Donde habita tu reflejo 9. Música
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9. Música

M ÚSICA

Había tardado media hora en llegar a la vivienda de estilo georgiano situada en Richmond, a las afueras de Londres.

Después de atravesar la valla de madera que rodeaba el terreno, una senda de grava conducía hasta la casa.

A la izquierda de esta, dos grandes robles diseminaban su sombra sobre la fachada principal.

En la planta baja se abría un ventanal y en el primer piso varias ventanas más pequeñas cuya blancura contrastaba con el color rojo del ladrillo.

Cuando descendió del vehículo, Anne aspiró el aroma a hierba recién cortada y a algo que le pareció pastel de fruta.

La tristeza borró su incipiente sonrisa.

Deseó haber ido allí más a menudo mientras su madre estaba viva.

Entró, notando la familiar angustia que la había acompañado las últimas veces, ya después de su fallecimiento, e intentando blindarse para afrontar los recuerdos que la esperaban tras la puerta cerrada.

Nada más abrirla percibió la ausencia de Cecily casi con tanta fuerza como había antes sentido su presencia.

De hecho, habría podido jurar que seguía allí, en cada estancia, pero sobre todo en el salón.

Este, con unas vistas espléndidas al jardín trasero y normalmente rebosante de la luz del mediodía, ahora languidecía en la penumbra, detrás de las cortinas que ocultaban los cristales.

La periodista imaginó a su madre sentada en el porche que daba a ese jardín por las tardes, con una copa de vino en la mano.

Así debió de ser durante los últimos años de su vida, aunque su hija no estuviera allí para verlo.

Bloqueó el paso al llanto. Debía centrarse en lo que había ido a hacer.

Caminó por el pasillo y bajó una escalera.

Después de abrir con llave la entrada al sótano, apretó el interruptor.

Estanterías metálicas en las que se apilaban decenas de cajas de varios tamaños cubrían las paredes de aquel espacio, de unos cuarenta metros cuadrados.

El material estaba clasificado por fechas y nombres.

Sus ojos recorrieron los estantes de un lado, hasta que encontró lo que buscaba.

En la primera caja, etiquetada como «Europa, 1933-1939», era donde había encontrado la información referente a Clara Campoamor.

La segunda abarcaba desde 1939 hasta 1945 y la tercera desde entonces hasta el año 47.

El resto tendría que quedarse allí de momento.

Sus armarios ya estaban llenos de los planes truncados por el aborto y el colapso de su vida.

La ropita que había ido comprando para el bebé, los juguetes y objetos que habrían adornado el dormitorio infantil habían acabado en cajas similares a las que tenía delante.

En cuanto a la cuna, construida por James, tal vez habría podido desmontarla y meterla en un rincón, pero cada vez que había intentado enfrentarse a ella acababa por rendirse, derrumbada en el suelo entre lágrimas.

Así pues, los archivos de su madre tendrían que ir y venir de una casa a la otra.

Por la noche, sentada en el sofá de su piso con una copa de vino, brindó con la imagen mental de su madre y casi esperó oír el tintineo del vidrio.

A continuación, se sumergió en los materiales que contenía la segunda de las cajas.

Su intuición, pues no podía ser otra cosa, le decía que allí iba a encontrar algo importante.

El período era extenso y la documentación exhaustiva, compuesta tanto de informes como de textos redactados por Cecily Bishop durante aquellos años.

Una hora después, tras haber leído decenas de documentos, se levantó y se preparó una ensalada.

No tenía hambre, pero apenas había probado bocado en todo el día.

No debía entrar de nuevo en la espiral de acabar la jornada bebiendo alcohol y sin algo sólido en el estómago.

Ya había pasado por eso y sabía cómo terminaba la cosa: en el sillón del psicólogo.

Se quedó mirando, pensativa, los archivadores dispersos por la mesa e incluso en el suelo. Intentaba desentrañar una idea que no acababa de concretarse y le molestaba en algún lugar del cerebro.

—¿Qué es lo que no estoy viendo?

Incapaz de encontrar una respuesta, cogió otra de las carpetas.

A simple vista se notaba que aquellas páginas no eran meros informes, sino algo que Cecily parecía haber escrito con más cuidado.

El tono literario la convenció de que debía leerlas con la atención que los esfuerzos de su madre merecían:

Ravensbrück (Alemania), 1943

Helga Müller se despertó y se incorporó en la cama. Sus ojos, de un azul muy claro, se clavaron en la ventana mientras aguzaba el oído.

La Sinfonía n.º 4 de Schubert.

Cerró los párpados y sonrió. Alzó una mano y sus dedos trazaron ondas en el aire como si fuera un director de orquesta.

Al cabo de un par de minutos, consciente de que era hora de levantarse, se puso en pie.

