, Anne se levantó del sofá.

La crudeza de la historia y el frío le habían agarrotado el cuerpo.

Abstraída como estaba en la lectura, no se había tapado con la manta.

Solo ahora empezaba a intuir la trascendencia y la inmensidad de lo que iba a encontrar en los materiales relatados por su madre, de hechos que ignoraba si eran reales o mera ficción, como parecía ser ese capítulo.

¿Habría escrito Cecily todo aquello para sí misma, como un simple ejercicio narrativo?

¿O sabría que su hija, cuando ella ya no estuviera, encontraría los archivos?

¿O, tal vez, solo los había dejado para que alguien, quien fuera, hiciese con ellos lo que creyera oportuno?

Primero debía comprobar si algo semejante había ocurrido en el campo de concentración de Ravensbrück, del que apenas había oído el nombre.

Sacó su libreta y, entre las tareas pendientes, apuntó una más.

Después, sintiendo la necesidad de leer algo agradable, se acercó a la mesa del comedor, que había empezado a utilizar como escritorio de trabajo.

Allí estaban los textos de Clara. Releyó un artículo sobre ella en el que se mencionaba el famoso debate de octubre de 1931.

De nuevo, oyó la voz de Antoinette: «¿Qué sabes sobre Victoria Kent? ».

Y entonces comprendió que, de alguna manera, la suiza le había dado una pista sobre algo que, o bien no podía contarle, o esperaba que descubriera por sí misma.

La respuesta a esa pregunta por su parte había sido pobre, porque cuando se la hizo apenas acababa de enterarse de la existencia de la política malagueña y solo conocía lo que se decía sobre ella en los artículos que se centraban en Clara.

Examinó uno en el que se describía a grandes rasgos la vida de la diputada Kent, quien, al parecer, residía en Nueva York.

Anne imaginó a aquella mujer de rostro serio y aspecto enjuto de las fotos en la ciudad de los rascacielos.

Cuando estaba a punto de dejar el texto en la mesa, le llamó la atención descubrir dónde había buscado refugio antes de acabar allí. En París y México.

Una idea peregrina acababa de abrirse paso entre el maremágnum de información que saturaba su exhausta mente. ¿Podría ser que...?

Regresó junto al sofá y, de rodillas, abrió una de las carpetas más voluminosas, etiquetada «Francia-Argentina-México-Alemania,1939-1945».

Durante más de media hora ojeó por encima el contenido de varias subcarpetas sin encontrar nada relevante.

Cecily había registrado allí reuniones mantenidas por ella o algún ayudante suyo con agentes durante los años que duró la guerra.

Había centenares de páginas dedicadas al reclutamiento de hombres y mujeres.

La mayor parte tenían nombres en clave, pero algunas de esas personas figuraban con sus apellidos.

Anne imaginó el revuelo que ocasionaría tal información de caer en manos de los servicios de inteligencia y de sus compañeros de prensa.

Antoinette tenía razón. Era vital mantener esos datos tan sensibles en secreto.

Pensó entonces en Clara y en su intención de revelar sus experiencias.

¿Habría contado cosas que implicaran a otros?

De momento, solo había encontrado referencias a su madre.

Buscó con más brío, descartando las hojas en las que, a simple vista, no pudo detectar nada que le llamara la atención.

Y de pronto lo vio. Se puso en pie sujetando las páginas con dedos temblorosos.

El documento, fechado en abril de 1945, hablaba de los servicios de inteligencia franceses, más conocidos como BCRA 2 .

En él había una lista de actividades llevadas a cabo tanto por ellos como por el MI6 en territorio galo y después en América.

En los listados que seguían a la enumeración de actividades, aparecían unos cincuenta nombres.

Anne pasó el dedo índice por encima de ellos y se preparaba a pasar de página cuando se detuvo con gesto de estupefacción.

Miró el reloj de pared. Eran casi las doce de la noche.

La llamada tendría que esperar a la mañana siguiente.