Donde habita tu reflejo 8. Un cambio de planes
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8. Un cambio de planes

U N CAMBIO DE PLANES

Antoinette me sostuvo la puerta y la mirada antes de entrar en la cafetería. Nos sonreímos para infundirnos ánimos y, una vez dentro, echamos un vistazo. No encontramos a quien buscábamos.

—Tal vez no hayan podido localizarla. Es el tercer día que venimos. Dios sabe lo que podría haber ocurrido después de tanto tiempo. Ni siquiera sabemos si la agente Bishop sigue activa... o viva. Con un trabajo como el suyo todo es posible.

—Lo sé —me respondió Antoinette—. No perdamos la esperanza. Tal como están las cosas, no resulta tan fácil desplazarse por Europa.

—Tienes razón. Lo seguiremos intentando. Y si no..., tendré otra cosa más que añadir a mi lista de remordimientos.

—No seas tan dura contigo misma, querida. Todos desearíamos poder cambiar cosas que hicimos o dejamos de hacer en el pasado. Pero, por mucho empeño que le pongamos, sabemos que es imposible. Además, no tengo tan claro que tu decisión de entonces fuera un error.

—Quizá no, pero algo me dice que, de haber aceptado su propuesta, estaría más satisfecha de mis actos.

—O muerta...

Nos miramos con una seriedad inusual.

—Pero no lo estoy. He regresado y ya nada nos separará.

Una sonrisa débil cruzó sus labios. Supongo que, pese a sentirse feliz por mi retorno, no estaba del todo convencida acerca de mi cambio de planes.

Debía de pensar que quedarme en Lausana equivalía a conformarme con una vida que ya había probado y no acababa de encontrar satisfactoria.

Si ella hubiera sabido entonces cuánto anhelaba regresar, pasar los años que me quedaban a su lado...

Pero en ese momento no se lo dije, lo que demuestra, una vez más, que no soy tan lista como siempre he creído.

La puerta del café Lavaux se abrió y entraron dos mujeres cogidas del brazo. Tras la falsa alarma, seguimos tomando nuestro café. Sin embargo, una de las recién llegadas se acercó de improviso a mí y me saludó con familiaridad.

—Mi querida señorita Campoamor. ¡Cuánto tiempo sin vernos!

Confusa, intenté recordar quién era. De inmediato, supe que no la conocía de nada.

La mujer que había hablado se giró hacia Antoinette.

—Creo que no nos han presentado. Soy Cecily Bishop. Mucho gusto.

Antoinette, cuyo rostro reflejaba el mismo desconcierto que el mío, acabó por estrechar la mano que le ofrecía.

—Cierto, señorita Bishop. Hacía mucho —reaccioné yo, comprendiendo al fin.

—Desde luego que sí. Tenemos que ponernos al día. ¿Les apetecería unirse a nosotras? Vamos a celebrar el cumpleaños de mi amiga Audrey.

La aludida se acercó también y nos saludó.

En cuanto salimos a la calle y nos alejamos del local, me detuve frente a la mujer que decía ser Cecily Bishop, quien bajó el volumen de voz exagerado que había utilizado hasta ese momento.

—Señorita Campoamor, me envía la agente Bishop. Nos está esperando.

—¿Dónde nos conocimos Cecily y yo?

Consciente de mis dudas, la espía se identificó a sí misma con su nombre en clave, Pelps, y a su compañera, a quien en su entorno conocían como Arden. Según me dijo, ambas trabajaban para el MI6.

—En respuesta a su pregunta, que Cecily ya intuía que me haría, le diré que ambas se conocieron en París en el año 1932. Y ahora tenemos que irnos.

La agente se giró y levantó una mano. Un coche, estacionado junto a la basílica de Notre Dame, nos estaba esperando.

Tras salir de Lausana tomamos la carretera hacia Ginebra, adonde llegamos una hora después. El conductor recorrió la orilla del lago Lemán y, al pasar una bifurcación, detuvo el automóvil junto a un solitario roble.