Miró por la ventana. Debido a la espesa niebla, apenas pudo ver nada, excepto las copas de los árboles cercanos.

El distrito de los Lagos de Mecklemburgo, donde se hallaban aquella casa y las otras siete, exactamente iguales y separadas entre sí por una treintena de metros, era conocido por su belleza.

Sus orillas y zonas campestres se habían convertido en un lugar ideal para las familias que iban a pasar las vacaciones en la zona.

Helga se acercó al lavabo y se aseó frente al espejo.

Contempló su torso desnudo. Los pezones, firmes y rosados, destacaban en unos pechos voluminosos de piel muy blanca.

Mientras se recogía la rubia melena en un moño, su mirada, guiada por la melodía, se perdió en su propio reflejo.

A los veintiocho años tenía casi el mismo aspecto que su madre, una francesa que había emigrado con su familia a Alemania en busca de un futuro mejor.

Clarice, que era como se llamaba, se enamoró al poco tiempo de un operario de ferrocarril berlinés.

Cuando tuvieron a su hija, ella trató de enseñarle la lengua de sus abuelos con la esperanza de que no olvidara sus raíces, aunque la niña no mostró ningún interés.

Él le transmitió su cabello dorado y, sobre todo, su pasión por la música, que siempre sonaba de fondo en un gramófono que había pertenecido a sus antepasados.

Al llegar a la adolescencia, la chica estuvo a punto de matricularse en el conservatorio, pero la muerte del padre, al que adoraba, había dejado a madre e hija en una situación económica desastrosa.

Helga habría de conformarse con un empleo en una fábrica de máquinas de coser y con seguir escuchando en el viejo gramófono las sinfonías de los grandes compositores, interpretadas por insignes directores de orquesta.

El día que Clarice lo vendió para poder sobrevivir, la joven sintió que algo oscuro y siniestro nacía en su pecho.

Algo que le impediría sentir pena alguna cuando la mujer enfermó y quedó postrada.

Seguía observando su propia imagen en el espejo cuando otra parpadeó en su mente, como un relámpago que fuera y viniera.

Helga cerró los ojos para intentar bloquearla, pero, como le sucedía en muchas ocasiones, no lo consiguió.

El rostro congestionado de Clarice, que su hija vio tras alzar el cojín que había apretado sobre él con todas sus fuerzas, se solapó durante unos instantes con el suyo.

Imposible borrar aquella expresión de terror grabada en la cara de su madre.

Helga jamás se preguntaba por qué lo había hecho, aunque hacía años que tenía preparada una excusa por si alguien descubría su crimen: el amor la había llevado a acabar con el sufrimiento de su querida mutti 1 .

Los verdaderos motivos habían sido su necesidad de salir de aquella casa, que apestaba a enfermedad, y el odio que llevaba mucho tiempo germinando en su interior.

Por suerte para ella, el médico certificó que Clarice había fallecido a causa de sus extrañas dolencias.

Y así la joven, que deseaba viajar y ver mundo, quedó libre para comenzar, al fin, su vida.

No obstante, solo recorrió los menos de cien kilómetros que separaban Berlín de Ravensbrück.

Cuando acabó de asearse, se puso el uniforme, compuesto de falda, camisa y chaqueta, que terminó de abotonarse frente al espejo.

El único semblante que veía ahora era el suyo y sonrió, orgullosa de su aspecto.

Echó un vistazo a la planta que tenía junto a la ventana.

Se inclinó. Una de las hojas estaba empezando a amustiarse.

Cogió unas tijeras y la cortó con sumo cuidado para no dañar las flores azules y amarillas. Después, la regó.

Aunque todos los apartamentos disponían de una pequeña cocina, bajó a la que compartían en la planta baja.

Algunas de sus compañeras ya estaban desayunando cuando llegó.

Una joven ataviada con un vestido de rayas verticales y un delantal oscuro se acercó con sigilo a su mesa.

Llevaba la cabeza rapada y cubierta con un pañuelo de la misma tela que el vestido.

Le sirvió café y pan tostado. La chica, cuyos ojos no osaban mirar directamente a Helga, se movía con tanta ligereza como si fuera un suspiro.

Todo cuidado era poco con tal de hacer el menor ruido posible y que su presencia pasara desapercibida.

En el breve tiempo que llevaba allí había aprendido que debía actuar de ese modo si quería sobrevivir.

Estaba tan nerviosa que al servir derramó unas gotas fuera de la taza.

De inmediato, lo limpió con el delantal mientras contenía la respiración al sentir sobre sí la luz gélida que desprendía la mirada de Müller.

De pronto, esta sonrió y la joven casi se permitió devolverle el gesto.

No esperaba el bofetón que la derribó al suelo.

La cafetera cayó con estruendo, diseminando su contenido por doquier.