7. Despedidas #2
—Os habríais llevado bien. Era una mujer fuerte e inteligente, con una capacidad increíble para adaptarse.
Podrías pensar que, cuando se quedó en Lausana conmigo, estuvo bajo mis cuidados.
Pero lo cierto es que ella también me cuidó a mí.
Me ayudó a sobrellevar la ausencia de Clara.
El día que murió me sentí como si se hubiera marchado alguien muy cercano, casi tanto como mi propia madre.
Sobre las doce del mediodía, la periodista preparó un almuerzo ligero y ambas lo tomaron mientras charlaban sobre cosas que nada tenían que ver con el proyecto, si bien no pudieron evitar volver de tanto en tanto a él.
—Antes de que se me olvide... —dijo la joven—. ¿Podrías hablarme de Victoria Kent?
Antoinette la observó en silencio durante unos segundos antes de preguntar:
—¿Qué sabes ella?
—Lo que he encontrado en los textos que me enviaste. Muy poco... que también fue diputada y se opuso al voto femenino cuando Clara luchaba por conseguir que se aprobara.
—Eso no es del todo correcto.
—Ah, ¿no? Pues es lo que me ha parecido.
—Si te fijas bien, descubrirás que no es así exactamente.
Antes de nada, es importante tener en cuenta algo: los discursos que Clara decidió poner por escrito no eran mero fruto de sus recuerdos, sino un relato literal de lo que se dijo en el Congreso de los Diputados el 1 de octubre de 1931.
Tomó las palabras del Diario de Sesiones , tanto las suyas como las de la señorita Kent.
Por supuesto, cogió solo parte de todo lo que ambas expusieron, porque su intención no era transmitir el debate en su totalidad, sino dejar constancia de lo que para ella era lo más relevante: que ese día, en el que Clara necesitaba el apoyo de Victoria para conseguir que se aprobara el sufragio femenino, aquella se lo negó.
Pero no porque se opusiera al voto de la mujer, sino porque pretendía que tal derecho se pospusiese hasta un momento más propicio.
—Buena aclaración. Eso cambia un poco mi perspectiva.
—Y seguirá cambiando a medida que vayas leyendo. —Lo que vio en la expresión de Anne entonces le llamó la atención—. ¿Qué ocurre?
—Es solo que... algo no me encaja.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, si Clara rechazó la propuesta de trabajar para los servicios secretos, ¿cómo es posible que yo haya encontrado información sobre su actividad?
Con gesto pensativo, Antoinette respondió:
—A veces la vida te lleva por derroteros muy distintos de los que habías planeado.
—La joven tuvo la sensación de que ya no hablaba de Clara, pero no dijo nada al ver que proseguía—: Aunque la idea es que leas los materiales en orden cronológico siempre que sea posible, en este caso, ya que te ha surgido la duda, vamos a echar un vistazo al paquete que está atado con el cordel morado.
Anne se levantó a buscarlo. Cuando se lo entregó a la suiza, esta seleccionó entre las páginas dos capítulos.
La mujer quiere alas
Buenos Aires, septiembre de 1943
Llevaba horas caminando tras bajar del autobús que me había conducido hasta el puerto.
Necesitaba asomarme a la inmensidad del río de la Plata.
Era lo único que podía hacer para sentir que no había tantos obstáculos que nos separaran, por mucho que una de nosotras ya no estuviera allí, esperando el retorno de la otra.
Me resultaba imposible apartar de mi mente la conversación mantenida poco antes.
—Ya pueden hablar —dijo la operadora.
—Clara...
—Antoinette, ¡qué sorpresa!
—Tengo malas noticias... Es tu madre.
Una ola de hielo me cuajó las entrañas.
—¿Qué le ocurre?
—Lo siento muchísimo, querida, pero ha fallecido en el hospital. Ha sido todo tan rápido que no me ha dado tiempo a avisarte antes. Perdóname.
Cuando recuperé la noción de dónde me hallaba, me di cuenta de que se me había caído el teléfono. Lo recogí.
—Antoinette..., ¿sigues ahí?
—Sí, dime.
—Esto te va a salir carísimo. Cuelga. Intentaré llegar lo antes posible.
—No te preocupes por el dinero.
—Sí me preocupo... —El llanto me silenció.
—No ha sufrido, ¿me oyes? Se ha marchado tranquila. Y me pidió que te mandara muchos besos y te dijera lo mucho que te quería.
Caí de rodillas y me derrumbé. De modo que así era cómo se sentía uno cuando se le rompía el corazón.
Ahora lo sabía con certeza. El armazón que me había sostenido desde que tenía memoria acababa de desaparecer, dejándome con la sensación de que todo mi cuerpo, mi vida incluso, era una construcción endeble, gelatinosa, que acababa de venirse abajo y nunca más volvería a alzarse.
—Clara... ¡Clara! Por favor, dime algo.
Me forcé a respirar hondo antes de contestar:
—Estoy bien, querida... Hasta muy pronto.