Transcurridos varios minutos de espera fuera del coche, detecté la preocupación de Antoinette. Nos alejamos un poco para poder hablar en privado.

—Todo saldrá bien —le susurré para tranquilizarla.

—Quizá no debería haber venido. Así podríais conversar con más calma.

—Nada de eso. Quiero que estés presente. Entre nosotras no hay secretos, ¿recuerdas?

Poco después, cuando los nervios empezaban a molestarme en el estómago, pregunté a las agentes si había algún problema.

—Llegará enseguida. Ahora todo resulta un poco más complicado.

Supuse que se refería a la situación bélica en Europa, si bien las cosas no habían cambiado apenas en Suiza, gracias a su neutralidad en el conflicto.

Habían pasado diez minutos más cuando un motor rugió en la distancia. Una motocicleta se acercaba con dos personas a bordo. Ambas iban vestidas con ropa y botas de cuero, y llevaban casco y gafas.

Nuestro gesto de estupor debía de ser notorio mientras observábamos a los recién llegados. Sin embargo, aquello no fue nada comparado con nuestra reacción al revelársenos que el pasajero era una mujer y que, además, llevaba un parche en el ojo derecho.

—¡Por todos los santos, Cecily! —exclamé al reconocerla—. ¿Qué le ha ocurrido?

—Problemas del oficio —dijo, buscando la expresión en castellano—. ¿Se decía así?

—«Gajes» del oficio —la corregí, tras lo cual me acerqué a ella y le estreché la mano—. Lo lamento de verdad.

—Esta maldita guerra está causando mucho más daño que la pérdida de un ojo.

No se preocupe. —Se volvió hacia Antoinette—.

Encantada de volver a verla, señorita Quinche.

En cuanto nos pasaron el aviso de que Clara quería contactar conmigo establecimos un dispositivo en torno al café Lavaux y a su domicilio.

Debíamos asegurarnos de que nadie más estaba al tanto de sus intenciones —dijo girándose de nuevo hacia mí.

—¿Sospechaba que podría haberla delatado? —inquirí, indignada.

—No, en absoluto. Pero no podíamos descartar que alguien la estuviera siguiendo o que vigilaran la cafetería. Hacía bastante tiempo que nadie acudía allí para localizarme y toda precaución es poca. Confío en que lo comprenderán. Corren tiempos muy peligrosos.

Las tres quedamos en silencio durante unos segundos incómodos, hasta que la agente Bishop, tras hacerles una señal con la mano a Pelps y Arden, sugirió dar un paseo. Tomamos un caminillo que flanqueaba el lago. La zona, elegida por su tranquilidad, nos aseguraría la privacidad que necesitábamos.

—Sé que su madre falleció hace poco, Clara. Mis condolencias.

Asentí a modo de agradecimiento.

—He regresado a Europa para asistir a su funeral y también porque... —Mis ojos buscaron a Antoinette, que me animó a continuar—. Porque deseo unirme a ustedes, ayudarles, si es que su oferta sigue en pie.

Cecily se detuvo y su mirada de cíclope se demoró unos segundos en la mía. Una vez más, me sentí un tanto cohibida.

—Por supuesto que sigue en pie.

Nos sonreímos sin percatarnos de algo que supe después.

Antoinette no compartía nuestra alegría.

Por mucho que me hubiera alentado en mi intención de colaborar con los servicios secretos, ahora que la posibilidad se había convertido en una realidad, temía por mi vida.

Sin embargo, ya era tarde para echarse atrás.

—No obstante —continuó Cecily—, debo pedirle algo. Algo que... —Nos miró a las dos—. Sé que es demasiado y entendería que se negara.

He de reconocer que aquello me sumió en el desconcierto.

—¿A qué se refiere?

—Me temo que debo pedirle que regrese a Argentina.

