7. Despedidas #3
Seguí recorriendo el paseo junto al río.
Los pasajes de avión que llevaba en la mano tenían la fecha del día siguiente.
Regresaría a Lausana para el entierro de mi madre.
Necesitaba despedirme de ella. Cerciorarme de que, en verdad, aquella mujer que parecía eterna ya no existía.
Su ausencia, aunque recién descubierta, ya ocupaba tanto espacio en mi pecho que no quedaba sitio para casi nada más.
Me pregunté cómo podía haber algo que no fuese dolor dentro de mí...
Ni corazón, ni pulmones, y tampoco sangre, que a buen seguro había cesado de circular por mi organismo.
Solo era capaz de sentir el vacío dejado por ella y sabía que nada ni nadie conseguirían llenarlo de nuevo.
Por primera vez me di cuenta de que, con su presencia ubicua y sus cuidados, Pilar había asumido el papel de padre y madre.
Se había volcado con sus hijos como lo habrían hecho ambos juntos, agotando sus energías y su tiempo, sus consejos y sus desvelos por y para nosotros.
Manuel Campoamor había seguido viviendo a través de su mujer, gracias a los esfuerzos denodados de esta por evitar que su desaparición perjudicara la vida de sus retoños.
Sobre todo la mía, al haber estado tan unida a él.
Y así, mi madre había logrado, de algún modo, suturar también el cordón umbilical que nos había separado a las dos al nacer yo.
Ahora la muerte había cercenado ese cordón para siempre.
Y tal certeza, tan dolorosa y demoledora, trajo consigo otra: me había convertido en huérfana.
Era un día frío, aunque un sol glorioso me calentaba el rostro. Cerré los párpados para dejarme besar por su luz. Al oír el ruido volví a abrirlos. Una avioneta cruzaba el cielo trazando a su paso una estela blanquecina.
Qué maravilla poder volar.
En Estados Unidos, por aquel entonces, ya había bastantes mujeres que trabajaban en el mundo de la aviación y yo sentía una inmensa envidia.
Ojalá hubiera podido hacer algo así. Lo que habría dado por ser capaz de despegar mi torpe cuerpo de la tierra y elevarme hasta rozar las nubes.
Durante los últimos años había cogido algún que otro avión, pero sabía que esa sensación no podía asemejarse a lo que sería flotar en pleno aire sin ayuda de ningún aparato.
La mujer quiere alas.
La frase surgió en un instante, desatando una cadena de recuerdos que me llevó hasta 1931, cuando conseguí que se reconociera el sufragio femenino.
Con la perspectiva del tiempo, se me ocurrió que la adquisición de ese derecho nos había proporcionado a todas las mujeres unas alas con las que alzar el vuelo y romper las cadenas que nos ataban, si no a la tierra, sí a los férreos grilletes del mundo dominado por los hombres que habíamos habitado hasta entonces.
Poco había cambiado tras aquel avance, si bien los rostros sonrientes de los centenares de mujeres que celebraron conmigo aquel hito inolvidable, aún frescos en mi memoria, refrendaban mi convicción de que aquello nos había abierto la puerta para hacer muchas otras cosas. Tal vez incluso volar.
Por desgracia, para mí ya era demasiado tarde.
A mis cincuenta y cinco años me sentía vieja e inútil.
Comparada con las jóvenes americanas que surcaban los cielos pilotando aeronaves, yo no era nadie.
Aunque podría haberlo sido, haber contribuido a convertir el mundo en un lugar mejor...
si hubiera aceptado la propuesta de la agente Cecily Bishop.
La posibilidad que me había puesto en bandeja, descartada en el pasado tal vez con demasiada premura, reposaba en el cajón de la memoria donde la había confinado para no tener que pensar nunca más en ella.
Ahora no podía quitarme de la cabeza que, quizá, entre todos habríamos logrado evitar que estallara la guerra en Europa.
Cuatro años después, la nube de destrucción y muerte casi podía verse desde el otro lado del mundo, donde vivía mi plácida y aburrida vida.
Alejada de todo y de todos, y en especial de mi madre, a quien ya no volvería a abrazar.
Yo había perdido muchas guerras, pero la peor, sin duda, era la que me enfrentaba de tanto en tanto con la muerte.
Y esta me había arrebatado ya a muchos seres queridos.
¿Qué me quedaba por hacer?
La avioneta trazó un círculo por encima del agua, como si no quisiera alejarse de la mirada de la mujer diminuta que la contemplaba con gesto desolado desde abajo.
La brisa agitó los billetes que sujetaba y al posar los ojos en ellos una idea surgió, peregrina, entre el dolor, los remordimientos y las elucubraciones.
No... no, imposible. Aquello era una locura y debía olvidarlo de inmediato.
Sin embargo, ahora que había conseguido escapar de su prisión, la idea revoloteaba como una mariposa en el interior de mi mente.
Casi podía oír el sonido de sus alas al batir.
Anne asintió para sí con tristeza al recordar los comentarios de Clara el día que la conoció.
Ya entonces le había parecido que la sabiduría de sus palabras debía provenir de la experiencia.
Y, sobre todo, de la pérdida, tan espantosa como la que ella misma había sufrido tras el fallecimiento de Cecily.
—Debió de ser terrible para ella estar lejos cuando Pilar murió. Yo, al menos, llegué a tiempo de ver viva a mi madre, aunque ya no pudiéramos hablar.
—Pero fue importante que estuvieras allí cuando se marchó. Aquello te evitó el sentimiento de culpabilidad que Clara ha arrastrado todos estos años.
—Lo sé...
La abogada Quinche le frotó el dorso de la mano con cariño. Cuando creyó que era el momento adecuado, le anunció que la agente Bishop estaba a punto de aparecer de nuevo en la narración de Campoamor.
—Enseguida entenderás por qué te he entregado estas páginas.
Anne palideció y dijo:
—Iba a ofrecerte otra taza de té, pero creo que nos irá bien algo más fuerte. ¿Nos pasamos al vino?
Cuando hubo servido dos copas, ambas brindaron.
—¡Por nuestras madres!
—¡Por todas las madres! —matizó Antoinette.