Donde habita tu reflejo 9. Música #2
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9. Música #2

Helga se levantó y agarró la vara de una de sus compañeras, que reposaba en la mesa de al lado.

Sin mediar palabra, empezó a golpear a la chica por todo el cuerpo, especialmente en la cabeza y los brazos, que apenas le servían de protección.

Cuando se sintió satisfecha, ni siquiera se había despeinado, si bien su respiración resonaba agitada.

Ninguna de las otras ocupantes de la sala dio muestras de haber presenciado la paliza.

Todas continuaron desayunando con calma.

Unos minutos después, mientras la sirviente aún intentaba levantarse del suelo, salpicado de gotas de sangre, las cinco guardianas se dispusieron a iniciar su jornada laboral.

Cogieron sus látigos y varas, y fueron saliendo del edificio una a una.

Antes de marcharse, Helga se acercó a la criada y le susurró al oído:

—Más te vale que no quede ni rastro de todo esto. ¡Recógelo ahora mismo!

La chica asintió aterrorizada y ni siquiera alzó la vista para ver alejarse a aquella bestia salvaje.

Helga Müller recorrió con ritmo marcial, como era su costumbre, el pequeño trecho que separaba las casas de los muros que rodeaban el campo.

Antes de entrar, miró a su derecha, hacia el lago Schwedt, oculto bajo el manto impenetrable de niebla que lo devoraba en esa época del año.

Solo las siluetas siniestras de los juncos cercanos a la orilla eran visibles en aquel paisaje fantasmal.

Dejó atrás una de las torres de vigilancia y caminó por el pasillo central, flanqueado por doce de los dieciséis barracones que integraban el complejo.

Como aufseherin o guardiana del campo de internamiento, su misión era imponer orden entre las internas y ocuparse de que llevaran a cabo las tareas que se les encomendaban.

Las jornadas, de más de doce horas, se desarrollaban en el interior de talleres de confección, de cestería o en las naves industriales de la fábrica Siemens, en las que se producía armamento.

Pero también en los campos cercanos y en el lago, donde las prisioneras se destrozaban las manos cortando juncos, con el agua hasta la cintura tanto en verano como en invierno.

El campo, que llevaba activo desde mayo de 1939, albergaba a presas políticas alemanas o austriacas, pero también a judías polacas, francesas, neerlandesas, rusas y españolas.

Müller había tenido el orgullo de ser una de las mujeres afines al Tercer Reich que habían recibido formación y entrenamiento en el campo de Ravensbrück, también conocido como «Puente de los Cuervos».

Allí había aprendido a practicar torturas y flagelaciones para obligar a las reclusas a trabajar.

Tras ese período de adiestramiento, se había incorporado como guardiana y no tenía que rendirle cuentas a nadie más que al comandante Fritz Suhren, quien dirigía el lugar desde el año anterior.

Cuando llegó al barracón que le tocaba vigilar ese día, sacó un cuaderno.

Como cada mañana y cada tarde, tocaba recuento.

Una a una, las presas salieron y formaron una fila mientras la aufseherin pasaba lista.

Algunas apenas podían mantenerse en pie.

La falta de alimentación y los castigos corporales hacían mella hasta en las más fuertes a medida que pasaban los días.

Las que estaban demasiado débiles para ir a trabajar eran dirigidas a otro punto, donde se reunían con mujeres que se encontraban en el mismo estado.

Quienes llevaban más tiempo allí ya sabían lo que significaba que a una la trasladasen a ese rincón del campo: nunca más volverían a ver a sus compañeras.

Helga examinó a las reclusas con la barbilla alzada, degustando el placer que le proporcionaba el ilimitado poder que tenía sobre aquellos tristes seres humanos, reducidos a pellejos, cubiertos grotescamente con sus ropas de rayas que, de grandes, apenas tocaban los famélicos cuerpos.

Se le unió una segunda guardiana, que se llevó a un numeroso grupo hacia las naves donde se fabricaba armamento.

Müller se dirigió a las restantes con un grito:

—¡En marcha!

La columna avanzó junto al muro de cuatro metros de altura, coronado por una alambrada de púas electrificada, y se encaminó hacia uno de los talleres de confección de ropa.

El interior del edificio, formado por varios espacios rectangulares con altos techos de madera, unidos por pasillos estrechos, donde la oscuridad se alimentaba del miedo de las reclusas, estaba desprovisto de cualquier tipo de calefacción.

Un frío insoportable y la humedad calaban los huesos de las mujeres, quienes comenzaron a trabajar bajo la atenta mirada de la guardia.

Después de unos minutos paseando entre ellas, salió a respirar. Sacó un cigarrillo y fumó con calma.

Una de las prisioneras, Rebeca Goldstein, descosía concentrada los restos de uniformes como los que ellas mismas llevaban para que otras compañeras pudieran arreglarlos y confeccionar unos nuevos.