—Pero... No entiendo. Allí no puedo serles de ninguna utilidad. Aquí, en cambio, estoy dispuesta a retomar mis contactos con España... cueste lo que cueste. Ya no me importa el peligro que pueda suponer.

—Al contrario, Clara, su presencia allí significaría tener a una agente muy valiosa en un entorno donde nadie sospecharía, precisamente porque usted lleva un tiempo viviendo en Buenos Aires.

—Pero ¿qué espera que haga Clara allí? —intervino Antoinette con un tono que, si no era de enfado, se le parecía bastante.

Anne alzó la vista de los papeles.

—Me temo que mi madre no te caía muy bien.

Quinche tardó unos segundos en reaccionar.

—No, eso no es así, pero has de entender que cuando tuvimos esa reunión habían sucedido ya muchas cosas malas.

La última era la muerte de Pilar. Y ahora que, por fin, íbamos a intentar seguir adelante juntas, después de lo duro que fue para las dos la marcha de Clara, tu madre había decidido que nos separáramos de nuevo.

Aunque no podíamos culparla. Fue Clara quien quiso unirse a los servicios de espionaje. Nadie la obligó.

—Aun así, lo siento muchísimo.

—No lo hagas. Aquello ya pasó. —Recuperó la sonrisa—. Y tienes que seguir leyendo porque es importante.

—Verán, sabemos con certeza que los nazis poseen en Argentina una red de apoyo que entraña una seria amenaza para la paz mundial.

—Bueno, no es ningún secreto que en Buenos Aires hay una comunidad alemana muy numerosa —afirmé—.

Incluso se han organizado actos vergonzosos a favor del nazismo.

Por ejemplo, la celebración que tuvo lugar en el Luna Park, a raíz de la anexión de Austria por parte del Tercer Reich.

Fue en abril del 38, si no recuerdo mal.

En aquel estadio había miles de asistentes, alemanes y argentinos, miembros de la Alianza de la Juventud Nacionalista, que admiraban tanto a nazis como a fascistas.

Yo apenas llevaba unas semanas allí, pero seguí las noticias con mucha preocupación. ¿Te acuerdas de que lo hablamos?

—Claro, cómo olvidar algo así —me respondió Antoinette.

—Sí, eso es lo que se sabe de forma abierta, pero no es lo más preocupante.

Lo verdaderamente peligroso no se oye en las noticias.

Nadie habla de la marea de seguidores del régimen nazi que está cruzando el Atlántico gracias al respaldo financiero de muchas empresas y particulares argentinos, que les posibilitan mover ingentes cantidades de oro incautado a la comunidad judía para apropiárselo.

Con una maniobra así, podrían comprar más armamento y contactos, lo que sin duda inclinaría la balanza de la guerra.

Además, creemos que hay algún tipo de acuerdo entre las Schutzstaffel...

, las SS —aclaró, al detectar nuestra confusión— y el servicio secreto de la Armada argentina, gracias al cual seguidores del régimen nazi están consiguiendo documentación que les permitiría viajar con total libertad.

No estamos seguros de lo que pretenden, por eso es necesario tener allí a personas de confianza que intenten averiguarlo.

—¿Y yo sería una de ellas?

—Así es, Clara. Desde allí se infiltraría en los círculos donde se mueven sus cómplices.

Sabemos que suelen ser personas que participan de la vida cultural y política del país, puesto que les interesa estar al tanto de los eventos que podrían atraer a grandes empresarios, ansiosos por colaborar con el Tercer Reich.

Tanto en la embajada alemana como en la española hay agentes infiltrados que facilitan ese flujo de personas y dinero.

Hitler necesita tener ojos y oídos allí, por lo que su misión sería identificarlos y, si fuera posible, acercarse a ellos para obtener información sobre sus actividades.

Además, usted podría contar con la ayuda de miembros del Gobierno de la República en el exilio.

Sabemos que algunos están al tanto de lo que ocurre.

—Conozco a varios de los que viven en Buenos Aires, pero no nos tratamos demasiado.

Muchas de las personas de izquierdas exiliadas allí me consideran una traidora por la crítica que hice en mis dos libros sobre la actuación del Gobierno republicano justo antes de la Guerra Civil.

Pero podría intentar tender puentes con ellos. Sé que no todos están en mi contra.

—Suena peligroso —dijo Antoinette de pronto mirándome con preocupación.

Guardé silencio durante unos segundos, al igual que la agente Bishop.

Ese mismo pensamiento había cruzado mi mente y debía valorar todas las posibilidades.

Si decidía echarme atrás, no pasaría nada.

Retomaría mi actividad en Lausana, trabajando con Antoinette en su despacho, e intentaría disfrutar de una existencia tranquila a la espera de poder regresar a España.

Pero había otra opción: aceptar la propuesta de Cecily Bishop y volver a Argentina.

Reanudar mi vida allí, hasta entonces poco estimulante y muy solitaria.

No obstante, todo cambiaría al tener una misión que cumplir.

Me di cuenta de que mi elección estaba clara; no solo se lo debía a mi país, a la gente que quería y que, con seguridad, lo habría perdido todo, acabado en la cárcel o incluso muerto por culpa del alzamiento franquista.

También me lo debía a mí misma, que tenía vetada la entrada en España.

Pero especialmente se lo debía a mi madre, por haberla dejado morir en un país extranjero sin la presencia de ninguno de sus hijos.

Y a mi padre, cuyo sueño republicano había perecido bajo las botas de los soldados rebeldes y el fuego de sus aliados, los nazis.

—Cuente conmigo, Cecily.

Me giré hacia Antoinette. Sus palabras, atrapadas en la garganta, encontraron como única ruta el asentimiento que yo buscaba. Después, consciente de lo que pasaba por su cabeza, acerqué una mano hacia ella. La agente Bishop se alejó unos pasos para darnos un poco de intimidad.

—Quizá he aceptado demasiado rápido, pero pensaba que estábamos de acuerdo en esto.

—Y lo estamos, Clara... Aunque eso no evita que me preocupe lo que pueda ocurrirte.

—Lo sé, pero estate tranquila. No tendré que verme envuelta en nada peligroso. Solo observaré, ya sabes que eso se me da bien. Y tomaré nota de las actividades de determinadas personas. No puede ser tan complicado.

—Tal vez, pero prométeme que tendrás mucho cuidado. Y que si ves que las cosas se vuelven peligrosas, regresarás a Europa.

—Lo prometo. Además, voy a echarte tanto de menos... Eso es lo que me hace dudar, la vida que podríamos tener aquí.

—Las dos sabemos que esa vida no te hace feliz. Y siempre estará aquí, esperándote. Como yo.

Nos fundimos en un abrazo que contenía temores, cariño y todo lo que no podíamos expresar con palabras en ese momento. Sin soltarnos, nos contemplamos con los ojos brillantes.

Después, me giré hacia Cecily Bishop, cuyo único ojo desprendía destellos de emoción.

—Lo que mi madre os pidió era demasiado —concluyó Anne tras acabar la lectura.

—Bueno, solo actuó como debía. Estábamos en guerra y todo el mundo hizo sacrificios.

No voy a quejarme ahora por lo que no tiene remedio.

Clara tomó su decisión y yo la respeté porque no podía hacer nada más.

Y Cecily no se equivocaba... Al proponerle aquella misión, le acababa de ofrecer una oportunidad para seguir luchando por la libertad.

—Tienes razón. Y estoy deseando leer la totalidad de los textos que escribieron tanto ella como mi madre. Porque sospecho que no se han acabado las sorpresas.

Antoinette se limitó a sonreír. Bien sabía ella lo que le quedaba por descubrir acerca de la mujer a quien el mundo conocía como la abogada Clara Campoamor.