En su vida anterior, aquella en la que intentaba no pensar para no sucumbir a la aflicción, había tocado el violín en una orquesta de mujeres.

Su padre, un violinista de renombre antes de la llegada de los nazis al poder, le había inculcado desde niña el amor por la música, y eso precisamente la había salvado una tarde, cuando un destacamento de soldados fue a buscarlo a él y a otros judíos al barrio en el que vivían.

Rebeca se había librado ese día por hallarse en la otra punta de la ciudad dando el que sería su último concierto.

No volvió a ver a su padre ni llegó a saber que lo habían llevado al campo de Auschwitz.

Ahora, convertida en una presa ella también, no podía evitar que la música, aún palpitante en su pecho y en su mente, lograra, de vez en cuando, escapar del lazo de su control.

Al principio, ni su compañera de mesa lo percibió, pero, poco a poco, el tarareo fue más perceptible.

La otra chica se giró hacia ella y le sonrió con nostalgia.

Pese a no conocer la canción, sabía que era el único sonido hermoso que había escuchado desde su llegada, tres meses atrás.

Sin embargo, su gesto cambió de improviso.

El miedo en aquella mirada hizo que Rebeca se diera la vuelta.

—Así que sabes cantar. —Müller, que acababa de entrar, sonreía al decirlo—. ¿Y tocas algún instrumento?

La joven dudó. Apenas llevaba unos días allí y ya había presenciado salvajadas que no habría imaginado que pudieran hacérsele a un ser humano.

Las palizas a patadas y puñetazos eran habituales.

Incluso había escuchado disparos, si bien nunca había visto matar a nadie.

La sonrisa y la mirada de aquella mujer parecían sinceras.

Quizá sería distinta al resto de quienes las vigilaban.

Tragó saliva y, en voz muy baja, se atrevió a decir:

—El violín.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Helga con un gesto teatral—. Si tenemos una artista aquí.

Entonces se acercó a uno de los soldados que montaba guardia junto a la puerta y le susurró algo al oído.

La expresión del hombre, que estaba a punto de replicar, se transformó tras recibir una mirada que lo fulminó, acompañada de un movimiento de su mano hacia el cinturón, donde la mujer llevaba colgada una pistola.

Helga era una de las tres aufseherinnen a las que se les permitía portar un arma.

El soldado regresó al cabo de cinco minutos, cuando la actividad en el taller se había reanudado y ya nadie pensaba en el asunto.

Rebeca alzó la vista y vio el violín que le ofrecía la guardiana.

—Venga, haznos una demostración de tu arte. Toca.

La chica intercambió una mirada con su compañera, a cuyo rostro había regresado el pánico. El corazón de la violinista latía muy deprisa, como si quisiera escapar de la prisión que era, en ese momento, el delicado cuerpo que lo albergaba.

Los ojos de Müller parecían querer taladrarla con su intensidad. No moraba en ellos ni rastro de la sonrisa que curvaba su boca.

—He dicho que toques.

No había alzado la voz, pero a Rebeca le parecía que la violencia que contenían aquellas palabras podría reventarle los tímpanos.

—Necesito un arco. Si no, no puedo hacerlo.

La aufseherin soltó una carcajada que erizó la piel a las prisioneras. Se giró hacia el soldado que había cumplido sus órdenes.

—Nos traes un violín sin arco... ¡A quién se le ocurre!

—Hizo una pausa intencionada, sabedora de la tensión que, como un líquido corrosivo, supuraba por las hendiduras de aquellos muros.

El terror que era capaz de infundir la alimentaba como el mejor de los manjares, como la bebida más dulce y placentera—.

Pero, dado que tenemos aquí a una artista de tanto talento, eso no será un problema, ¿verdad?

Acababa de volverse hacia la joven, que al fin comprendió lo que pretendía. Con dedos temblorosos cogió el instrumento y se lo colocó en el hombro. Comenzó a tocar con pizzicatos.

Helga insistió:

—Venga, eso no es arte. Toca como tú sabes, imagina que tienes un arco.

Rebeca fingió que sujetaba uno con la mano derecha, que movió arriba y abajo, mientras con la izquierda presionaba las cuerdas del violín.

—¡He dicho que toques, no que hagas el payaso! No oigo nada de nada.

Esforzándose por que no se notaran sus temblores, acarició con las yemas las cuerdas para crear una tenue melodía.

—Sigo sin oírte. Más alto.

Con gesto horrorizado, Rebeca frotó las puntas de los dedos con más intensidad. Al cabo de un minuto, un nuevo alarido de Müller la obligó a redoblar el ritmo de sus movimientos sobre el instrumento.

—¡Más fuerte! ¡Más! ¡Más! —gritó la guardiana, situada tan cerca que su saliva le salpicaba el rostro a la chica mientras esta aumentaba el ritmo y la fuerza de sus dedos contra las cuerdas—. ¡Más, mucho más!